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Opinión

  • | 2020/07/05 00:01

    Gestionando la falta de millas

    Leyendo permanentemente en las narrativas ocultas que nos dan otras personas y que incluso tenemos nosotros mismos, ¿qué es lo que verdaderamente extrañamos de viajar?

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Me he dado a la tarea de observar y preguntar en los últimos dos meses qué es lo que realmente extrañamos de nuestra vida agitada y presencial. En un par de charlas que he dictado, y en mis clases que nunca abandono, me he dado cuenta de que hay algo que muchos ejecutivos extrañan: viajar.

Yo llevo más de 20 años de mi vida viajando y, la verdad, hace un par de años me cansé un poco. Si bien lo hago con responsabilidad y cariño, cuando en mi vida actual debo salir del país por trabajo y por vacaciones sí que me hace falta—, ya no me da la misma emoción que me producía en otros tiempos. Pero he notado que a otros, que quizás están en otro momento de vida, los viajes sí les hacen mucha falta.

Hace poco, y gracias a la tecnología, con esos maravillosos fondos de pantalla que se pueden poner en Zoom o en otras plataformas, me pareció muy divertido ver a varios que ponían aviones, sillas en clase ejecutiva o aeropuertos. Mas allá de una broma, por supuesto, hay algo que se añora y que se necesita.

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Leyendo permanentemente en las narrativas ocultas que nos dan otras personas y que incluso tenemos nosotros mismos, ¿qué es lo que verdaderamente extrañamos de viajar?

Por supuesto no hay una sola respuesta a esta pregunta y valdría la pena parar unos segundos a darnos una real, de manera silenciosa. Yo tengo un par de ideas que nos pueden ayudar en el análisis, no solo para que nos entendamos nosotros mismos, sino para que sepamos cómo gestionar a nuestros equipos e incluso comprender a nuestras parejas.

El interaccionismo simbólico. Es decir, viajar, contar que se viaja, da una connotación de estatus, importancia, éxito. En este momento, todos nos vemos como cabecitas de Futurama, según me dijo un amigo hace poco; somos exactamente iguales en una pantalla. Nadie se conecta a una reunión a contar lo largo de la fila de emigración, ni lo llena que estaba la sala VIP, ni los descuentos de Duty Free o para hablar del último restaurante en Cartagena. ¡Eso podría hacerle falta a alguien!

El aire en situaciones personales difíciles es otro punto. Los viajes de trabajo pueden ser también un mecanismo de escape a situaciones familiares agotadoras. He escuchado cómo algunos padres de bebés pequeños son felices de viajar porque pueden dormir seguido en la noche. Y otros, con problemas con sus parejas, respiran un nuevo aire mientras viajan. No se sientan culpables si es así, pero hay que gestionarlo: ni los viajes ni nada deben ser un mecanismo de escape.

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El encontrarse con colegas de otros países o regiones. Este me parece un buen punto. Las reuniones multiculturales siempre terminan siendo enriquecedoras; hay que saber hacerlas virtuales. Pero es obvio que nunca será exactamente igual.

Las opciones de tener nuevas experiencias. Muchas personas aprovechan sus viajes de trabajo para darse una buena “voladita” a conocer o disfrutar del lugar al que viajan; eso también puede extrañarse.

Seguramente puede haber muchos más motivos. La prisa de andar en aviones, los dedos cruzados para los ascensos, las compras, las millas ganadas y por supuesto las experiencias y aprendizajes laborales.

Si tu vida y la de tu equipo ya no tiene los ruidos de la azafata y el piloto diciéndote que apagues el celular, sino de la licuadora o un bebé gritando por atención, quizás haya algo que extrañes. En realidad, si lo pensamos bien, tal vez cuando estábamos en los aviones extrañábamos a los niños gritando y al jugo fresco de pura fruta en la mesa al desayuno.

No hay que extrañar nada en realidad. Hay que aprovechar lo que se tiene hoy. El tiempo pasado ya fue y lo que tenemos está aquí y ahora. Vendrán otros tiempos, otros viajes, otras millas. Las millas que hoy estoy ganando son de minutos con mi familia, de prioridades que antes no entendía, de respirar a la mitad del día y de disfrutar otras cosas incluso con mi equipo de trabajo.

La realidad ahora nos ofrece otras experiencias quizás iguales o más valiosas que los largos e importantes viajes de trabajo. ¡Que vivan las licuadoras y los gritos de bebé!

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