Opinión

  • | 2018/03/02 00:01

    Realidad aumentada, realidad opacada

    ¿Y si tuviera unas gafas que le oculten lo que no quiere ver de la realidad? Podrían existir y su conciencia pondrá los límites.

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Las realidades virtual y aumentada ya no son sorpresa para nadie, pero siguiendo la curva de adopción tecnológica, las montañas rusas digitalizadas y el Pokémon Go apenas marcaron el pico entusiasta de las posibilidades que ofrecen estas tecnologías.

La primera claridad por hacer es la diferencia entre estas realidades. La virtual (VR) permite la creación e interacción con un mundo completamente digitalizado, usando, entre otros, las aparatosas gafas en las que se pueden adaptar los teléfonos inteligentes; en paralelo, la realidad aumentada (AR) usa las pantallas disponibles para superponer capas a la realidad física, como en el caso del Pickachu que aparece en medio de un parque o como sucedía con las no tan exitosas Google Glass, que con apariencia de gafas ‘comunes’, actuaban como superficie de proyección de datos sobre el entorno en tiempo real.

Ahora bien, ¿qué tal si usted tuviera la posibilidad de usar las gafitas para seguir interactuando con el mundo físico y a la vez ‘cambiarlo’ a su antojo? Por ejemplo, ¿usaría unas gafas o lentes de contacto electrónicos para dejar de ver las basuras regadas de la ciudad?

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El año pasado Ericsson presentó sus tendencias de consumo tecnológico y entre ellas destacaba la realidad aumentada. Según el informe, 4 de cada 5 usuarios actuales de sistemas de realidad virtual creen que a 2020 lo virtual sería indistinguible de lo real. Pero el dilema no está en la calidad de la visualización, sino en lo que quisiéramos ver – o dejar de ver –.

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Según la encuesta que soporta el estudio, frente a las expectativas de los consumidores al usar dispositivos de realidad aumentada, el 55% de los encuestados señaló que las usaría para iluminar espacios con baja visibilidad – aunque creo yo que para eso ya existen las linternas de los celulares, pero allá los usuarios y sus decisiones –.

Siguiendo en la gráfica, un 50% las usaría para recibir notificaciones y alertas sobre posibles peligros en su entorno – un uso que parece más sensato –. Luego, un 41% las quisiera para ‘modificar su entorno’ incluyendo flores, pájaros o escenarios de películas – entonces todos podríamos ser personajes de una tragicomedia de Hollywood –. Curiosas las respuestas, pero hasta aquí nada sorprendente.

Sin embargo, en el extremo superior de la encuesta, un 34% de las personas que participó en todo el mundo, señaló que usaría la realidad aumentada para ‘colorear sobre elementos perturbadores (ej. grafitis, basura, personas mal vestidas)’… De ahí a querer ocultar el hambre y la pobreza estamos a un paso.

Al mejor estilo de la serie Black Mirror, la tecnología nos abre la posibilidad de ver más de lo que queremos y menos de lo que nos incomoda. 34% no es una cifra despreciable y estamos hablando de una base de más de 7.000 personas entre los 15 y los 69 años, provenientes de todo el mundo, dispuestas a ‘cubrir’ lo que les parece indeseable.

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Volviendo a la pregunta, ¿usted lo haría?, ¿pondría lo que sea que se le ocurra para dejar de ver las basuras de la ciudad? La idea que renglones atrás pudo parecer atractiva ya no lo es tanto, porque las cifras nos hacen pensar no solo en el alcance del dispositivo sino en sus implicaciones en la ‘vida real’.

El problema acá no es tecnológico, porque los aparatos ya están disponibles y las aplicaciones que corren a través de ellos ya en desarrollo, todo a punto de salir al mercado a precios alcanzables por muchos; el dilema que enfrentamos ahora es ético frente a la realidad que queremos construir con ayuda de la tecnología.

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