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Opinión

  • | 2020/03/19 00:01

    Oportunidades

    Lo que enfrentamos es una oportunidad para reinventarnos.

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La inercia, el temor al cambio, es parte de nuestra naturaleza. Ella hace mucho daño, como lo muestra la contaminación por el uso de hidrocarburos y el desperdicio de plásticos. Los sistemas de educación públicos están anquilosados, con sindicatos mediocres o corruptos que no reaccionan ante la inaceptable calidad de la educación pública; el sector público es paquidérmico con gerentes de salud más comprometidos con desfalcar al erario, que con prestar un servicio a la ciudadanía. La sociedad de consumo se puede repensar para bien.

Una crisis equivale a una oportunidad: esta, para que muchos de nosotros no tengamos la inútil fijación del trabajo de oficina. Retirar millones de personas de las vías puede ser una solución más efectiva a la contaminación y los trancones que seguir construyendo autopistas. También este es un buen momento para exigir mejor calidad a los sistemas de transporte: estaciones más amplias, menos hacinamiento, reglas exigentes para quienes presenten síntomas de gripe o catarro.

Disminuciones súbitas de la demanda por bienes o servicios como la actual claramente ilustran la necesidad de mecanismos para la flexibilización de la jornada laboral. El mundo cambia de forma acelerada y las empresas requieren flexibilidad, así como muchos jóvenes también necesitan oportunidades a través de trabajos temporales y flexibles. No obstante, la crisis actual también obliga a la pregunta de quién y cómo se costea el aseguramiento del flujo de ingresos por enfermedad o crisis de salud pública como la actual. No tiene sentido que los más pobres y vulnerables sean los que terminen pagando por una crisis profunda. En esta ocasión le tocará al sector público flexibilizar sus reglas, socializando las inmensas pérdidas que genera esta crisis: deuda a cambio de reformas estructurales.

Probablemente las mejores oportunidades afloran a través de la educación a distancia, y los servicios de teleconferencias. Esto son el futuro para ofrecerle educación de calidad a millones de jóvenes, particularmente los que viven en las regiones rezagadas. Las inversiones necesarias para interconectar el país son impostergables ante esta nueva realidad. Hong Kong es un interesante experimento, como lo ha sido Nueva Orleans desde el huracán Katrina.

La encantadora ciudad del Mardi Gras tenía uno de los peores sistemas educativos de los Estados Unidos. Y una de las cosas buenas que dejó el huracán Katrina fue la transformación del sistema educativo público. El desplazamiento generado por el desastre natural dejó sin jóvenes a las escuelas públicas por unos años. El sindicato politizado, mediocre y anquilosado perdió poder e influencia lo que abrió la puerta a diferentes tipos de oferta educativa de calidad.

La clave son los profesores y los medios con los que cuenten porque esta crisis genera la oportunidad para acelerar la oferta de cursos y pedagogía virtual. Que los mejores profesores, su material de clase, sus técnicas pedagógicas sirvan de acceso masivo en todo el país podría ser un primer paso en la urgente reforma del sistema educativo público.

Y probablemente lo más importante de esta crisis es sacarnos de esta vacía materialidad para volver sobre nuestra verdadera y frágil humanidad. Las virtudes, los principios, la empatía, la confianza y la solidaridad son lo verdaderamente importante, no los niveles de riqueza, no los resultados financieros del último trimestre. Los mercados y su adrenalina nos han hecho ciegos a la vulnerabilidad y sufrimiento de las mayorías débiles. De cómo ellas se comporten depende el número total de personas contagiadas por el virus y sus elevadas tasas de mortalidad.

Cómo entendamos la solidaridad con los más necesitados y cómo aliviemos las necesidades de todos los que se van a ver perjudicados por el colapso de la económica global y de la logística de sus líneas de suministros serán determinantes de cómo estas personas vulnerables van a soportar el aislamiento obligado y lograr un óptimo distanciamiento social. Para los afortunados que tenemos las neveras llenas, quedarnos en casa puede ser trivial. Para la mayoría estamos hablando de una crisis que los deja al borde de la quiebra en el mejor de los casos. Nos toca a todos rescatar nuestra humanidad.

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