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Opinión

  • | 2020/07/14 06:22

    Mamerto neoliberal: el riesgo y el arte de etiquetar a los demás

    Es casi inevitable andar clasificando gente y cosas. Es el fruto de la cognición, pero es una advertencia sobre las consecuencias de nuestras debilidades sociales. Hagamos un esfuerzo por relativizar los juicios, por más difícil que parezca.

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El tema tiene efectos peligrosos, pero también lecciones importantes que pueden enriquecernos como personas. 

Piketty criollo, marxista, neoliberal, godo, corrupto, uribista, petrista, progre, y muchos más, se forjan como categorías que nos ahorran el esfuerzo de entender a los demás, y a qué precio. Este apenas es el capítulo político del “social labeling” o etiquetado social, que implica categorizar a personas, entre otros, desde los juicios de valor, muchas veces sin saberlo. Todos caemos en esto, algunos días más que otros, pero vale la pena entender lo que significa hacerlo.

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En el devenir político de Colombia y sus vecinos, la clasificación ha mutado en estigmatización y discriminación. Estas son herramientas de persuasión y poder. La misma Colonia era un sistema de categorización humana, en la raza, en los derechos, en las virtudes, los imaginarios y la riqueza. Si uno explora el origen de la palabra estigma, se encuentra con las ganas que tenía la Grecia antigua de etiquetar al criminal, al indeseable, al potencial enemigo.

De eso está llena Colombia, y no hay conciencia porque no hay tiempo para detenerse a pensar en lo que implica. Tampoco se valora la ciencia que lo explica. No es sexy; no da dinero; trae transparencia, y esta última conviene más como discurso y no como realidad.

Cuando vamos a comprar algo, lo asignamos a categorías, pero antes de sopesar la complejidad, usamos mecanismos automáticos o heurísticas para tomar decisiones. Cuando vamos a votar, pasa algo muy parecido. Las categorías reemplazan la posibilidad de entrar a pensar de manera compleja, desagradable y esforzada.

Pero justo ese pensamiento crítico es lo que le hace falta a esta sociedad económica y socialmente informal. Resulta más práctico y cerebralmente satisfactorio decirle cerdo capitalista o neoliberal a alguien antes de preguntarse por la vida de esa persona, sus influencias, su trabajo.

También es más efectivo decirle marxista a alguien antes de leerse Das Kapital, porque al final la categoría trae más dopamina que el beneficio de interesarse por los demás. Si se hiciera más el esfuerzo de entender la complejidad, esas categorías arrojadas sobre quienes hacen las cosas mal, serían mucho más creíbles y sólidas. Por ejemplo, la palabra “corrupto” en Colombia ha sido usada para juzgar mediáticamente a tantas personas, que al final lo único que logra es destruir reputaciones, pero no perseguir verdades.

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Los entes de control colombianos son toda una paradoja: pareciera que no tienen credibilidad, pero apenas ponen un trino “dando resultados contra la corrupción”, la opinión pública se desborda creyéndoles todo lo que dicen, y salen a multiplicar estigmas, como todos unos emprendedores de la disponibilidad, para usar el concepto de D. Kahneman.

La inteligencia social está en relativizar las cosas, en desprendernos del simplismo de la clasificación para ver las cosas en sus proporciones reales. Hay muchas historias en el mundo de la estigmatización. Una tiene que ver con las personas que padecen una enfermedad. ¿Recuerda cuando apedrearon una casa porque adentro había personas enfermas de coronavirus? En el informe del índice de estigma en personas que viven con VIH en Colombia, publicado hace casi 10 años, se mostró cómo la estigmatización de “estas personas” genera comportamientos de autoexclusión, incluyendo el abandono de la educación. Hay inclusive estudios sobre el impacto económico de quien se siente estigmatizado.

En un caso, se encontró que el ingreso medio, ajustado por productividad, era el 69% de quienes no dijeron sentirse así (Baldwin & Marcus, 2006). Aquí se podrían agregar los ríos de problemas y violencias que surgen del racismo y xenofobia, porque el problema no parece tener fin ni fronteras.

La ciencia tiene mucho que decir sobre esto. Clasificamos a los demás por “sistemas de significaciones” que le dan sentido a la realidad. En psicología se habla de atribuciones situacionales (creemos que algo se da por el contexto) o personales (creemos que algo se da porque así es la personalidad del otro).

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Como lo argumenta la psicóloga E.D. Hall, sobreestimamos el efecto de la personalidad y subestimamos el del contexto, cuando no conocemos a la gente. Al dejarnos llevar por el sesgo de “la personalidad”, se expande el potencial de conflictos. Si se entiende el contexto y no se generan culpas por doquier, se puede avanzar más.

El caso de los ventiladores en Bogotá, “que no servían”, es un ejemplo bochornoso de lanzar culpas (¡y estigmas!) con aprovechamiento político, en vez de trabajar con el Gobierno nacional para que se calibraran los equipos. ¿Pero por qué sorprenderse? Hay Gobiernos que se han hecho elegir a punta de estigmatización, y todos sabemos que el porqué, como el poema de Robert Frost, resulta siendo una cadena de deseos y ambiciones sin fin.

Por otro lado, la forma en que la emprendieron contra “los costeños” por el saqueo del camión de pescado también muestra lo cognitivamente satisfactorio que es generalizar identidades para sentirnos mejor. “¡Perezoso! (no como yo)”, es la mejor forma de tapar el sol con un dedo, lanzándole, como en los viejos tiempos medievales, una “máscara de la infamia o vergüenza” a quien queremos despreciar socialmente. Si le quitamos valor a alguien, creemos que nos lo subimos automáticamente a nosotros. Pero, quizá, ninguno esté ganando nada.

Cornelissen, Dewitte & Warlop (2007) hablan del uso del etiquetado social como una técnica de persuasión. Si lo clasifico a usted como X, le genero un comportamiento típico de esa categoría por entrar a manipular su autopercepción. Para ellos, el uso de etiquetas sociales nos provee de información propia, guiando la forma en que actuamos y tomamos decisiones. Por ejemplo, un experimento famoso en los años 70 mostró que, para mantener el salón limpio, era mejor decirle a un grupo de alumnos de primaria que eran personas limpias, en vez de pedirles que limpiaran.

En otro estudio, si se le decía a un donante que era muy generoso, se subía la probabilidad de que volviera a donar. Ese es el lado bonito de la historia, hasta que se empieza a usar el etiquetado social en contra de la misma sociedad, discriminando y consiguiendo réditos políticos.

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Mamerto y neoliberal son categorías que se seguirán usando. Corrupto también. Es imposible frenar las debilidades de la cognición todo el tiempo, aún más si el arte de la persuasión no ayuda. Pero pararse al menos a pensar por qué etiquetamos sirve como punto de partida por un voto más inteligente y menos amnésico.

Desconfíen de esos maestros de la clasificación, enamorados de meter en casillas a los demás para escudar sus propias inseguridades. Todos caemos en estas categorizaciones, pero quizá, ojalá, algunos queramos hacer el esfuerzo de entenderlas, antes de que nos contradigamos gritándole marxista neoliberal a alguien.

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