Opinión

  • | 2018/05/27 00:01

    Novela corta de ficción corporativa

    Una lección de liderazgo, la historia de José.

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José llegó a su oficina muy puntual el viernes pasado. Tenía una reunión de esas en donde se supone que nadie sabe, pero todos saben. Como era viernes, llegó en jeans, zapatos de amarrar, camisa blanca y saco gris.

Todos se veían cansados, pero al final contentos porque ese día pagaban, así que las deudas del banco ya tenían de donde jalar. Se sentó en la esquina que le gustaba porque el jefe lo notaba menos y así la presión era menor, no había preguntas incómodas ni chistes flojos sobre la última actividad de equipos en donde él no fue capaz de trepar la cuerda más alta en Villa de Leyva.

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El jefe apareció. Diez minutos tarde con cara de acontecimiento y un café en la mano de Starbucks que decía en letra grande “sonríe hoy”.

Tenía la camisa de situaciones especiales. Una que parecía más la tela de una colchoneta de paseo que una camisa fina. Se sentó y anunció que por cambio en la estructura debían hacer recortes y que debían tratar de encontrar cuál podía ser la mejor forma de hacerlo.

En ese momento José solo pensó en sus dos hijas. Acababan de entrar al colegio. Pensó que debió haber aceptado el cargo que un headhunter le había ofrecido hacía poco.

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El jefe dijo que así eran las empresas y que igual los paquetes de salida iban a ser muy buenos. José no quería preguntar. Nunca fue considerado un empleado altamente potencial porque básicamente a ese grupo solo entraban algunos, muy pocos, los amigos del CEO y nadie más. Y José era de esos seres especiales pero ocultos, puro amor y disciplina pero nada de lambonerías ni caras de asentimiento cuando el jefe decía pendejadas.

Así que José decidió bajar la cabeza y callarse pensando que en silencio y devoción, tal vez podría salvaguardar el puestico que tanto necesitaba para pagar de una vez la universidad de sus hijas.

También estaba un personaje muy bien portado corporativamente. Bien vestido, sonriente, con muchos dientes blancos y barba en estado de perfección. Samuel. Digno nombre bíblico y visionario. Cuando el jefe dijo si había alguna pregunta, el querido Samy solo dijo que debían pensar en preservar el talento por encima de todo y que por supuesto los de alto potencial eran prioridad. A lo que el jefe dijo: "claro Samy, aquí lo importante es que queden los mejores". Como imaginarán, Samy era el primero de la lista de talento potencial y el jefe, pues era el jefe.

También hizo cara de acontecimiento y chupó con cuidado su botilito de hojas varias de hierbabuena y frutos rojos que traía de su casa para no gastar vasitos desechables. El jefe le preguntó a Carolina qué opinaba de este cambio. Ella era muy buena, siempre había resaltado por sus resultados y tenía unos criterios bastante elaborados. Carolina era bastante irreverente por un defecto de nacimiento, así que no medía muy bien las consecuencias de sus declaraciones.

Carolina con cola de caballo, jeans, botas y camiseta blanca, solo preguntó cuál era la visión para hacer este cambio, qué implicaba en disminución de costos, cuál iba a ser el criterio para definir el recorte y si empezaban por analizar mejor cargos o perfiles porque al final los jefes son los más caros.

El gran jefe solo tomó un sorbo de café. José decidió pintar en el cuaderno, Samy chupó el botilito como si fuera un biberón y su ataque de tos rompió el silencio incómodo.

Realmente el CEO iba a decidir de manera arbitraria o mejor subjetiva. La discusión no se iba a abrir, no había mucho que opinar.

Días después despidieron a Carolina, por conflictiva y negativa. Samy, que realmente no era tan bueno, se quedó con el salario más alto de los ejecutivos, el jefe tuvo con qué comprar otras camisas y José… al bueno de José le ofrecieron otro cargo pero en Africa, así que tuvo que renunciar y salir con el paquete de restructuración.

Tal vez esta historia sea de una ficción infinita. Pero tiendo a insistir en que el mundo corporativo no es perfecto y que debemos entenderlo más desde la humanística. Los ideales de José, de Cata, de Samy y del CEO son igual de válidos. Así que en un proceso de recorte hay que tener empatía, cierto sentimiento de amor por el otro. Un líder tiene una responsabilidad inmensa… si puede tocar vidas, debe hacerlo con la mayor sabiduría y corazón posible. Una organización siempre va a buscar resultados, pero no podemos olvidar jamás que su principal palanca es la gente. La ley de la correspondencia de nuevo aparece.

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