Opinión

  • | 2018/04/04 00:01

    ¿Su plan de carrera tiene sentido?

    Como parte importante de su proyecto de vida, el plan de carrera puede llevarlo a decidir entre comer mejor o dormir más tranquilo. Esto porque es fácil convertirnos en esos “activistas” cuyo vicio laboral es trabajar sin tener fines o con fines que no están a la altura de todo lo que dicen hacer.

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Recuerdo un artículo sobre una curiosa dicotomía según la cual la obsesión por tener más implicaba la necesidad de un buen psicólogo. Decía el autor que la satisfacción de una persona se halla más fuertemente ligada al rango social que le confieren sus ingresos, más que al monto; es decir, los salarios elevados son más útiles en tanto le permitan compararse con otros y para percibir que está mejor pagada que sus amigos o compañeros de trabajo. Dicho en otras palabras: lo que importa no parece ser si el dinero le alcanza para sus gastos y su nivel de vida, sino para sentirse valorado a la par o por encima de los demás. ¿Por qué parece que nuestra empresa, el sitio donde pasamos la mayor parte de nuestra jornada, solo nos demuestra que somos valiosos en función del cheque que nos pagan?

El caso más paradójico es el de esas personas que más ganan en la empresa, por estar en la alta dirección, quienes pocas veces se percatan de que no hay dinero en el mundo que compense el mal que dicho trabajo les hace. Y cuando la vida les pasa factura por el tiempo perdido, apelan al destino como excusa o como salvador.

Bien decía el filósofo alemán Robert Spaemann: “Si es cierto que cada una de nuestras acciones influye indirectamente sobre nosotros mismos configurándonos, significa también que toda nuestra actividad anterior reviste para nosotros el carácter de destino. Así, es la propia actividad –a lo largo del tiempo- la que adopta la forma de eso que llamamos destino”.

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Hace cinco años en Suiza, tres altos ejecutivos de grandes compañías (en sectores tan disímiles como editorial, telecomunicaciones y seguros) se suicidaron en el mismo verano. Según reportó la prensa del momento, en un país donde parece que no pasa nada, esto representó un shock. Los tres –con salarios de millones de dólares, gran estatus y prestigio profesional, deportistas competitivos y directivos consumados- aparecieron colgados en sus lujosas casas.

Las razones, en todos los casos, fueron relacionadas con la llegada de nuevos jefes (CEO o presidentes de las respectivas juntas directivas), con estilos de liderazgo insoportables, quienes fueron llevados a compañías relativamente estables por sus consejos de dirección, para removerlas un poco y orientarlas hacia crecimientos más agresivos, aun si esto fracturaba la cultura interna de cada compañía. La presión fue tan alta, que estos directivos no la aguantaron.

Uno de ellos, el CFO de Zurich Insurance, dejó una nota de suicidio en la que acusaba al presidente de la junta, el poderoso financiero alemán Josef Ackermann, de la decisión. Escrita como un memo y dirigida “a quien pueda interesar”, dicha nota –escrita en inglés, que era el lenguaje que debía usar con Ackermann- lo acusaba directamente de ser demasiado agresivo y el peor directivo con el que había trabajado. El CEO que dio la noticia, Martin Senn, se suicidó tres años después.

Otro de ellos, el CEO de Swisscom, lo hizo, según cuenta la revista Fortune, por una mezcla de ansiedad, fatiga, soledad y sentimientos de culpa por haber perdido a su familia como consecuencia de un duro divorcio, de un romance con una compañera de trabajo que no prosperó y una vida laboral agobiante. En una entrevista había reconocido que su divorcio y la separación de sus hijos había sido el peor fracaso de su vida. Sus compañeros de trabajo reportaron a la revista que, con la presión de su nuevo jefe, estaba agotado tratando de alcanzar sus exigentes metas, sufriendo de un insomnio incontrolable, buscando headhunters que le ayudaran pronto a cambiar de empleo, realizando presentaciones en las que lo veían a menudo paralizado, y cada vez más callado y aislado. Creyó que podía mejorar con el teletrabajo, resistiéndose a estar en la oficina. Pero, disponible las 24 horas del día en su celular, encontraba cada vez más difícil descansar y alejar su mente de las demandas laborales. Uno de sus mejores amigos, el CEO de una compañía editorial, se había suicidado seis semanas atrás.

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Estos casos nos permiten demostrar algo que deberíamos saber por puro sentido común: que la vida es mucho más que el dinero, el prestigio y el estatus. Pero es frecuente olvidar que, detrás de lo que hacemos, debe haber algo más que un cheque o un cargo deslumbrante. A los ejecutivos mencionados les faltó encontrar una motivación más allá de la casa campestre, el club más lujoso y la más grande cuenta bancaria, cuando no podían siquiera conciliar el sueño por sentirse diariamente agobiados y miserables.

Uno de mis maestros me dijo hace años que, en mi plan de carrera, iba a llegar el momento en que debía decidir entre viajar y comer mejor o dormir más tranquilo. Esto porque es fácil convertirnos en esos “activistas” que el filósofo y empresario mexicano, Carlos Llano, describía como “quienes cometen el vicio laboral de trabajar sin tener fines o teniendo fines que no están a la altura o por encima del nivel de sus acciones, polarizando el interés en la obra externa en deterioro del interior del hombre. Es la persona supeditada a sus productos”.

¿Cómo se reconoce ese activismo estéril que perfecciona obras, pero no a las personas? Se ve, dice Llano, en quienes: 1) Se pierden en los medios sin llegar a ningún fin o sin claridad del fin que persiguen; 2) Toman los medios como si fueran fines; y 3) Usan medios desproporcionados para el fin que persiguen. Es una enfermedad que solo empieza a curarse cuando dejamos de buscar solo la perfección de nuestras obras y proyectos para descubrir la verdadera intención de los mismos.

Con razón decía Facundo Cabral: “Cuida tu presente, porque en él vivirás el resto de tu vida”.

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