Opinión

  • | 2018/01/14 00:01

    Mi querido Enrique

    Solo tratemos de hacer una Bogotá de verdad mejor para todos… y todas.

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Muchos de los que leen esta columna (ojalá Peñalosa alguna vez) no saben lo que es andar en las calles de Bogotá y tratar de ser lo que llaman los políticos “un ciudadano de a pie”. Quiero hacer una narración de lo que uno puede encontrarse en una ciudad como Bogotá cuando sale a tratar de vivir la vida más allá de un buen carro en un trancón sin misericordia.

La mañana es hermosa, soleada con algo de bruma pero se ven esas montañas de Bogotá a lo lejos que enamoran y que tienen un verde que solo lo puede dar una ciudad enmarcada en una altiplanicie a 2600 metros de altura.

Voy temprano al gimnasio y escucho comentarios que me hacen sentir en un país europeo. Ejecutivos y pensionados madrugadores viven en este sitio alejados de lo que realmente pasa en la ciudad. Criptomonedas, odios por Uribe y por Santos, por Fajardo y por Timochenko…me pongo mis audífonos y las canciones más escuchadas en Colombia son reggaetones que repiten frases celebres y profundas para que se lo arrimen más, le gusten mayores, o compartan cama entre cuatro. Prefiero irme a una lista de música “animal” donde solo se entrena y no se hacen estos poemas a la falta de gusto.

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Termino mi rutina y me alisto para enfrentar el mundo. Tengo un par de reuniones y no soy buena con los tacones así que prefiero usar botas con un tacón decente para poder caminar. Voy a un café a encontrarme con un posible socio de negocios. Esto es algo que disfruto mucho, asi que camino un poco pero casi me caigo tres veces porque los andenes no tienen un sentido lógico en la ciudad. Hay huecos, desniveles y todo tipo de obstáculos que me hacen sentir orgullosa de mis botas.

Antes de llegar al café, un indigente que parece drogado me intimida y me sigue. Trato de usar la estrategia de no asustarme para que me deje en paz y finalmente después de un rato (corto gracias a Dios) me dice “monita lleva la maleta abierta es mejor que la cierre” comentario que agradezco y me sorprende.

Sigo mi camino y llego a mi café donde siempre me escriben cosas bonitas en el vaso. Confieso que eso me saca otra sonrisa. Busco en mi billetera cómo pagar mi capuccino y al lado un señor bien vestido, de baja estatura y promedio hace una pregunta que me parece estúpida, “¿Este jugo de qué es?” le dice a la cajera, mientras yo omito el comentario que me distrae por lo obvio. Mientras tanto  una señora que puede ser abuela y que jamás vi, mete su mano en mi chaqueta y me roba el celular. Cuando me doy cuenta 15 segundos después ya no hay nada que hacer.

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La sensación de vulnerabilidad e impotencia es fatal.  Viene la policía y muy amablemente me dice que vaya a Paloquemao a hacer el denuncio, que hay video y que seguro ellos roban seguido por aquí.

Mi celular es mi herramienta de trabajo más importante así que voy a comprar inmediatamente uno, para mi gusto es mejor iPhone ya que siempre he usado este. Pero claro, donde tengo mi plan no hay iPhone 5 ni 6, ni siquiera 7. Solo 8, así que la vuelta me sale bien cara y mi cara de depresión continúa.

Tratando de adaptarme, voy a una cita médica que tengo en uno de las clínicas más bonitas y prestantes. Odio los ascensores así que subo por las escaleras. Pero nuevamente, un tipo con alguna tensión Freudiana decide decirme cosas horrible y subir la mirada para verme ya que voy en falda. Entonces pienso: ni tacones, ni falda, ni celular, ni carro, ni café…. ¿Qué se puede en esta ciudad?

Querido Enrique, he sido gerente por muchos años, por eso sé y entiendo los resultados de una mala administración heredada y la complejidad de manejar equipos. También sé que la culpa no es enteramente suya. Seguramente la ciudad ha mejorado, pero es increíble que el sentimiento de vulnerabilidad esté permanentemente en los ciudadanos. Los trancones no ceden, los huecos no perdonan, la delincuencia es fatal y cada vez hay más gente loca, que seguro vulnera a las mujeres por una razón sencilla: los hombres tienen más fuerza.

Sigo viendo la mañana soleada. Sigo pensando que las montañas de Bogotá son un milagro para los ojos, que la gente que vende arepas, aromáticas y café en las calles sonríen de manera genuina. Solo tratemos de hacer una Bogotá de verdad mejor para todos… y todas.

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