Opinión

  • | 2018/02/15 00:01

    “Renuncia y sal a perseguir tus sueños…” (cuándo sí y cuándo no)

    ¿Se siente frustrado en su trabajo?, ¿agotado?, ¿quemado?, ¿siente la necesidad de un año sabático para oxigenar la mente y el espíritu? Estas preguntas se las hago a los directivos que pasan por Inalde Business School y muchas veces la respuesta es un contundente sí.

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En ocasiones, cuando eso sucede, pensamos en cambiar de trabajo, de cargo o simplemente empezamos a buscar en LinkedIn la oferta laboral que de verdad llene nuestras expectativas. Muchos hemos soñado un trabajo en el que podamos trabajar desde cualquier lugar, sin tener que viajar tanto, encontrarnos un ambiente menos hostil o tener mejores jefes. Después de ese raciocinio, tomamos una decisión: “¡voy a perseguir mis sueños!”.

Cuándo sí (cambiar de trabajo)

La mejor manera de emprender e iniciar aventuras osadas es cuando tenemos el cálculo de los beneficios y pérdidas de una decisión y estamos dispuestos a pagar el precio. Por ejemplo, no tiene el mismo nivel de riesgo un padre de familia que tiene los hijos en costosos colegios que un emprendedor que aún vive con sus padres. Este ejemplo lo llaman los marineros “la línea de flotación” y consiste en que un barco puede tener agujeros, siempre y cuando estén por encima de esa línea. Si, por el contrario, los agujeros están por debajo, el barco se hunde.

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Las preguntas clave para saber si debemos cambiar de trabajo o carrera son: ¿en qué soy bueno?, ¿qué me apasiona?, ¿cuál es el motor de mi vida? En mi caso, por ejemplo, las respuestas en mi anterior trabajo eran no, no y no. Esa respuesta me llevó a un proceso profundo de indagación: qué era lo que me gustaba hacer. A partir de esta reflexión traté de alinear mis gustos y preferencias con mi trabajo. Por eso, hoy me dedico a enseñar, escribir e influir positivamente en directivos de alto nivel.

Cuándo no

Muchas veces nos falta perspectiva frente a las decisiones. Nos puede pasar que tomamos la decisión de cambiar de un trabajo por un mal día o por falta de “feeling” con alguien o simplemente porque ir a trabajar nos cuesta mucho los lunes.

Cuidado. Todo trabajo tiene sus cosas buenas y aquellas que no nos gustan y eso hace parte de la riqueza del mundo del trabajo. Es ingenuo creer que podamos tener el trabajo a la medida exacta de nuestras expectativas o que en el trabajo me encuentro y comparto solo con las personas de nuestro agrado.

Asimismo, hay una parte inexplorada de nuestro trabajo, la cual consiste en construir la pasión por lo que hacemos. Cuánta gente que trabaja en vigilancia -por citar un ejemplo extremo- te sonríe a las dos de la mañana en plena helada capitalina. Muchas veces los trabajadores del conocimiento no enriquecemos nuestra labor llenándola de retos, ganas de mejorar y, sobre todo, queriendo dar todo lo mejor de nosotros. Por eso llegan el tedio y el aburrimiento.

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De igual forma, muchas veces nos falta la visión del artesano que dedica horas y horas a una pieza, sin importar horarios con tal de terminar esa pieza que tanto lo ilusiona. Esa pasión para terminar la tarea ardua no solo debe nacer de la pasión sino del compromiso de trabajar extraordinariamente porque así debe ser nuestro ADN profesional.

El imperativo: ser buenos

El gran peligro de la vida es querer disfrutar de grandes logros sin el esfuerzo que implica alcanzarlos. Como directivos tenemos un deber y es ser tan buenos en lo que hacemos que la gente no pueda ignorarnos. Esa situación, en mi condición de profesor y consultor, se nota (como habla su raciocinio, la manera de decidir o el vocabulario que utiliza).

Unos científicos americanos llegaron a la conclusión que una práctica inteligente de una actividad por 10.000 horas puede llevar a la excelencia y maestría en cualquier arte, actividad u oficio. Lo mismo puede suceder con la actividad directiva. Una práctica continuada, consciente, reflexiva y basada en el feedback y la autoevaluación puede llevar a lo más alto de la práctica gerencial. En consecuencia, no hay logros extraordinarios sin horas y horas de entrenamiento, formación y esfuerzo. Por ejemplo, Los Beatles, antes de ser lo que eran, tocaron horas y horas juntos en bares de Inglaterra y Alemania. Mozart, desde los cuatro años, veía a su papá y sus hermanos entregados a la música. Y luego, horas y horas de práctica y entrenamiento…

¿Qué hacer? 

  1. Alinear los gustos y los intereses que tenemos con nuestro trabajo
  2. Apasionarnos por lo que hacemos, a partir de reconocer la contribución para nosotros y los demás
  3. Entender que sin el esfuerzo no habrá recompensa
  4. El esfuerzo no es solo físico; es esfuerzo inteligente que sintetizo en una sola frase de un pensador clásico: el tiempo de reflexión es una economía de tiempo
  5. Las preguntas medulares de la práctica consciente: ¿Esto es lo mejor que puedo dar?, ¿qué puedo hacer para que mañana sea mejor?, ¿qué hice bien hoy?, ¿qué hice mal? ¿qué aprendí?

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