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Opinión

  • | 2018/11/05 00:01

    Las marcas de lujo también se abastecen de la explotación laboral

    Mucho se ha leído sobre la explotación laboral que enfrentan millones de personas por cuenta de varias marcas de lujo famosas. Su obsesión por abaratar costos e incrementar sus márgenes de ganancia ha contribuido a fortalecer las deplorables ofertas de trabajo no reguladas como parte de su cadena de suministro.

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India, Bangladesh y China. Algunos de los países icónicos y altamente reconocidos por su fama de realizar diversos trabajos a un muy bajo precio. Aspecto que se traduce en un mayor margen de rentabilidad para las empresas, porque no tienen la necesidad de invertir mucho dinero en la remuneración de sus trabajadores para obtener los productos que ponen a disposición de sus clientes.

Esta constante búsqueda de las empresas por encontrar un bajo precio desde sus proveedores es algo que sonaría muy común en el mundo empresarial. Sin embargo, hay empresas que lo llevan a un punto de quiebre en el que se juega con el bienestar de las personas. Un paraje en donde el fin justifica los medios, sin importar el daño que se cause a las personas que realizan el esfuerzo sin la remuneración acorde.

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Lo más sorprendente de todo esto resulta ser que los escándalos circulan alrededor de las marcas de lujo. Varias de las marcas más costosas en el mercado, en donde las ganancias anuales superan fácilmente US$5.000 millones gracias a los exclusivos y sumamente costosos productos que ponen a disposición de clientes con alto poder adquisitivo.

En efecto, solo una pequeña parte de la población puede acceder a ellos. El problema es que se está viendo comprometida su promesa implícita de lujo, en donde el valor de un producto está dado por su realización en las mejores condiciones y por trabajadores altamente capacitados y muy bien remunerados por el talento con el que desempeñan su labor. Un supuesto que parecería lógico gracias a los altos volúmenes de ganancias que registran año tras año.

Infortunadamente, eso solo es un supuesto. Un extenso y detallado reporte de The New York Times de este año puso en jaque a varias de las empresas más lujosas del mundo, en donde las empresas de confección de textiles fueron las más comprometidas y criticadas.

Allí se incluyeron marcas altamente reconocidas como Louis Vuitton, MaxMara o Fendi, en donde la primera de ellas fue declarada como la más rentable a inicios de este año. No obstante, estas y otras empresas se las han ingeniado para encontrar trabajadores, sin salir de sus fronteras, que se conforman con una baja remuneración.

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En Italia, por ejemplo, las confecciones de lujosas prendas de vestir se han convertido en un trabajo desde casa. Un abrigo que está saliendo al mercado en unos 1.000 o 2.000 euros, tiene un costo de producción inferior a 30 euros. Algunos trabajadores informales afirman que solo les remuneran 1 euro por metro de tela finalizado y que el promedio de tiempo para completar un producto varía entre 10 y 50 horas. Justo así inicia la cadena de suministro de muchas marcas de lujo.

Los casos se dan hasta en Francia, reconocida por ser uno de los países baluartes de la moda a nivel mundial. Allí, esta industria es la segunda industria más rentable, justo después de la automotriz. Se sabe que en Francia, decir que se trabaja en el mundo de la moda es algo sumamente importante y de prestigio, tanto así que muchas empresas en París no pagan a sus trabajadores una remuneración económica, sino con cupones para comprar ropa en la misma tienda, estadías en hoteles o hasta vuelos en primera clase para asistir a sesiones de moda. Como si trabajar en el sector sirviera más de validación social, que como un sustento económico.

Se sabe que la presión a la que se someten muchas empresas de moda por temas como la globalización, la ardua competencia y la entrada en juego de las tendencias de poca duración (fashion fast) les obliga a encontrar métodos más efectivos y productivos para mantenerse en el mercado. Pero no es nada justificable que las grandes marcas de lujo se estén alimentando de salarios miserables.

Esto, especialmente en países en donde la industria de la moda es un motor de la economía. Los casos más emblemáticos son Francia e Italia, en donde en el primero la moda llega a representar un negocio que mueve 150.000 millones de euros anuales y emplea a más de 1 millón de personas. Por su parte, en Italia el sector manufacturero representa el 5% de su PIB y se estima que solo el sector de lujo empleó a medio millón de personas.

El problema es que no hay datos oficiales que cuantifiquen cuántos de ellos son empleados con contratos irregulares y varias marcas de lujo se lavan las manos afirmando que no tienen conocimiento de los términos de contratación (irregulares) que manejan sus proveedores.

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Los trabajos domésticos en los que se están convirtiendo varios trabajos de la industria textil incrementan los niveles de empleabilidad informal. Y lo que es más devastador es que la mayoría de este tipo de empleados resultan ser mujeres a quienes la subcontratación parece hacerlas invisibles; explotadas por marcas de lujo sin pizca de conciencia social, a pesar de la gran labor artesanal que realizan para rellenar las gigantescas ganancias netas de compañías que venden prestigio y clase social.

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