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Opinión

  • | 2019/11/28 00:01

    Nuestra inmarcesible incapacidad para confrontar

    “El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo” – José Martí

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Malcolm Gladwell le dedicó un capítulo entero de su libro Outliers a lo que él denominó “cultura de cabina”. Explica cómo, el accidente del vuelo de Avianca No 52 en Long Island en 1990 que ocasionó 73 muertes, se debió fundamentalmente a errores humanos que pudieron ser evitados y que están íntimamente ligados a nuestra forma de ser. 

Cuenta Gladwell que al igual que como ocurre en culturas como la koreana (también se les cayó un avión por lo mismo), el temor frente a las estructuras de poder, lo que aquí llamamos “temor reverencial” tan arraigado desde la colonia (lo que sumercé mande), genera inmovilidad, lleva a la impotencia, coarta la creatividad, pero sobre todo delega todo hacia arriba inhibiendo nuestra capacidad para el aporte y la crítica constructiva, incluso ante evidencia de peligro grave inminente como con el avión de avianca.

Tiene además a mi juicio, un efecto adicional no ponderado pero con efectos mayúsculos, y es que acumula niveles enormes de resentimiento. Esto, que muy frecuentemente nutre nuestra, esa sí, muy exacerbada habilidad para el chisme y la calumnia, eleva el odio a niveles de estallido social y de violencia, como lo estamos evidenciando actualmente.

No voy a demeritar nuestra problemática social, que es sin duda alguna crítica, ni tampoco a defender lo indefendible: un presidente sin experiencia como líder, que ha dado muestras desde el inicio de su mandato de su incapacidad para generar empatía con los problemas reales y muy profundos de nuestra sociedad. Esto se le salió de madre y se gastó en... la verdad no sé en qué, el capital político con el que llegó a palacio.

Pero para no meterme en las honduras de la política, es palpable también que parte importante de nuestra problemática como sociedad, es que no hemos encontrado en nuestra personalidad colectiva, catalizadores que nos permitan ventilar de frente, con carácter, y sin temor a la autoridad reinante, argumentos que, en lo privado, pero también en lo público, son críticos para la construcción y el diálogo social.

La estructura organizacional corporativa colombiana está calcada de nuestro modelo como sociedad: jerarquías de poder marcadas, elitistas y excluyentes que dejan poco espacio al ascenso social; un ejercicio del poder a través de la autoridad porque: “La autoridad se respeta”; una defensa a ultranza de valores arraigados en el pasado que no consultan los de las nuevas generaciones y un modelo de defensa del statu quo bajo el ejercicio del miedo y la amenaza como arma que inhabilita cualquier esquema de diálogo propositivo, y que deviene frecuentemente en una protesta hostil y desesperada de los excluidos.

En el ámbito de lo privado, este movimiento de “rebeldía corporativa” es evidente. Calcado de culturas foráneas, muchas de ellas maduras en su capacidad para disentir de frente sin que la divergencia intelectual se tome como una afrenta personal, hemos venido madurando esquemas de transición de culturas corporativas arcaicas, hacia unas en donde como lo sugiere Bryce Hoffman en su libro Read Teaming (se los super recomiendo), la contradicción no es una opción, sino que se convierte en obligatoria para encontrar soluciones colectivas sensatas.

Estos modelos empiezan a ser copiados en Colombia y, de la mano de jóvenes inquietos y preparados (los mismos que salen a protestar con cacerolas), el país corporativo se ha dado cuenta que ese modelo autoritario, lento a la hora de hacer los análisis, y timorato a la hora de hacer las reformas y asumir riesgos de disrupción, esta mandado a recoger y tiene que ser cambiado por estructuras planas, ágiles, dinámicas, que se atreven incluso a equivocarse, pero que corrigen con agilidad siempre en pro del bien colectivo.

En lo público no pasa lo mismo. Copiar modelos democráticos ágiles, inclusivos y sintonizados con el cliente final (el ciudadano para el que se gobierna) es, o al menos ha sido, una utopía. Los hay pocos, también es cierto, pero esto no justifica el que como sociedad no modelemos cambios que estén en sintonía con las soluciones que demanda la mayor parte de la población.

A Colombia la distrajo por décadas la guerra. Fueron dos generaciones para las que sobrevivir era suficiente y “vencer” al enemigo su prioridad. Pero cuando una vez retirado el humo del campo de batalla se firma un armisticio, la sociedad como todas aquellas que han vivido la posguerra, necesita inversión social y creatividad colectiva que ponga a todo un país a pensar en un futuro que, por mejor, se convierte en la medicina lógica para sanar los horrores del pasado.

Nuestro modelo sigue anclado en el pasado. Caudillos que distraen a la población con mentiras, falsas promesas y baratijas. Esta nueva generación es informada y soñadora, pero sobre todo rebelde. Es una generación que ya no traga entero, ya no baja la cabeza y no está dispuesta a someterse a modelos autoritarios que todavía se nutren del pasado.

Esta generación, y así debe ser si se quieren cambios reales, ya no come del discurso: demanda acción. Es una generación inmediatista que no va a tolerar que se le distraiga con paños de agua tibia. Quieren ser protagonistas; necesitamos que sean protagonistas, y por el bien del país espero no les castren su capacidad de lucha y su ánimo de cambio.

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