Opinión

  • | 2016/12/12 00:01

    Pizzagate

    El poder de ignorar frente a un futuro en manos de la inocencia y la mentira.

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Mientras en Bogotá un asesino culminaba su miserable tránsito de locura y abuso contra una menor, en Washington un justiciero arremetía con disparos de fusil contra una pizzería buscando rastros de actos de pedofilia y explotación de menores por parte de Hillary Clinton y algunos de sus partidarios, sugeridos desde antes de las elecciones en octubre por diferentes fuentes en las redes sociales.

La avezada maniobra del atacante no denotaba muestra alguna de desequilibrio mental, sino más bien un ánimo de justicia motivado por su total desconfianza en el sistema y un rumor difundido por páginas web de cuestionable seriedad y tweets retransmitidos sin filtro alguno.

Y más que rumor, era una teoría de conspiración que tanto gustan a los americanos, que había sido ya desmentido anteriormente por la policía del lugar y que no tiene fundamento diferente a declaraciones de la candidata editadas maliciosamente y especulaciones sobre correos borrados de su cuenta personal transmitidas por eventuales opositores.

De origen desconocido, se tornó en una realidad en la mente de muchos, que pudo terminar en tragedia si no fuera porque el justiciero no encontró rastros de túneles secretos, cuartos de tortura o menores abusados, sino a los asustados empleados del lugar que desde hacía ya semanas sufría los efectos del rumor con llamadas amenazantes y ataques a su página web.

Remontémonos al año 1938, cuando la radio era protagonista entre los medios de comunicación masiva y Orson Wells a través de CBS emitía su adaptación de La Guerra de los Mundos y contaba «damas y caballeros, tengo que anunciarles una grave noticia. Por increíble que parezca, tanto las observaciones científicas como la más palpable realidad nos obligan a creer que los extraños seres que han aterrizado esta noche en una zona rural de Jersey son la vanguardia de un ejército invasor procedente del planeta Marte...».

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Aunque en dicha ocasión no se pretendió engañar a nadie, pues al inicio de la alocución se anunció el contenido que seguía, los oyentes que lo ignoraron alarmados abandonaron sus casas colapsando carreteras y teléfonos de emergencia, siendo de tal magnitud la psicosis generada que muchos terminaron viendo marcianos en sus jardines.

Los hechos de Washington demuestran que pasados casi ochenta años desde entonces, nada parece cambiar en la mente de los desprevenidos parroquianos, que inocentes e ignorantes reciben con verdad los mensajes de las redes sociales y páginas de noticias, sin confirmación alguna de la seriedad de la fuente pero que se reciben total credibilidad por el solo hecho de ser compartido por algún otro incauto o simplemente estar en la red.

Difícil encontrar un paraíso más verde para los mentirosos y estafadores, que lo han tenido claro en recientes eventos electorales para promover posturas extremas a sabiendas de que un mensaje espurio, que siembra duda, aún anónimo o de origen falso, resulta una verdad absoluta si se emplean mecanismos informáticos para reproducirlo suficientemente.

La necesidad del ser humano de creer y aferrarse, sumado a la falta de criterio y a la comodidad de la ignorancia, han sido siempre caldo de cultivo para la mentira y la estafa, pero cuando tienen amplia difusión y no existen consecuencias por ser totalmente desconocido su origen, el resultado es impredecible.

Así, la posibilidad de caer presa de una cultura de la mentira existe hoy más que nunca, cuando ha quedado claro que no existen límites para los mentirosos, se difunden sin responsabilidad sus mensajes, no hay confianza en las instituciones y se percibe el intelecto y en el conocimiento como algo arrogante y acomodado.

Sin embargo, el ser humano tiene interesantes mecanismos de defensa y uno de ellos demuestra gran sabiduría: el poder de ignorar. En efecto, cada vez son más quienes determinan seguir sus vidas ignorando la información producida por los medios o las redes sociales, buscando un remanso de paz en ver la realidad sin el filtro de aquellos, descartando aquello que consideran no genera más que sufrimiento, o una profunda sensación de impotencia, o rencor.

No conozco a nadie enfermo por carecer de suscripción a un periódico o revista, no ver noticieros, o no tener cuenta de Facebook o Twitter.

Al final, la única verdad es la que percibe cada individuo.

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