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Opinión

  • | 2019/10/03 06:59

    Reforma a la Justicia

    El Consenso de Washington ha muerto y las políticas neoliberales fracasaron. Los desastres económicos en Argentina, Ecuador, antes del presidente Correa; Bolivia, antes del presidente Evo Morales, o la misma Venezuela, que terminó en el abismo del chavismo, son ejemplos de su fracaso.

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El mercado y el capital privado no llevan a los pueblos a mundos encantados. El mercado solo, sin ley ni orden, plaga a la sociedad de abusos y desequilibrios. El mercado es esencial para ser libres, pero un sistema judicial fuerte e independiente es condición necesaria para que opere como fuente de libertad.

Si algo es hoy día evidente es la trascendencia de un buen balance de poder: el ejecutivo, el legislativo, el judicial, los entes de control, el banco central y los medios de comunicación. Los pesos y contrapesos son los verdaderos determinantes del progreso de un pueblo y de la eficiencia y razonabilidad de las señales de precios que el mercado genera.

Estos cinco poderes están mal equilibrados en Colombia; los abusos y la extracción de rentas son sistémicos. La justicia como sistema es nuestro talón de Aquiles. La crisis peruana ilustra las verdaderas fracturas de nuestras crisis institucionales. El sistema judicial es la piedra angular. En la región, tal vez con la excepción de Brasil y Chile, los sistemas judiciales son débiles, con líderes que rotan continuamente, presupuestos limitados y una carrera que no es atractiva para los mejores estudiantes. A la justicia la manosean los políticos corruptos que tiene que defender sus rentas y sus roscas. Los intereses económicos la permean para maximizar su lucro. Las prácticas clientelistas la hacen vulnerable a roscas y amiguismos. Y ni qué hablar de sus edificios y oficinas que de indignidad la visten.

Una justicia empoderada, un verdadero fiscal general independiente, una imagen institucional que la eleve por encima de la corrupción y la mediocridad que nos agobia es la más urgente reforma.

Estos desequilibrios institucionales son los que permiten que el mercado abuse y explote al trabajador y al asalariado; que el capital privado corrompa o que los funcionarios públicos se hagan ricos o poderos a través de sus cargos. Lo público atrae a quienes quieren poder y rentas y no premia la vocación de servicio. Las entidades públicas y la calidad de sus regulaciones y servicios se sacrifican en desmedro de todos nosotros.

Pocas personas entendieron esto tan claramente como Juan Luis Londoño. Sus aportes al país transformaron Colombia sin que nos diéramos cuenta. Su arte, su alquimia, es lo que se necesita para que se rediseñen los pesos y contrapesos y la justicia tenga la jerarquía que se requiere y se le blinde para que no lleguen a su cúpula más mediocres y corruptos.

La reforma del sistema de salud es una pieza de relojería fina al igual que la del sistema judicial. Juan Luis entendió esto y, por eso, en Colombia crearon un sistema que domó parcialmente las fieras de las farmacéuticas y a las aseguradoras, de forma sana y sabia las pusieron a controlar costos.

El sistema no es rico y sus recursos tienen que alcanzar para todos. Centros de diagnóstico y laboratorios aprendieron a ser eficientes, logran calidad sin costos exorbitantes, al igual que hospitales y centros de salud. Los médicos, la gran mayoría, antepusieron su vocación y juramento hipocrático para servir a sus conciudadanos, trabajar de forma ardua y no hacer de la riqueza su motivo. Su sacrificio y vocación son sin lugar a duda lo que sostiene todo esto. El hecho es que todas estas fuerzas encontradas permitieron, con poca plata, darles salud digna a millones que antes ni se la soñaban.

El principio ético de que el derecho a la vida y a la autonomía de todo ciudadano prevalece sobre el poder para hacerse rico de unos pocos, son la visión y su legado. La razón de ser del Estado es luchar por crear instituciones y entidades públicas que equilibren estas complejas fuerzas en servicio del bien común. Claramente esta no es la visión de nuestros penalistas, mucho menos de nuestro Fiscal, ni de los operadores del sistema judicial.

Las mentes más brillantes como las de Juan Luis, Ulpiano, mi padre o Guillermo Perry nos abandonan antes de tiempo. ¿Quién tendrá la visión y coraje de ponerse a la batuta y diseñe la reforma del sistema judicial? ¿Alejandro?.

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