Opinión

  • | 2019/06/10 00:01

    Odio y educación

    La filósofa alemana Carolin Emcke sostiene que: “En un espacio público cada vez más polarizado, se impone una línea de pensamiento que solo permite dudar de las opiniones ajenas, nunca de las propias”.

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En su extraordinario libro Contra el Odio, Emcke toma posición sobre cómo los que pueden estar arriba o debajo de la pirámide social, son los que permiten y sustentan el odio hacia el otro. Cuando odiamos, de alguna manera producimos un sentimiento que se descarga contra el otro, hacer que se sienta mal y hasta lograr, de manera intencionada, que sufra. El odio es irreflexivo, se nutre de pensamientos donde no hay dudas, donde no se cuestiona y no se razona: “si dudaran no podrían estar tan furiosos; odiar requiere una certeza absoluta” dice la autora.

El odio se construye, solo necesita un lenguaje y una persona o un grupo de personas para mentir, engañar o despreciar. Quien odia tiene la necesidad de fortalecer pensamientos o visiones de la vida en términos absolutos, de desarrollar convicciones donde no es posible permitir la tolerancia, el perdón o la humildad. El odio no permite la reflexión o el perdón, menos ponerse en los zapatos del otro, para congraciarse con él. El odio no requiere verdades, ni demostraciones de ninguna índole. A través del odio se exacerban pasiones y ello explica el porqué se actúa más sobre el engaño y la mentira; por eso quienes odian justifican hasta lograr que parezca normal afectar la dignidad y la vida del ser humano. La historia de la humanidad tiene ejemplos aterradores sobre cómo a nombre de verdades absolutas se maltrató, se humilló y hasta se mató.

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El odio humano en masa, el odio político, puede justificar la acción violenta contra el otro y dar el paso necesario para justificar la humillación, el maltrato físico y hasta la discriminación humana, que normalmente terminan afectando a los más débiles o a los más indefensos.  

El odio en términos políticos busca dividir, para nada le interesa la verdad, menos los consensos, el fortalecimiento de la democracia y los propósitos comunes de sociedad. El objeto de quienes estimulan el odio desde la política y el poder es cultivar su desarrollo día tras día, acá no hay centro ni tibios, ellos saben que detrás de su accionar político se esconde el propósito de crear fanáticos o enemigos. Quien odia está obligado a usar un lenguaje directo, a veces brutal, con señalamientos. En lo político se prepara la comunicación con violencia y sinrazones. Trump es un buen ejemplo, la sanción, la amenaza y la dureza de su léxico, son su éxito político; las redes sociales ayudan a cumplir su descarga de emociones vanas que unos compran y otros atacan. Las redes permiten planear piezas comunicativas desde donde se direccionan juicios prefijados: “cuidado viene el chavismo”; “necesitamos un muro en la frontera con México porque ahí entran los malandros latinos”; “a los pobres no hay que regalarles nada porque se malacostumbran” y “la fuerza, la autoridad y el castigo son la ley”.

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El problema es que el odio se fomenta a partir de conocer bien las pasiones humanas y sus debilidades. En cambio, no odiar parece más complejo, se requiere el uso de la razón y de un pensamiento crítico que privilegie la verdad y los valores colectivos. Más educación y formación para buscar la verdad, controlar lo emocional y reflexionar con sentido humano, contra las verdades absolutas que unos y otros venden. El mejor antídoto al odio es el camino del conocimiento, encontrar respuestas a la duda y la búsqueda de la verdad; cuando se razona no cabe el fanatismo ideológico o la verdad del poder.

Por último, en una sociedad donde la mentira y el odio pululan pienso en las dificultades de los maestros, en su trabajo diario en el aula con 30 o 40 adolescentes o jóvenes, difícil enseñar a respetar al otro, a tener fe, esperanza y amor por la condición humana. Sin embargo, reconozco que existen docentes que logran pensar de manera pedagógica en función de sus estudiantes y del entorno en que ellos conviven, sin dejarse amedrentar por los líderes o la política del odio. Son docentes que entienden que su trabajo con los estudiantes es especial, que requieren unos criterios morales superiores para valorar las acciones de quienes odian y engañan, ellos luchan por formar buenos seres humanos. Gracias a estos maestros aún en las escuelas priman los principios morales de solidaridad, respeto, equidad y amor, pero sobre todo parece volver a la escuela el pensamiento crítico, como una forma de no dejarse llevar por la ola de la destrucción y el engaño, que es lo que produce el odio humano.  La sociedad requiere crear zonas protegidas donde no se incuben el odio y otras pasiones mezquinas a la vida humana, algunos pensamos que la escuela y sus maestros siguen siendo un gran acontecimiento para la vida humana en convivencia y sin odio.

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