Opinión

  • | 2019/04/16 00:01

    ¿Usted defendería a alguien de un robo? Rescatemos y premiemos la solidaridad

    Sí, la solidaridad va más allá; aparece en la educación, en la salud, en las donaciones, en la misma empatía intrafamiliar, pero aquí quiero insistir en el tema particular de no querer ni poder defendernos entre ciudadanos cuando nos pasa algo. Son pocos los casos de los que se atreven y rara vez salen bien librados los que lo intentan.

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Como dicen por ahí, algunas cosas quitan la esperanza sobre la humanidad, y otras la devuelven. Una de las más poderosas herramientas del cambio social es la solidaridad entre ciudadanos. Hoy es un mero principio, peor aún, se refiere más a un término jurídico y no a un principio moral omnipresente en la sociedad colombiana. ¿Somos solidarios? Por ejemplo, ¿defenderíamos a otro ciudadano mientras lo están robando? Así quisiéramos, el tema quizá no es la solidaridad misma, sino el sistema legal que tejió unos desincentivos que anulan algunos tipos de solidaridad.

Ustedes quieren cambiar de carril y mágicamente eso activa el acelerador del otro que no los deja pasar; quieren impulsar cambios dentro del gobierno y les llueven obstáculos; los atracan y ustedes deben pagar con horas de burocracia; tienen éxito e inmediatamente caen los buitres de la envidia; hay urgencias de vida o muerte, pero la autorización se demora; los golpean, y los vecinos miran a otro lado; quieren defender a alguien y se meten en problemas, y así, día tras día, se materializa esa carencia de solidaridad y empatía entre ciudadanos en este país.

Aquí nunca nos enseñan que defender a una señora de la tercera edad de un atraco es algo que merece una medalla y reconocimiento; aquí en el silencio de nuestra educación cívica la lección nos dice que es mejor no meterse. “Evítese problemas”, es decir que no sea solidario, sea indiferente, contribuya a la inmensa montaña de “no me importa” pero luego no se indigne si a usted nadie le ayuda. En EE.UU, hasta en las películas lo enseñan: el típico personaje o la figura de la justiciera que interviene y castiga a los delincuentes tiene una legitimidad cultural; aquí, tiene un miedo legal profundo.

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Sin entrar en el debate semántico de la solidaridad, veámosla, en palabras de Jan Sokol, como algo moderno, basado en un término jurídico (obligatio in solidum) que cogió fuerza en Francia en el siglo XVIII y expresaba la posibilidad de armar grupos en donde un miembro podía cubrir la deuda de todos si caso hubiere, i.e. el famoso deudor solidario. Pero esa no es la solidaridad de la que hablo aquí; me refiero más al término que implicó fraternidad, algo de justicia, empatía y, de una u otra manera, un contrapeso al individualismo extremo que olvida la cooperación.

¿Por qué no podemos aspirar a la lejana solidaridad? Esta misma, que según el profesor Juan Camilo Cárdenas nos traería una añorada tranquilidad, podría ser una de las respuestas a la mediocridad histórica del Estado colombiano, pero éste mismo se encargó de tejer un sistema legal que no da pie a la solidaridad en algunos casos, como lo es el de defender a otra persona que está siendo atacada. En Alemania se habla, sí, se habla frecuentemente de Zivilcourage, algo así como valentía ciudadana, cuando uno defiende a otra persona de un ataque, de la discriminación, etc. Es prácticamente la respuesta a la fría indiferencia.

Cárdenas menciona el famoso término de eficacia colectiva, definido por Bandura (1993) como una creencia colectiva hacia la acción o, dicho en otras palabras, el accionar de una comunidad contra un problema, por ejemplo, el crimen. En un reporte de RAND Corporation sobre los efectos de las acciones de la comunidad en el crimen en EE.UU, MacDonald et al. (2009) muestran casos en los que unas zonas que se organizaron para mejorar sus condiciones (Business Improvement Districts), logrando resultados importantes en reducción de hurtos. Al parecer, la construcción de comunidad ayuda a reducir otros problemas y a generar solidaridad.

Comparar la realidad de EE.UU con la nuestra no es tan fácil, pues en Colombia el mismo sistema anula esa solidaridad empática. Por un lado, teje una burocracia todopoderosa, la enmarca y adorna en barahúndas legales que requieren de expertos (o burócratas) para descifrarse y decirle al ciudadano que tenga (más) paciencia. Por el otro, teje un sistema legal de desincentivos a la solidaridad, pues el que se atreva a atacar a un criminal que está a punto de matar a otro ciudadano, tiene que correr con consecuencias legales y burocráticas por mucho tiempo. Entonces, “mejor no hacer nada”.

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Sí, la solidaridad va más allá; aparece en la educación, en la salud, en las donaciones, en la misma empatía intrafamiliar, pero aquí quiero insistir en el tema particular de no querer ni poder defendernos entre ciudadanos cuando nos pasa algo. Son pocos los casos de los que se atreven, y rara vez salen bien librados los que lo intentan. O terminan en un hospital heridos o muertos porque nadie los ayudó, o terminan en líos legales típicos de Legalland.

Necesitamos urgentemente un cambio legal que permita incentivos para los que claramente defienden a otro ciudadano de delincuentes. Aquel señor que cruza su carro para que unos fleteros no escapen; aquella señora que le hace zancadilla al ladrón; aquel escolta de la UNP que salvó a una mujer al dispararle al atracador: estas personas merecen nuestra admiración y reconocimiento. Merecen una medalla.

Y este apenas es un ejemplo de la construcción de una dimensión de la solidaridad; es una que genera controversia, porque algunos siguen creyendo que a la delincuencia hay que premiarla en su burda discursividad inconsciente. Sí, habrá que trabajar sobre la prevención, pero ya hay mucho que no se puede prevenir en esta Colombia: es hora de darle incentivos a los ciudadanos que defienden a otros. Como lo escribe Margarita Garrido, recibir reconocimiento ‘adecuadamente cultiva sentimientos como gratitud, solidaridad y pertenencia; recibir, en cambio, desprecio o humillación trae resentimiento’. Reconozcamos y motivemos a los que defienden a los demás.

Post Scriptum: como lo prometí, reportaría sobre el trámite en el Agustín Codazzi mencionado en mi columna de inicios de abril. No, no han hecho nada por resolverlo.

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