Opinión

  • | 2018/07/12 00:01

    ¿Nos educan para hacer dinero?

    "Gracias a mi trabajo, tengo la oportunidad de conocer a diario a muchas personas en diferentes partes del país. Al hablar con ellos, llego casi siempre a la misma conclusión: una gran mayoría sigue pensando en un modelo de desarrollo profesional en donde el objetivo es única y exclusivamente hacer dinero".

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Hace unas semanas tuve una reunión familiar en donde estaba un joven de  26 años. Estudió en una facultad de negocios de una reputada universidad capitalina. Me presenté ante los demás invitados y me excusé por tener las botas embarradas y pantalones de campo, pues la ocasión ameritaba vestir un traje formal. El joven me preguntó: “¿De dónde vienes?”, y pensé que si sacaba mi celular y le mostraba un par de imágenes podría no solo responder la pregunta, sino también romper el hielo y dar inicio a una conversación interesante. Así lo hice y le mostré unas fotos que había tomado horas antes desde un helicóptero y que reflejaban una cantidad de potreros y vacas, de plantaciones de caucho y palma africana en medio de la selva amazónica.

Al verlas me respondió: “¿Pero qué hay de malo en ello? No es bueno acaso desarrollar esas actividades productivas en las regiones?”. Al escucharlo, me embargó una tristeza y frustración y de inmediato me pregunté: “¿Acaso no nota que su concepto de desarrollo es equivalente a deforestación y pérdida de biodiversidad?” Hice una pausa y posteriormente logramos tener una cordial conversación sobre desarrollo sostenible.

La nueva educación que necesitan los líderes empresariales

Gracias a mi trabajo, tengo la oportunidad de conocer a diario a muchas personas en diferentes partes del país. Al hablar con ellos, llego casi siempre a la misma conclusión: una gran mayoría sigue pensando en un modelo de desarrollo profesional en donde el objetivo es única y exclusivamente hacer dinero.

Esto desvirtúa lo que escucho en discusiones desde hace años por parte de unos pocos profesionales (temas como valor compartido, o la responsabilidad social). Se trata de discusiones en donde nos seguimos encontrando los mismos expertos una y otra vez y en los mismos sitios. Pero que en últimas, siguen siendo rótulos que tan solo reflejan pañitos de agua tibia que no se traducen en cambios estructurales en pro del medio ambiente o de las comunidades. Si fuese así, no tendría conversaciones como la que tuve no solo con aquel joven y con cientos de jóvenes, profesionales, emprendedores y gerentes que conozco mes a mes.

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Esta reflexión no es una puya para las empresas y sus modelos de gestión. Ellas, y las personas que en ellas trabajan, son el resultado de un modelo de educación que es muy minimalista aún. Tampoco es una puya para las universidades, es más bien, una invitación (nuevamente) a re-pensarse para que entre todos, logremos formar líderes que ejerzan acciones de preparación para un futuro que será cada vez más caliente debido al cambio climático.

Diferenciar entre lo tradicional, lo importante y lo urgente

Muchos profesionales que se suman al mercado laboral persiguen sus sueños y conservan un imaginario de éxito relacionado con la formación de un patrimonio. Ello no está mal, pues conservar el medio ambiente o generar un acto de servicio social, no debe competir con la meta de generar valor económico para sí mismo y para la sociedad. No obstante, esa manera de pensar es tradicional. A mi por ejemplo, nunca me enseñaron en la universidad cuál era la razón de ser de las finanzas en términos de protección de los recursos naturales o de promover la equidad entre las denominadas “clases sociales”. Hoy en día es diferente puesto que hay cosas más importantes y determinantes para la vida y que a la vez, resultan ser urgentes. Me explico con las siguientes preguntas:

  • ¿Cómo logramos que el quehacer de todas las profesiones universitarias contribuyan a preservar nuestros ecosistemas?
  • ¿Qué papel está haciendo la marca en la que trabajo o represento, para salvaguardar y proteger el entorno en el que ella opera?, ¿Mi trabajo (sea el que sea) contribuye para lograrlo?

Una educación profesional que nos haga pensar de manera compleja y sistémica

Algo que nos enseñan a aquellos que nos involucramos académica y profesionalmente con la sostenibilidad (por gusto y de manera voluntaria), es que todo está interconectado y que todo, absolutamente todo, genera algún tipo de impacto en nuestro entorno. Hoy en día, en donde la crisis ambiental es tan aguda, pero nos negamos a entenderla como tal, porque hay prioridades de turno y mil distractores, el quehacer profesional de cualquier persona debería hacer una pausa y preguntarse si lo que hace genera algún impacto ambiental o social positivo (o mejor aún: qué puede hacer mejor para ir más allá de la norma o la legislación ambiental o social de turno). Entender el todo como un sistema complejo es un reto, un arte de estrategia al cual le dedicaré algunas líneas en un próximo artículo.

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Líderes educadores y empresariales: Algunas cosas importantes

A continuación les comparto algunos datos a manera de invitación para que abramos los ojos, para que la educación y el día a día en el mercado laboral, logren re-pensar el quehacer profesional para un futuro mejor. En otras palabras, la conservación de nuestro medio ambiente demanda dinero, tecnologías, políticas públicas, pero también demanda de personas conscientes en todas las profesiones y artes:

  • Colombia ha perdido más de 6,5 millones de hectáreas de bosques en los últimos 25 años. Entre noviembre 2017 y marzo de 2018 se registraron cerca de 32 mil puntos de quema en nuestra región amazónica, la gran mayoría para incurrir en prácticas de deforestación. ¿Qué responsabilidad tiene usted desde Bogotá, Cali o Barranquilla ante este reto?
  • En 1850 teníamos 15 glaciares en Colombia, 8 de ellos ya se extinguieron a la fecha de hoy, y para los que quedan (ejemplo: Nevado del Ruiz), se ha perdido el 88,3% de su capa glaciar en promedio.
  • La temperatura de Colombia es de 22 ºC hoy en día, para el año 2040 será 0,9 ºC superior. Esto significaría que muchas ciudades sean mucho más calientes (modelos climáticos dicen que Bogotá llegaría a los 30ºC) y hayan precipitaciones más severas como las ocurridas en el año 2010.

Conservar nuestro entorno es cuestión de todos: empresarios, consumidores, profesionales, políticos y educadores: ¡No es solo cuento de los biólogos y los ecólogos! Repensemos nuestra educación para un mundo laboral diferente y con retos ambientales.

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