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Opinión

  • | 2019/08/22 05:01

    Sabemos muy poco sobre los retos ambientales que tiene Colombia y sus impactos económicos .¿Por qué?

    Sí, muy poco o casi nada. Voy a atreverme a decir algo incluso aún más osado: ni siquiera los ambientalistas conocemos la dimensión de lo que ocurre en nuestro país.

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Bien, cuando dije esto en una charla hace unos días, sentí las miradas rayadas de algunos de mis colegas. Y para no opinar fuera de la baranda, como quien quiere criticar a la distancia, también debo incluirme en esa crítica constructiva. Sí, es que yo también he pasado por las mismas: hablar, opinar y aconsejar sobre muchos temas (retos y oportunidades ambientales), sin un alto o al menos moderado grado de conocimiento sobre los mismos, sus escenarios y alternativas de solución.

Lo ambiental está lleno de conceptos paraguas

Un sinónimo de “concepto paraguas” es lo que yo escuchaba en mis épocas de estudiante universitario: “Un mar de conocimiento, con un centímetro de profundidad”. Los temas ambientales y los mismos conceptos alrededor de la sostenibilidad son un todo y una nada a la vez. Ejemplifiquémoslo: 

  • Sostenibilidad: Equilibrio y maximización del beneficio social, ambiental y económico de un entorno en un contexto determinado por un jurgo de variables.  Bien, ya de entrada los aspectos sociales, ambientales y económicos son conceptos paraguas per-se, al igual que el jurgo de variables que influencian el contexto dado.
  • Economía circular: Hace referencia a un nuevo modelo económico de administración de flujos de materiales y de energía para aumentar la eficiencia en el uso de los mismos, incurriendo en el menor impacto ambiental. A lo cual hay que considerar una gran cantidad de materiales e intensidades de energía que tienen características diferentes y reaccionan de manera diferente en contextos diferentes.

Y así podría hacer alusión sobre cómo cada tema o reto ambiental per-se (ejemplo: deforestación, zonas costeras, calidad del aire, agua, etc.) es un concepto paraguas que contempla mucho y a lo cual me pregunto: ¿qué tanto sabemos los colombianos, incluyéndonos los ambientalistas y los tomadores de decisión del sector público sobre cada uno de estos conceptos y sus especificidades? Hágase esa pregunta usted también e intente ponerle un porcentaje. Independientemente del % que le dé, la razón se resume en:

  • Desestimación del principio de precaución
  • Falta de información
  • La presión que existe por ejecutar recursos, mostrar impactos inmediatos y la incapacidad de medir los impactos en el mediano y largo plazo
  • Carencia de habilidades para pensar de manera compleja para lograr gestionar efectos rebote

Vamos a analizarlos, dos de ellos en esta columna y los siguientes dos en una próxima.

  1. Desestimación del principio de precaución: Quien estudia y/o trabaja los temas ambientales aprendió en las primeras clases que una de las columnas vertebrales de nuestro trabajo es tener un aproximado grado de certeza sobre lo que sucederá si se hace X o Y. Esto significa, dicho a mi manera coloquial, el principio de precaución. Siendo extremistas, a la luz de la hipótesis que enmarca mi columna, pues sencillamente no podríamos hacer simplemente nada porque ¿qué certeza aproximada tendríamos sobre los impactos que pudiesen suceder con la limitada información que tenemos? Llanamente caeríamos en una perpetua parálisis y pues tampoco es la idea.

No obstante, y es la razón por la cual escribo esta columna, que sí debo hacer un llamado al rescate del principio de precaución entre los que toman las decisiones y entre aquellos que las asisten. Ya son varios los proyectos que acompaño (soy uno más de un número importante de personas que conforman equipos de trabajo) en temas de ordenamiento territorial, promoción al emprendimiento sostenible y comercialización de productos no maderables del bosque amazónico. Todos ellos se fundamentan en una buena intención, pero muchos, si no todos, pueden terminar traduciéndose en un embeleque de conflictos ambientales, sociales y económicos a nivel local que son imperceptibles en el corto plazo. Y todo ello, por el verraco afán de responder a los inentendibles indicadores que exigen los proyectos. Esto en resumen, imposibilita la generación de un conocimiento con sustento en evidencias y en impactos.

  1. El afán de responder por indicadores: Las instituciones públicas y las ONG que gestionan recursos públicos y de cooperación internacional, responden al cumplimiento de una serie de indicadores de gestión y resultado. Así funciona el sistema. Esto lleva a que sus funcionarios, consultores y asesores realicen su trabajo a partir de los mismos y pierdan la intención de ponerle freno de mano a la acción, para dedicarle tiempo al análisis y a buscar, en muchos, no en todos los casos, evidencia de resultado, más que significancia del impacto deseado. 

Los indicadores por sí mismos son importantes porque permiten resumir un plan de acción y un norte. Pero tienen su lado oscuro, que he visto, e incluso yo he propiciado como consultor, y es el afán de demostrar que algo se hizo, así esto no se haya hecho bien.

A parte de ello, y en línea con el título de mi columna, el reto que imponen los indicadores es profundizar en su alcance desde el mismo momento de diseño del proyecto ambiental. Se nos ha repetido de manera insaciable que lo que importa es el impacto, y si esto es así, el impacto es la evidencia de una experiencia que reflejará a la postume una lección aprendida y/o nuevo conocimiento. Ahí es donde radica el conocimiento para resolver los retos ambientales. Sin embargo, desde el diseño, nos enfocamos mucho en la implementación para satisfacer una necesidad de ego (reconocimiento) institucional y poco en el monitoreo y el seguimiento (en donde está la experiencia que confluye en el nuevo conocimiento).

Tanto la desestimación del principio de precaución, como el afán y la necesidad de satisfacer los indicadores, contribuyen, no de manera totalizante, pero si condicionante, la ausencia de conocimiento derivada de la práctica. Siento que son ajustes a las tuercas que se tienen y deben hacer para conocer mejor los retos ambientales que tenemos dentro de este mar de conceptos paraguas que nos presenta el universo medioambiental.  En una siguiente columna, que va por esta misma línea, escribiré sobre los otros dos aspectos. Que si resultan ser más relevantes en el momento de explicar cómo abordar los retos ambientales con mejor conocimiento. Ya le tengo título. Se llamará: “Cómo analizar efectos rebote en el momento de implementar proyectos ambientales?

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