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Opinión

  • | 2020/06/22 00:01

    Sálvese quien pueda

    El profesor de MIT, Daron Acemoglu, ha estudiado que las diferencias en las dotaciones de bienes, servicios y tecnología de los países no son explicadas por su geografía ni por su cultura, ya que esta última es una consecuencia y no una causa.

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Se puede observar durante las últimas cuatro décadas en Colombia que las instituciones públicas, y buena parte de las privadas, han premiado como una forma de ascenso social (quizás la más propicia) los negocios ilegales, la usurpación de tierras, el dinero fácil de la renta y no de la producción, la opulencia en el gasto en lugar del ahorro, y el saqueo del erario. Así, se ha construido culturalmente la idea de la riqueza individual como fin último y no como medio para el bienestar social.

Lo que prima es la ley de la selva, de sálvese quien pueda. En consecuencia, no es extraño que durante la pandemia afloren las peores expresiones de estos comportamientos: alcaldes robándose el dinero de las ayudas, funcionarios perfilando negocios de especulación financiera con las necesidades de los más pobres, mercachifles manipulando precios, dirigentes gremiales pidiendo arrebatar la seguridad social de los trabajadores, hasta ‘gente de bien‘ haciendo juergas ilegales que son fanfarroneadas en redes sociales.

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Como ningún villano se considera a sí mismo de esa forma, para todo hay justificación de las más variadas: desde las teorías asombrosas de que la mejor política económica es importar bienes para beneficiar al consumidor, pasando por la propuesta ridícula de reemplazar el petróleo con aguacates, o la vieja confiable: los pobres lo son porque quieren; hasta las más novedosas de que si no nos gusta la hipoteca inversa, no la tomemos.

Opiniones banales que buscan en la ignorancia, la pereza y la etnia razones para el desempleo; la falta de educación y la violencia, carecen de cualquier rigor y no buscan una solución de fondo. Por el contrario, quienes las esgrimen, generalmente coinciden con las posiciones ideológicas de quienes buscan perpetuar el atraso.

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No obstante, esta cultura de la ambición desmedida y el ego puede cambiar, y de hecho, lo está haciendo como resultado del aumento de la consciencia social y porque es imposible sostener un estado de eterna injusticia. El detonante del desarrollo, que implica bienestar, calidad de vida y libertades, como lo afirma el nobel de economía Amartya Sen, es el crecimiento económico. Sin crecimiento hay pobreza, desfinanciación del Estado a la protección social y ausencia de ingresos que debilita el mercado.

El crecimiento implica inversión pública y privada en actividades de alta transformación y productividad. Para propiciarlo se requieren gremios, empresas, sindicatos y academia cuya orientación sea el conocimiento y el progreso. Y finalmente, para que estas sean el motor se necesitan instituciones públicas decentes, que trabajen articuladamente con los privados, pero no como cómplices de coimas sino como socias del avance. Y pagando impuestos.

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La transformación cultural del ‘sálvese quien pueda‘ hacia el bienestar colectivo está en marcha, es un proceso de evolución social. Las causas justas y civilistas contra la desigualdad; por justicia fiscal; contra el racismo; el machismo y en favor de la construcción de paz, apuntan positivamente en esta dirección. Los tiempos sombríos en que el hampa y el oscurantismo parecen predominar, no pueden desanimarnos. De una sociedad menos individualista se benefician las mayorías, incluso quienes se oponen a este cambio inevitable.

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