Opinión

  • | 2018/03/03 00:01

    No es lo mismo un “storyteller” que un “cuenta cuentos”

    La tradición oral es una valiosa expresión de la cultura que logra transmitirse de generación en generación con el fin de trasladar conocimientos, vivencias, experiencias para la mejor comprensión, educación y evolución de las sociedades, por eso constituye una forma de patrimonio inmaterial de las comunidades y ayuda a la construcción de la identidad cultural y la memoria colectiva.

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Esto es válido tanto para agregaciones macro como para organizaciones micro (incluso la propia familia). En tiempos recientes esa tradición oral, en forma de contar historias (storytelling como se conoce en el mundo anglosajón), nos ha ayudado a la reconstrucción de la historia, a la trasmisión de biografías, a la comprensión de los hechos políticos, en definitiva a la evolución de la cultura. Herramientas como ésta se usan, hoy más que nunca, con fines educativos, con nuevas metodologías para registrar, multiplicar, difundir y apropiar historias.

Desde el punto de vista de las empresas y de las organizaciones en general, la narración de historias permite una comunicación más atractiva y efectiva con los diversos y complejos grupos de interés con los que interactúan las organizaciones de hoy. Por eso una comunicación exitosa puede depender cada vez más de las historias que se comparten en común entre accionistas, clientes, empleados, proveedores, comunidades, gobiernos, medios de comunicación, etc.  No perdamos de vista que comunicación viene del latín "comunis" que significa “común”.  Por eso comunicar significa transmitir ideas, pensamientos, sentimientos, sensaciones… al final de lo que se trata es de ponerlos "en común" con los demás.

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En este sentido, la narración de historias puede ser un instrumento muy poderoso para la resolución de conflictos en la empresa, para abordar discusiones y situaciones complejas y, sobre todo, para hacer frente de manera más creativa a los retos y dificultades de todos los días. Incluso en los ámbitos del marketing y la publicidad, cada vez es más usado el modelo de narración de historias, pues resultan más ilustrativas, pedagógicas, didácticas y logran crear lazos más fuertes, de tipo emocional, con los grupos de interés. En fin hay diferentes argumentos, incluso de tipo neurológico, que demuestran que la atención y disposición humanas son más activas con narraciones que con cifras y datos.

Sin embargo, como en la mayoría de los casos de gestión empresarial, muchas veces se abusa del instrumento y se confunde el medio con el fin. Todo instrumento (medio) que favorezca la mejor comunicación (poner en común) y la creación de confianza y valor a través de las relaciones humanas será positivo y constructivo para el desarrollo de la organización y esto exige de una gran dosis de coherencia. Pero cuando el instrumento se pone como el fin, nos vemos expuestos a la aparición de un sinnúmero de mercachifles que, arropados con un cargo rimbombante y sonoro, quieren venderle a las organizaciones valores y sentidos que jamás han experimentado.

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Es muy común ver en la redes sociales y en algunos círculos de negocios a estos “cuenta cuentos” (que no cuenteros) hablando con propiedad sobre el modelo de “storytelling” pero sin un ápice de autenticidad y de coherencia. Suelen ser seudoconsultores en comunicaciones, que no han logrado entender que la comunicación que lastima y reciente las relaciones humanas, no es comunicación, sino una suerte de manipulación de los intereses de algunos sobre otros. Son estos  “cuenta cuentos” (en algunas partes del mundo los llaman “vende humo”) los mejores asesores del populismo, de la manipulación y de la mentira.

Nuestras organizaciones, independientemente de su tamaño, de su sector económico, de su forma de constitución o societaria, necesitan de líderes que entiendan el valor de la comunicación como la fuente principal de la construcción de confianza y de valor (económico, social y ambiental), necesitamos verdaderos storytellers cuyas narraciones inspiren, motiven y transformen de  verdad el corazón y el alma de las personas y grupos con los que se relacionan. Cuidado con esos “cuenta cuentos”, con esos “vende humo” que venden promesas disfrazadas de narraciones pero que en toda su vida se han dedicado a solo una cosa: destruir valor.

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