Opinión

  • | 2019/02/07 00:01

    ¿Por qué necesitamos más activistas en Bogotá?

    "Quiero vivir en mi ciudad (Bogotá) en un ambiente en donde políticos, ciudadanos, jóvenes y ancianos pasemos de la polarización y del argumento a costa de la caída del otro, a la propuesta, al activismo social".

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Las comparaciones son incómodas pero hay que hacerlas por una razón: para aprender de aquellos que están haciendo las cosas bien. En esta ocasión quiero recordar el año 2011. Yo vivía y trabajaba en aquel entonces en Alemania. Una mañana desperté y vi en las noticias lo ocurrido en Fukushima-Japón (el tsunami generado el océano Pacífico provocó un daño enorme en la central nuclear de aquella ciudad). La noticia que se propagó en el mundo revivió un movimiento ciudadano entre los jóvenes alemanes que me impresionó y marcó desde entonces: “Atomkraft? NeinDanke!” (¿Energía Nuclear? ¡No, gracias!).

Para hacer corta la historia, los jóvenes (muchos de ellos universitarios), de manera unida, inconforme y organizada, lograron que el gobierno de Ángela Merkel repensara su política energética. No querían que se presentara un Fukushima en Alemania. Como conclusión, el país inició un proceso de desmonte de todas sus plantas nucleares para el año 2022 para enrutarse en una completa transición hacia las energías renovables. El resultado: Alemania lo está logrando, superando sus propias metas.

Y bueno, no voy a hablar sobre política energética aquí en mi columna (en abril escribiré al respecto). Me referiré sobre uno de los factores que aceleró la nombrada transición energética: el poder de los activistas; la fuerza de una sociedad civil organizada y con voz, no con voz de queja, sino con voz llena de argumentos y propuestas.

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Y es que aquí entra la frase con la que comencé esta columna: comparar la mayoría de las voces ciudadanas, periodísticas e incluso analíticas colombianas, con las de el caso alemán que referencié. Me lloverán críticas por la generalización, pero ¡Qué diablos! me voy a dar la pela.

Luego de vivir casi 10 años en Alemania, aprendí a analizar las conversaciones de sus ciudadanos. Por lo general dedican un 20%-30% a nombrar el problema, a aplicar el retrovisor, a criticar y quejarse, y un 70%-80% a proponer y sugerir soluciones con base en argumentos. ¿Y en Colombia? ¿Cómo son nuestras conversaciones de domingo “arreglando el país”? ¿Cómo son los debates de nuestros políticos y analistas en la radio y TV? No voy a mencionar un porcentaje como lo hice en el caso alemán porque prefiero que usted saque sus propias conclusiones.

Recreo mi análisis con esta comparación para llegar al punto al que quiero llegar. Quiero vivir en una sociedad en donde los ciudadanos aprendamos a convivir en medio de las propuestas y no de la crítica, quiero vivir en mi ciudad (Bogotá) en un ambiente en donde políticos, ciudadanos, jóvenes y ancianos pasemos de la polarización y del argumento a costa de la caída del otro, a la propuesta, al activismo social.

Mi ciudad tiene retos ambientales, sociales y económicos. Superarlos no es responsabilidad ni de Peñalosa, ni fue de Petro, y no será del próximo alcalde de turno (y me recordarán algunos que Samuel Moreno esto y lo otro... ahí está el argumento que justifica la pasividad del ciudadano que emite este concepto).

Comúnmente nuestras conversaciones endilgan la responsabilidad al Estado paternalista y nos despojan de la propia desde nuestro micro-entorno (colegio, universidad, calle, trabajo, hogar, estadio, etc.). Ser un activista propositivo significa vivir una convicción enfocada hacia la solución y no sobre el problema; conozco y me dejo inspirar por varios de ellos; valido con ellos, algo que Michael (mi ex-jefe) alguna vez me dijo: “el éxito se logra cuando se entiende que hay que pasar del dicho al hecho, cuando de la crítica se evoluciona a la propuesta y de ésta a la acción”.

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Luis Ernesto me envió un whatsaap, Ana María me lo dijo en medio de un café, Mauricio C. y Marcela S.M. me lo han reiterado en varias ocasiones: "un activista es un ciudadano que se activa, que suma porque cree en la inteligencia colectiva. Es una persona que se despoja del ego personal porque piensa en el bien colectivo, es alguien que anhela que el impacto sea el que figure, en lugar de que quien figure sea la persona per-se".

Bogotá necesita de un activismo ciudadano. No se trata de política, se trata de generar cambios de actitud en nuestros microsociedades. Que generemos casi 7.000 toneladas de residuos al día, no es un problema del alcalde, es una solución que surge a partir del cambio de sus hábitos de consumo. Que la movilidad mejore en la Séptima, no es cuestión de la Secretaría de Movilidad, es algo en lo que usted puede contribuir al utilizar su bicicleta, al dejar de ver su celular mientras maneja (cada segundo de despiste frente a la pantalla alarga el trancón). Que no tengamos la necesidad de estar “guardados” en la casa después de las 6 pm por miedo a la inseguridad, no es un tema que se le tiene que endosar a la Policía, es algo en lo que todos podemos trabajar para hacer de nuestras calles y parques lugares más habitables y convivibles. En fin, podría extenderme en la explicación pero creo que a esta altura de la columna el mensaje quedó plenamente ejemplificado.

Quiero celebrar con aquellos que proponen y que arreglan el país con una proporción de 20% análisis del problema y 80% sugerencias con sustento argumentativo. Aplaudo a aquellos que se activan por el interés colectivo. Con esta columna quiero ser un activista al sugerirle: cambie sus conversaciones, revierta el porcentaje sobre cómo las aborda y verá cómo algo en medio de un todo, empieza a cambiar.

Despido mi columna recordando a Laura Hausen, mi amiga alemana quien me invitó a una de las sesiones de “Atomkraft? Nein Danke!”, gracias por haber dejado una huella en mi activismo ciudadano.

¡Hasta el próximo jueves!

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