Opinión

  • | 2018/05/25 00:01

    ¿Qué tipo de elector quiere ser? Reflexiones sobre la mitomanía

    Las semanas anteriores han traído perversas lecciones, no de política, sino de sociología del elector potencialmente irresponsable. Habiendo dedicado unas líneas a los charlatanes la semana pasada, hoy se las dedico a los mitómanos y su harem de personas que no usarán el raciocinio en los debates electorales.

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Fui testigo de curiosas conversaciones que asimilaron su temperatura a la del hirviente tinto que las acompañaba. Pero casi me toca pedirle a alguien que me explicara si lo que estaba presenciando era realidad o estaba en un negro sueño. ¿Cómo defienden algunas personas cosas que simplemente son mentiras? ¿Estamos ante una cultura de la mentira que ya se asentó en las entrañas del país?

Después del baldado de agua fría, el negro sueño seguiría. Concluí que las emociones mueven esta contienda electoral, la mitomanía la cataliza y la falta de educación la tergiversa. Unas elecciones sanas y legítimas se dan cuando el elector ha meditado sobre las propuestas de los candidatos, no cuando es agitado por vecinos que dicen que hay que votar por éste o el otro porque sí, sin siquiera preguntarse si hay mentiras detrás de los discursos.

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¿Se dan cuenta que esto desemboca en un país en donde la calidad de los electores que hemos forjado durante décadas es lo que lleva a que las entidades estén politizadas y los discursos aplasten la necesidad de innovar y transformar el país tecnológicamente? Aparece así un candidato algo mitómano y victimizado que lanza mensajes mesiánicos, agita las masas, se refiere a cifras que no reflejan la realidad, y “reta al establecimiento”, como si esto fuera algo bueno. Peor aún, aparecen las masas que prefieren deleitarse de la dopamina del mensaje en vez de detenerse en el peligro del discurso incendiario.

Un candidato no puede ser el cómplice de la pereza de un elector sino una inspiración para trabajar duro y realizarse a sí mismo. Por eso debemos pensar no solo en la calidad del candidato, sino en la de los electores. El votante responsable es el que piensa realmente y toma una decisión fundamentada, mientras que el mediocre se limitará al primer impulso que le de cualquier persona. Cuanto más electores del segundo grupo haya, menos institucionalidad se podrá construir.

Resulta preocupante que la mitomanía, es decir la tendencia a inventar cosas sistemáticamente y creérselas – termine absorbiendo adeptos por la tentadora seducción de la mentira, mientras que la verdad sea abandonada como el incómodo y evitable aterrizaje en la realidad. Aquella pseudología fantástica de la que escribía Delbrück en 1891 o la edad de la mentira de José Saramago se volvieron fenómenos masivos y voluntarios en Colombia.

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En el siglo XIX, E. Dupré hablaba de tres tipos de mitomanías: la vanidosa, la maligna y la perversa. Permitir que algún tipo de mitomanía electoral influencie nuestro voto es una responsabilidad que carga cada uno de nosotros. Por eso es fundamental contrastar cualquier propuesta con su verdadera factibilidad.

Las irrisorias y estrambóticas elecciones en nuestra vecina Venezuela son un fiel reflejo de la mitomanía materializada en un circo. Un dictador que otrora apoyó a otro dictador con el argumento de luchar por el pueblo, terminó basando sus elecciones en el miedo, la abstención y en el hambre del mismo pueblo que busca ser alimentado si se sale a votar por la misma perversa fantasía. Los romanos creyeron en la época de Teodosio que los incendios de las villas y pueblos eran temas lejanos, de frontera, hasta que tuvieron que enfrentarse décadas después al ocaso de su propia civilización cuando Odoacro le dio la estocada final al Imperio Romano. No es una simple historia de la antigüedad; es un mensaje de nuestro presente y el oscuro futuro que se avecina si los colombianos le apuestan a la mitomanía. ¿Cómo la contrarrestamos? Pensando.

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