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Opinión

  • | 2020/05/19 00:01

    Un brindis por el vencimiento de términos y los símbolos de la ineficiencia

    La pandemia trajo algo “histórico”. El carriel antioqueño fue reconocido (¡por unanimidad!) como patrimonio cultural, símbolo de una nación que se abraza, pero que también se traiciona.

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Se exaltan los símbolos y se trapea con lo que simbolizan: un país ahogado en los costos de oportunidad del Estado. Aquí no se vencen los términos; aquí se vence al Estado. Hablemos de las paradojas que traen a la vida el antiguo mito finlandés del Sampo.

Hace poco escribí que Colombia podría ganarse el concurso de “priorizar pendejadas”, cuando miramos la vida desde lo relativo. Claro que los símbolos patrios y las tradiciones son importantes, como negarlo con mi insistencia en temas de branding, pero su exaltación puede esperar un poco mientras se definen temas más importantes, en momentos en que hay estrés brutal y atomizado, incertidumbre y pérdidas millonarias en la estructura económica que sostiene al país.

Hace unos días se vio un río de congratulaciones por aprobar el proyecto “por el cual se considera el carriel antioqueño, patrimonio cultural de la nación y se exalta a Jericó y Envigado como municipios que conservan esta tradición”. Qué bien por Jericó y Envigado, en verdad, qué bien, pero qué complicado es entender el peso de los costos de oportunidad en un Estado ineficiente que se eleva en su contradictoria semiótica.

El costo de oportunidad es un tema ampliamente conocido. Nos dice cuánto vale sacrificar una cosa por tener otra. Si invierto en camionetas blindadas de alta gama para algunos, quizá habría podido utilizar ese dinero para financiar becas del Icetex de otros. ¿No, señor Estado colombiano orgulloso de sus símbolos patrios? Si le dedicamos horas y horas a las inhabilidades en el Congreso, procrastinamos con lo que importa realmente, y el costo de oportunidad se podrá, o no, medir en la frustración de las personas que no ven al Estado haciendo su trabajo, dándole el último giro a la chapa que cierra su negocio indefinidamente. Y en el mar de costos de oportunidad, hay uno de profundo alcance, invisible y peligroso.

Mientras los pocos funcionarios buenos se le miden a la montaña rusa de amenazas, diatribas populistas y letanías de influencers y entes de control en temporada de caza y coincidencial posicionamiento político, el Estado crea estructuras y costumbres para que los buenos sean una excepción. Aún no nos damos cuenta, por ejemplo, que Ingreso Solidario es una innovación monumental para un país latinoamericano, pero ya están alborotados varios pidiéndole a los entes de control que vayan tras las “irregularidades”, porque menos del 0.7% de las cédulas tuvieron problemas. ¿Será que nadie se pregunta por lo que cuesta el adiós de los buenos funcionarios? Quizá, pero no importa. No está in pensar así. 

Otro ejemplo, los tradicionales Ambuila. Están libres. Digo tradicionales porque no son los únicos que han visto en el crimen una empresa rentable a corto y mediano plazo, devolviéndole al país el poder de los símbolos que vuelan con más fuerza que el mítico Cóndor. Incentives matter. No importó toda la evidencia, el escándalo, y toda la conciencia y furia repartida en memes y stickers de whatsapp, que volvieron la tradición de lo absurdo algo divertido y carnavalesco. El Estado fracasó una vez más, porque ha destinado sus energías a fomentar los costos de oportunidad, que se traducen en oficinistas tinterillos que vencen al sistema, diseñado para ser vencido, mientras botan cortinas de humo en la persecución de personas inocentes. Si usted quiere revolucionar el policymaking en Colombia, le caerán como buitres, mientras usted se pregunta por qué no van tras Ambuila & Associates, que simbólicamente deambulan con o sin visibilidad, ondeando los nuevos símbolos patrios e invitando por Instagram a brindar por la dolce vita latina. 

Pero fíjense, el problema en sí no es el concepto de vencimiento de términos, pues una persona verdaderamente inocente, presa por el alboroto obsesivo de dar resultados de “los muchachos”, no puede quedarse esperando más de un año a que alguien le revise el caso. Otra cosa es que se abuse de la figura aplazando y aplazando para nutrir los libros de narrativas jurídicas.

El Estado colombiano, que incluye gobierno y todas las entidades públicas, tiene que repensarse, quizá como lo quiso Lleras Restrepo en los 60, uniendo conocimiento de gente técnica con estructuras para optimizar las inversiones. El problema no es tanto si se tiene una “tecnocracia” o no, sino bajo qué sistema y mentalidad de Estado opera ésta y qué posibilidades reales tiene de cambiar las cosas. 

Así Colombia tenga personas brillantes, están supeditadas a algo que se parece al mito finlandés del Sampo. En el mito, un bardo llamado Väinämöinen cura su salud y tristeza por la ayuda de una bruja, que le pide a cambio el tesoro del Sampo, una fuente interminable de riqueza y, a la vez, de codicia. El tesoro lo consigue con muchos problemas, y luego, por una traición de la mentirosa bruja, que había prometido darle a su hija, el bardo decide robarle el tesoro y escapar. La bruja lo persigue y en la batalla, el Sampo se hunde en el mar por siempre. La narrativa del Estado colombiano me hace pensar en un tesoro de inimaginable riqueza y codicia proporcional, que al final, por simbolismos y traiciones, se hunde en el mar mientras todos pierden. Algunos disfrutarán de la codicia por un tiempo, venciendo términos a la colombiana, pero al final, el resultado será peor. Esa codicia, mezclada con el ojo de capataz que cae sobre los funcionarios buenos y se relaja con las personas deshonestas, es lo que debe repensarse en cada esquina del Estado colombiano que se maquilla en símbolos y se hunde en la ineficiencia. 

Esperamos la foto de los expertos en vencimiento de términos con su carriel en Instagram. Es cuestión de semiótica. 

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