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Opinión

  • | 2019/04/04 00:01

    Sostenibilidad: Cuesta trabajar en equipo y el culto por el extranjero

    Colombia cuenta con grandes talentos: profesionales que se ponen la camiseta y que se han preparado para hacer bien su trabajo, independientemente de la universidad en la que hayan estudiado (sea esta de las denominadas “de élite” o no).

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En esta columna tomaré como caso al sector en el que me desenvuelvo: el ambiental. Pero las reflexiones que expongo, aplican con seguridad para otros sectores o ámbitos de nuestra sociedad (ejemplo: salud, educación, etc.). 

Bien, habiendo hecho esta aclaración, debo mencionar que luego de quince años de experiencia laboral, he podido darme cuenta de dos cosas que a continuación resumo:

  • Colombia cuenta con grandes talentos: profesionales que se ponen la camiseta y que se han preparado para hacer bien su trabajo, idependientemente de la universidad en la que hayan estudiado (se ésta de las denominadas “de élite” o no).
  • Pese a la buena preparación individual (de las personas que trabajan en el sector), nos cuesta trabajar entre nosotros debido a la presencia de los egos y jerarquías que no logro comprender (unas líneas más adelante desarrollaré esta opinión).

Advierto que esta columna no la escribo yo, la parafraseo y redacto simplemente. Me puse la camiseta de quien toma nota en un dictado. Recibo indicaciones por parte de cientos de ambientalistas que me han escrito y que no encuentran una voz para sus opiniones, ideas o sugerencias sobre posibles soluciones a los retos ambientales que vive el país.

El efecto bochica persiste entre quienes son colegas en Colombia, incluso entre los ambientalistas.

Ya había escrito algo parecido 5 años atrás y la opinión se mantiene fresca. Para comprender qué es el efecto bochica, me permito hacer la reseña de la leyenda: En la época de los Chibchas, hubo un momento en el que las inundaciones terminaron por dañar los cultivos. Los indígenas preocupados y angustiados, impotentes porque no sabían cómo drenar tanta agua, conocían de la existencia de un hombre que no era de su tribu. Era diferente, alto, blanco, fornido y hablaba extraño. Su nombre era Bochica. Convencieron al Zipa de que les permitiera invitar a aquel hombre a visitar la zona porque al parecer, este extraño tenía la solución que les permitiría revertir tal inundación.

Y sí, en efecto la tuvo. Bochica subió a un monte, miró al cielo, estiró su brazo y con su vara tocó la montaña y ésta se abrió en dos. El agua fluyó y la inundación desapareció. Su mágico actuar había salvado las cosechas y como consecuencia también dio origen a lo que hoy conocemos como el Salto del Tequendama. Bochica fue idolatrado y a partir de entonces comenzó en nuestra cultura chibcha un marcado culto por lo extranjero.

La leyenda me sirve para darle vida al análisis de mi columna. Siento que muchos de los retos ambientales que tenemos en Colombia podrían ser abordados de una mejor manera si apeláramos a dos cosas. Por una parte, a consultar a aquellos que se han preparado y conocen su territorio y su contexto. Y por otra, a consultar a aquellos que se han preparado y conocen su territorio y su contexto.

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¿Acaso repetí lo mismo? Pues si, lo hice.

Incluso en el sector ambiental, en el que me desenvuelvo, pareciera que quienes opinan y toman las decisiones son las élites: los bochicas que tuvieron (o tuvimos, porque aquí me incluyo) el privilegio de estudiar en universidades de élite y/o salir del país para prepararnos. Se genera de pronto la expectativa de que el conocimiento adquirido afuera nos hará mejores sabedores de las soluciones.

Incluso, en congresos o charlas se siguen pagando millonadas a expertos extranjeros que dicen cosas sensatas y que generan valor, pero que bien pudieron haber sido dichas por un experto local que, además de poder emitir un precepto, conoce su realidad local. Es decir, un doble valor agregado.

Repito y me lo permite este medio al ser una columna de opinión. El análisis lo hago a partir de lo que observo y de la sentada tan verraca que me pegó un par de personas de una comunidad en el Meta y que me hicieron cuestionar sobre mi rol como “experto”.

Tengo el privilegio de emitir mis ideas por medio de este gran medio de comunicación, pero reconozco que hay cientos de buenas ideas y opiniones de voces ocultas que permanecen invisibles en los territorios o en sectores que no pertenecen a “la élite del ambientalismo colombiano”.

La toma de decisión del ambientalismo en nuestro país no puede ser únicamente fuero de los bochicas que pueden materializar sus ideas, gracias al acceso de los recursos o su influencia social. La capacidad de sugerir y materializar las soluciones debe ser construida entre todos y no solamente por parte de aquellos que tienen la vara para abrir montañas y crear saltos de tequendamas.

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Nunca antes me había calado tanto el dicho que dice “que el país se hace desde Bogotá”.  El ambientalismo debe y tiene que ser una construcción colectiva en donde se viva el ODS más determinante de todos para que todos los demás ODS sean igualmente importantes: el número 17 (Alianzas). Empecemos por aliarnos con los ambientalistas que no pertenecen a la “élite”.

Nos falta aprender a colaborar entre colegas (me di cuenta de ello en aquella reciente visita al Meta en la que adopté un papel bochiquezco). Colegas, enfoquemonos en el número 17 y trabajemos todos: chibchas, zipas y bochicas.

¿Será cuestión de egos? o tal vez ¿nos está fallando el método? No quiero ser injusto en este aparte. Tan sólo quiero hablar por los ambientalistas que no hablan o que si lo hacen, se sienten en otras jerarquías dentro de otros segmentos de diálogo o grupos de whatsaap.

Gracias por comentar y refutar (con respeto) esta columna.

Hasta el próximo jueves.

@julioandresrozo

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