Opinión

  • | 2018/03/23 00:01

    Datos: entre lo irracional y la doble moral

    Si le fascina recibir ofertas de los productos que usualmente consume, pero a la vez se escandaliza por el tratamiento de datos que hace Facebook, usted tiene una doble moral sobre su información personal en línea.

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En 2013 el mundo digital era un poco distinto: no hablábamos tanto de inteligencia artificial y el tratamiento de datos personales sonaba en Colombia por ser parte de una incómoda norma que todas las organizaciones debían cumplir, despertando preocupaciones sobre los impuestos y los clientes a reportar.

Hasta entonces, la información personal no era importante. O lo era, tal vez un poco menos que ahora – aunque tampoco es que ahora importe mucho –. Pero resulta que, en un contexto político complejo, con detractores de los gobiernos más poderosos y de los líderes de las plataformas más grandes del mundo, en una semana a todos nos importan los datos y lo que otros hacen con ellos.

El caso de Cambridge Analítica y el escándalo que envuelve a las pasadas elecciones presidenciales en Estados Unidos y a Facebook, resulta ser un ejemplo claro de lo que sucede hoy, con fines políticos o comerciales, con los datos de todos en el mundo, sobre los que finalmente muchos no quisieran que nada cambiara.

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El resumen es: en 2013 una app tipo test de personalidad es creada para instalarse a través de Facebook. Al usarla, aparecía un recuadro de ‘términos y condiciones’ al que 300.000 usuarios dieron ‘acepto’. Esos términos incluían una autorización para que la app leyera todo el perfil del usuario y sus amigos, incluso los mensajes privados. A su vez, los términos de Facebook para ese momento, a los cuales los usuarios dieron el sí al crear su cuenta y en las múltiples actualizaciones del sistema, permitían halar la información personal y de terceros. Finalmente, la app captó datos de más de 50 millones de usuarios en Estados Unidos, que al parecer fueron usados en campañas de marketing político, donde, según el perfil creado de cada usuario, se le compartían mensajes hechos a la medida, con el tono, las palabras e incluso las imágenes que más le impactarían.

Los detractores de Trump y de Zuckerberg hablan de violaciones a la privacidad, a la protección de los datos personales y a la autonomía de los usuarios sobre sus decisiones. Los más pragmáticos dicen que finalmente este es el modelo de negocio de Facebook y que si los usuarios aceptaron, fue su decisión compartir la información y hoy no hay nada por qué indignarse. Al centro, el caso resulta más interesante de lo que parece, reviviendo el debate sobre los datos y, en el mejor de los casos, sensibilizando a los usuarios sobre los alcances de su información en línea.

Lo cierto es que el problema no es de unos datos, una plataforma o un gobierno, sino de darnos cuenta que hoy, por elección propia – consiente o no –, canjeamos nuestro criterio por la comodidad de la personalización de lo que vemos en línea.

Dejemos de lado el caso particular de Cambridge Analítica. ¿Cuántas aplicaciones ha autorizado usted, desde su Facebook, para acceder a su información dentro de la plataforma? 100, 200, 500… ¿Cuántos test ha hecho o cuántos artículos de revistas especializadas ha descargado registrándose con alguna cuenta de redes sociales? ¿Cuándo fue la última vez que leyó unos términos y condiciones?

“Irracionales e inactivos” fue la expresión usada por la abogada Heidy Balanta, especializada en protección de datos y gerente de Escuela de Privacidad, para calificar a los usuarios en línea frente al manejo de su información personal. Lo peor es que así somos, claro, hasta que resuena en las noticias la necesidad de protegernos y al menos damos clic en el tutorial para configurar la privacidad en Facebook.

“Los modelos de negocio que rigen en el mundo suelen permitir lo que se conoce como ‘economía conductual’, por la cual se explotan los sesgos de las personas para persuadirlas hacia la toma de ciertas decisiones, impulsándolas a preferir algunos productos o servicios”, señala la abogada; “campos como el mercadeo y la publicidad fundamentan su quehacer en este principio, entonces es lógico que, con la digitalización de los mercados, los métodos ahora incluyan también las tecnológicas disponibles, como es el caso del big data y la analítica, cuyos usos se ejemplifican muy bien con Cambridge Analítica”.

Este caso nos recuerda los alcances de las campañas políticas – téngase en cuenta que la misma firma londinense aseguró haber trabajado en el proceso electoral de Colombia –; también nos hace pensar en lo sensible de lo que compartimos en las redes, aún cuando basta con un ‘me gusta’ para empezar el perfilamiento; pero, fundamentalmente, nos hace ver lo vulnerables que somos como especie a ser manipulados a través de la información y lo ciegos que estamos cuando creemos que lo que nos muestra una plataforma es ‘toda la verdad’, aún cuando vemos solo lo que el algoritmo y la pauta deciden priorizar.

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“Ahora nos enfrentamos a la paradoja de la transparencia, donde los investigadores que realmente usan la red como espacio de análisis positivo sobre el comportamiento humano, serán los afectados por las restricciones que seguramente derivarán de este caso. Protegemos los datos de los malintencionados, pero a la vez frenamos el avance de la investigación y de la sociedad misma que hoy también vive en digital”, concluye la experta en datos.

El llamado es para los usuarios. Las plataformas se podrán escudar siempre en los términos y condiciones que nadie lee; las campañas políticas y el marketing se aprovecharán de lo que tengan a mano para conocer mejor a su audiencia – en positivo y tristemente también en negativo –; somos los usuarios quienes realmente debemos ser activos y tomar conciencia de los clics que damos, algunos pueden valer la pena a cambio de entregar nuestra información, pero ¿qué perdemos?

A través de Internet podemos ver el mundo que queremos o el que otros nos quieren hacer ver.

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