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Opinión

  • | 2020/06/04 07:04

    Cannabis medicinal: ¿el oro verde que necesitamos en crisis?

    Muchas voces se han escuchado por estos días proponiendo mejorar las condiciones regulatorias y políticas para la industria de producción de cannabis medicinal, con el fin de mitigar el gran impacto económico del coronavirus a en Colombia | Marihuana | Cannabis

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Algunos, incluso, han equiparado su potencial importancia económica con la industria del petróleo y sus derivados. De hecho, muchos proyectan al país como proveedor global líder de medicamentos a base de marihuana.

Hablamos de una industria que reúne condiciones claves para tener éxito en Colombia, pues nuestro país ofrece ventajas climáticas que permiten cultivar la hierba con 12 horas de sol y 12 de oscuridad, en ausencia de estaciones y con permanente temperatura tropical. Esto permitiría crear un mejor producto que el de los países del cono sur de nuestro continente, por ejemplo. Adicionalmente, la mano de obra agrícola que se requiere es la más barata de nuestro hemisferio. Y, finalmente, Colombia ofrece una ubicación privilegiada para exportar el producto. Nada de esto encuentran los inversionistas en un país como Uruguay, que, pese a su marco regulatorio favorable para el cannabis medicinal, ha sido progresivamente desplazado por Colombia.

Adicionalmente, desde el 2016, Colombia tiene una ley marco para la regulación de las actividades de producción y comercialización del cannabis para fines medicinales y científicos. Y, desde entonces, el Estado cuenta con facultades para otorgar licencias a empresas de cannabis medicinal. En general, se puede decir que tenemos una regulación avanzada para un mercado emergente como el colombiano, lo cual atrajo el interés de grandes corporaciones globales que, en los últimos 4 años, han estado llegando al país.

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Así, el mercado colombiano hoy cuenta con más de 700 licencias otorgadas, tanto para el cannabis psicoactivo como no psicoactivo, con empresas instaladas en Colombia, con miles de hectáreas en proceso de cultivo y miles de nuevos empleos directos e indirectos. Es evidente, entonces, el interés empresarial de producir desde nuestro país cannabis medicinal. Sin embargo, la historia de la industria de cannabis medicinal no es precisamente una panacea como parece. Hay dos grandes problemas que la amenazan en nuestro país: la eficiencia regulatoria y la estigmatización.

La primera amenaza hace referencia a los procesos técnicos y regulatorios que debe enfrentar este negocio, no solamente para lograr cultivar la hierba, sino para poner en el mercado internacional el producto final, que es el principal interés de los inversionistas.  Estamos hablando de exportar resinas, aceites, extraídos y preparados obtenidos a partir del cannabis no psicoactivo, principalmente, que son materias primas para la elaboración de productos farmacéuticos, suplementos dietarios, fitosanitarios y cosméticos. Porque expedida la licencia, y cultivado el cannabis, el empresario se debe enfrentar a largos y complejos permisos de exportación que le impiden colocar el producto final antes que otros productores internacionales. Es decir: la burocracia merma la competitividad.

No hago solamente referencia a los Ministerios de Justicia, Salud y Agricultura, que son los principales entes político-reguladores de la industria, sino también al Invima y al Fondo Nacional de Estupefacientes, que exigen engorrosos y largos trámites que se convirtieron en verdaderos cuellos de botella, tanto para la producción no psicoactiva (la de mayor volumen en Colombia) como para la psicoactiva. Es entendible que la naturaleza del producto inste al Estado a ejercer mayor control sobre este tipo de cultivo y producción, pero no al punto de poner a Colombia en un nivel inferior de competitividad versus otros mercados con condiciones menos favorables para el cultivo del producto.

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Por otra parte, la industria enfrenta la obvia estigmatización que la acompaña desde su nacimiento, pero que, puesta a escala institucional y sectorial, ¡termina trabándola!

Me refiero concretamente al desinterés del sector financiero, y particularmente de los bancos, que se niegan a apalancar mediante créditos esta importante industria. Pero también a las aerolíneas y a las empresas de transporte, que no quieren trasladar marihuana. Y para rematar, las empresas de seguros también se niegan a venderles pólizas. Todos enceguecidos por el estigma que acompaña a la industria de cannabis medicinal, pese a que el Estado ha dado claras señales de modernización de las políticas públicas que se requieren para su desarrollo.

Sin el respaldo de estos importantes sectores económicos y sin entidades regulatorias y técnicas más comprometidas con procedimientos simples y rápidos, el producto final llega tarde a los mercados internacionales, llega más caro y llega sin la calidad esperada. Así las cosas, la panacea se podría volver una cefalea para los empresarios, el Estado y la sociedad. Y los ingresos frescos que las arcas estatales podrían recibir por una industria productiva y próspera podrían hacernos concluir que el oro verde es una ficción en el caso colombiano. ¡Ojalá que no!

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