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Opinión

  • | 2020/09/17 00:01

    Una reconciliación a medias

    Después de una convulsionada semana que vivió el país, y particularmente Bogotá, por cuenta del oportunismo vandálico de las milicias subversivas animadas por políticos apátridas de izquierda, la alcaldesa cerró la jornada con actos oportunos y necesarios de reconciliación.

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Pero mientras llamaba a la reconciliación, profundizaba su distanciamiento no solamente del Gobierno nacional sino con los sectores productivos a los que no convocó, pero que también son necesarios en los procesos de restauración de la relación Estado-sociedad.

Claudia mostró nobleza al pedir perdón, en nombre del Gobierno de la ciudad, a las familias de las víctimas. Y exhibió su capacidad política al convocar y organizar -en pocas horas- dos actos de reconciliación y una velatón. Pero cometió simultáneamente varios errores que confirman su incoherencia política y que generan sombras sobre su liderazgo.

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El primero de ellos fue pedir perdón a unos, pero no a todos. Pidió perdón a los ciudadanos, y en particular a las familias de las víctimas, pero no a la Policía Nacional, a la que no solamente agredió con sus desafortunadas declaraciones públicas cuando la inculpó de manera generalizada por la “masacre”. Policía a cuyos integrantes puso en mayor riesgo de forma irresponsable al señalarlos como victimarios, sin esperar a las respectivas investigaciones. Policía Nacional de la que perdió su confianza por cuenta de la estigmatización a la que la expuso, pero cuya jefe es ella, paradójicamente. No le pidió perdón pero sí pidió una reforma a la institución. 

El segundo error fue excluir a importantes sectores de la sociedad de los actos de reconciliación. El Gobierno de la ciudad y los grupos que protagonizaron los desmanes también necesitan reconciliarse con los comerciantes y empresarios que fueron claramente agredidos y afectados. Cinco bancos, seis almacenes de cadena y decenas de locales de comerciantes fueron saqueados. Y centenares de tiendas, casetas y edificios comerciales fueron rotos. Pero ni comerciantes, ni empresarios fueron explícitamente convocados ni muchos menos mencionados por la alcaldesa. 

La tercera falla fue la de no reconciliarse, ella y su Gobierno, con el Gobierno nacional al que señaló públicamente como responsable de la escalada vandálica durante los disturbios. Perdió la alcaldesa una gran oportunidad de mostrar coherencia y altura al disculparse públicamente por los precipitados e irresponsables señalamientos que realizó en contra del presidente Duque, en particular. Y más allá de no pedir perdón, profundizó la herida al exhibir de manera mezquina la ausencia del máximo mandatario. Politizó así el carácter espiritual y filosófico de la reconciliación. ¡Qué lástima!

La cuarta metida de pata fue la de dramatizar la situación al compararla con la toma del Palacio de Justicia. Claudia es grandilocuente, mesiánica y populista. Para eso necesita recrear escenarios e imaginarios que justifiquen su liderazgo político. Por ello la desacertada comparación que solamente sirve para polarizar más las posiciones de los grupos y de las instituciones mediante el miedo social. Pero más allá del psicoanálisis político, las situaciones son incomparables. 

Y el quinto y más preocupante error de la reconciliación fue la ausencia de la verdad. Claudia invitó en carácter de protagonista al padre Francisco de Roux en su calidad de presidente de la Comisión de la Verdad, pero lo usó como simple símbolo filosófico porque ella no hizo ninguna declaración que la comprometiera con la verdad, es decir, con desenmascarar las causas reales de la jornada de vandalismo, odio y muerte que vivió Bogotá. No hizo un llamado a la ciudadanía a evitar ser presa fácil de la subversión que busca debilitar la infraestructura de seguridad de la capital. Al callarlo, actúa como cómplice. 

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Al final nos quedamos con la misma sensación que nos produce Claudia desde que asumió la Alcaldía, o incluso desde mucho antes. Estamos ante una gran comunicadora política, pero sin el calibre de un líder político moderno. Es excluyente, pugnaz, polarizante y poco confiable. Bogotá y Colombia necesitan liderazgos frescos que generen consensos mediante un ejercicio político transparente, confiable, pacífico y progresista. “La historia europea del siglo XVI al XVII fue de la fundación del Estado y el capitalismo. La del XXI será sobre su derrumbe", escribió la actual alcaldesa hace algunos años. Pareciera haberse hecho realidad su premonición la semana pasada en Bogotá. Ojalá sin su complicidad. 

 

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