Opinión

  • | 2018/11/05 00:01

    Un comensal más

    Un día Iván, el jefe, anuncia que irá a cenar a la casa. Lo hará con cada uno de sus súbditos por tiempo indefinido. 3 de cada 10 trabajadores de la empresa la pasan realmente mal, y no es que el resto este mucho mejor. El jefe es exigente y voraz.

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En el hogar de cuatro personas se come limitadamente. El trabajo es escaso, intermitente y mal pago. Todos los días la familia se enfrenta a decisiones cruciales: alimentarse bien con proteínas -aunque pocas- o calmar el hambre con carbohidratos; transportarse decentemente o dar largas caminatas para tener la posibilidad de disfrutar la energía eléctrica; cambiar de ropa o atender la salud. Los momentos de sosiego son tan extraños como la carne en el plato. La tensión, esa sí, aumenta cada día.

Un día Iván, el jefe, anuncia que irá a cenar a la casa. Lo hará con cada uno de sus súbditos por tiempo indefinido. 3 de cada 10 trabajadores de la empresa la pasan realmente mal y no es que el resto este mucho mejor. El jefe es exigente y voraz.

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La familia se preocupa y los hijos reprochan a sus padres:

- ¿un comensal más?

- Tenemos que hacerlo, la empresa está mal y para salvarla debemos compartir con él parte de la comida, para ahorrar gastos; es una especie de impuesto, que seguro se retribuirá - dicen para tranquilizar a los hijos.   

– Pero ya es poca comida para nosotros, no es suficiente, ya bastantes sacrificios hemos hecho. Además, recibimos muy poco de la empresa, casi nada, y el nuevo jefe había prometido otras condiciones.

- Si hacemos este sacrificio, obtendremos compensaciones, reafirman los padres optimistas.

Iván llega al humilde hogar, no sin antes asegurar que comerá solo un 18% del total. Advierte -eso sí- que irá todos los días, al desayuno, al almuerzo y a la cena: tendrán que acostumbrarse a compartir su alimento con una persona más, dice; hay que hacer sacrificios por el bienestar general, apretarnos el cinturón, y si quieren salud y educación, como me exigen, todos deben aportar.

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La familia sabe que no es del todo cierto que todos aportan y en el pasado les han ofrecido las mismas soluciones. En muchas ocasiones, Iván y sus compinches les han jurado que si la empresa gana más, habrá más trabajo, pero lo único que se ha dado es que sus bolsillos se llenan hasta romperse, mientras los de las familias no aguantan más de tantos remiendos.

Los dueños de la empresa se han acostumbrado a saquearla, a refugiar sus ganancias en guaridas financieras, a crear negocios ficticios que saben que arruinarán a otras empresas más pequeñas, a feriar lo que da ganancias, asociarse con otras empresas que los esquilman, mentir e inventarse cortinas de humo. Los dueños saben que algún día las familias se cansarán, pero, mientras el engaño funcione, no cesarán.

Al otro día Colombia despertó y se alegró de que todo hubiera sido un mal sueño. Fin.

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