Opinión

  • | 2018/02/01 00:01

    ¿Por qué me cuesta tanto dirigir… y qué puedo hacer?

    Liderar es lo mismo que dirigir personas y organizaciones. Mi experiencia con directivos y como profesor de Inalde Business School me muestra a diario la gran dificultad que tienen los “número uno” de la empresa para dirigir.

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¿Por qué es tan difícil dirigir a una persona? El objetivo de este artículo es realizar algunas reflexiones sobre esta pregunta y proponer algunas guías de actuación.

La ecuación fundamental del liderazgo es:

mando + obediencia = liderazgo

Dirigir es la acción por la que una persona influye, determina o conduce la voluntad de alguien, de acuerdo con las preferencias y deseos de quien dirige. Es decir, todo liderazgo es una relación entre personas donde subyace el poder que, en últimas, es aquello que hace efectivo el mando y la obediencia. Asimismo, el liderazgo se ejerce en grupos humanos diversos con distintos fines. A esos grupos los denominamos organizaciones y van desde familias hasta empresas, instituciones o gobiernos.

Podemos citar varios ejemplos: el niño que obedece al padre por motivos como su supervivencia (alimentación, techo, vestido) o por el temor a un castigo, o el empleado que acata las instrucciones de su jefe por temor al despido. Todo lo anterior nos muestra que dirigir depende de unos factores para mandar y otros para obedecer.

Los factores de mando

Para mandar debemos tener legitimidad: aceptación del mando, la cual surge de la confianza, el carisma, la tradición o una norma legal, contractual o social. Tradicionalmente, basamos el liderazgo en el último aspecto, o sea, la norma legal o contractual, por ejemplo, por el cargo o el poder formal de quien dirige. La frase que resume esta situación es: te sigo porque me conviene. Sin embargo, este es un poder de corto plazo porque se restringe a los motivos de aceptación del mando y estos se acaban con el tiempo. La experiencia y la literatura sociológica recomiendan liderar desde la confianza y los valores de quien dirige (te sigo porque creo en ti).

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Factores de obediencia

Los seres humanos obedecemos por diferentes motivos: miedo, esperanza, propio interés o por un valor. Estos motivos de obediencia se resumen en la ley, la moral o la cultura. Por ejemplo, cuando obedecemos por ley, lo hacemos para evitar una sanción o castigo. Por moral, cuando actuamos a partir de un valor personal. Por cultura, cuando actuamos para evitar la sanción social o la exclusión del grupo al que pertenecemos. La gran característica de estos motivos de obediencia es la ineficacia de la obediencia por razones legales. Además, es costosa y de corto plazo.

En países como Finlandia, Suecia o Dinamarca la gente actúa por convicciones profundas y no solamente por el temor al castigo. Es decir, estas personas, gracias a la cultura, han incorporado en su ADN unos valores como la puntualidad, el respeto o la honestidad, los cuales permiten que la sociedad funcione mejor.

En consecuencia, el problema del liderazgo es que queremos dirigir a partir del cargo que ostentamos, la sanción, la norma o la amenaza. La gran trampa consiste en no entender que el logro del liderazgo debe surgir de la confianza, los valores y la justicia, que se resume en la capacidad del líder para pensar en los otros, en su desarrollo y sus motivos y no solamente en su vanidad o interés personal.

Entonces, ¿qué hacer para liderar mejor nuestra gente? 

  1. Hay que crear cultura en las organizaciones. Esto significa definir, difundir y desarrollar unos valores comunes para las personas de tal forma que los compartan y se constituyan como una fuente de conducta sin la necesidad del premio o del castigo.

  2. Los líderes deben esforzarse por ser ejemplares. Dice el refrán popular: “Fray ejemplo es el mejor predicador”. Las acciones de los líderes comunican.

  3. Los líderes deben grabarse en la piel la inscripción: “El ego es el enemigo”. Por su trabajo, cuya materia prima es el poder, es fácil caer en la vanidad, la autocomplacencia o las motivaciones por interés personal. Dice Heifetz: “la ampulosidad nos prepara para el fracaso porque nos aísla de la realidad”.

  4. Para ganarse la autoridad, los líderes deben entender el significado de esta palabra que procede del latín augere, o sea, hacer crecer. La autoridad se obtiene haciendo crecer a las personas que están a nuestro alrededor mediante la formación, el buen ejemplo, la amabilidad y respeto y, sobre todo, la exigencia para que sean mejores.

  5. Para saber mandar, hay que saber obedecer. Así como enseñamos el liderazgo, debemos enseñar a nuestros líderes la docilidad que implica humildad, dejarse conducir y acatar la experiencia de los demás. La obediencia desestima el individualismo y fomenta el sentido de lo que hacemos en función de un grupo humano o una organización. Fomentar la obediencia legítima, genera colaboración, unidad y sentido de grupo. Además de formar líderes, debemos formar personas obedientes a la cultura y los valores de las organizaciones.

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Sobre el liderazgo es mucho lo que hemos leído y hablado. Es sencillo entenderlo como una ecuación simple. Lo complicado es que en medio de la ecuación está el poder. Por eso, para mandar y obedecer debemos tener presentes la justicia y la humildad. Porque no lo sabemos todo, ni lo podemos todo.

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