Opinión

  • | 2017/10/20 00:01

    Los ganadores fracasan hasta que ganan

    A diferencia de los perdedores, que abandonan cuando fracasan.

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Con la actitud adecuada, el fracaso se vuelve un gran maestro que interrumpe la rutina y da la oportunidad de explorar nuevas soluciones. Podemos ver nuestros errores como justificación de nuestras limitaciones o como oportunidades para crecer.

Algunas de las mejores lecciones de la vida son las más difíciles de entender y las que más exigen un cambio de actitud. Según Travis Bradberry, cuando no las aceptamos rápidamente, pueden costarnos grandes enseñanzas.

Cuando queremos lograr algo importante, el primer paso es el que provoca más miedo. Cuando nos atrevemos a movernos, la ansiedad se disipa. Las personas que se atreven a dar ese primer paso no son más fuertes que el resto. Simplemente han entendido que para obtener resultados hay que actuar. Saben que el dolor de empezar es inevitable y que la procrastinación sólo prolonga el sufrimiento. Una meta sin un plan es sólo un deseo.

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No hay ascensor hacia el éxito, hay que subir las escaleras, y eso lleva tiempo. Pensemos en Henry Ford, cuyos dos primeros negocios automotrices fracasaron antes de que consiguiera el éxito a los 45 años. Cuando finalmente alcanzamos la cumbre, nos damos cuenta de que no somos lo que logramos, sino todo lo que superamos.

Estar ocupado no es lo mismo que ser productivo. El éxito no viene del movimiento y la actividad, viene del enfoque, de asegurarnos de que el tiempo se está usando con eficiencia. Tenemos el mismo número de horas que los demás, así que usémoslas con sabiduría. Somos el producto de lo que generamos, no del esfuerzo.

Siempre tendremos menos control del que nos gustaría tener. Hay demasiadas circunstancias incontrolables en la vida. No obstante, podemos controlar cómo reaccionamos a las cosas que se escapan de nuestro control. La reacción es lo que transforma los errores en experiencias y asegura que las victorias no se suban a la cabeza. La inteligencia se demuestra, entre otras cosas, por la capacidad de incertidumbre que somos capaces de soportar. Y luego viene el desapego: no nos obsesionemos con el resultado, hagamos las cosas de manera excelente y dejemos el resultado en manos de lo desconocido.

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Somos tan buenos como las personas con las que nos asociamos. Debemos esforzarnos por rodearnos de personas que nos inspiren y nos hagan ser mejores. Cualquier persona que nos haga sentir insignificantes, ansiosos o poco inspirados nos hace perder el tiempo. La vida es demasiado corta para asociarnos con personas así. Si los potenciales socios no tienen la misma hambre que nosotros, fuera.

El rival más difícil está en la cabeza. La mayoría de nuestros problemas suceden porque amamos “viajar en el tiempo”: vamos al pasado sufriendo depresión para reprocharnos lo que hicimos, o vamos al futuro para sentir ansiedad por eventos que todavía no han sucedido. Cuando hacemos eso, perdemos de vista lo que sí podemos controlar: el presente.

El secreto de la atracción está en amarnos a nosotros mismos. Cuando la satisfacción deriva de la comparación con otras personas, no somos dueños de nuestro destino. Cuando nos sentimos bien por cosas que hemos hecho, no dejamos que las opiniones de otros nos afecten.

No todas las personas nos van a apoyar. De hecho, la mayoría no lo hará. Muchos individuos nos van a inundar con su negatividad, agresión pasiva o celos. No es posible contar con el apoyo de todas las personas de nuestra vida, y no podemos gastar tiempo y energía en tratar de ganárnoslo. Dar el peso justo a las opiniones de los demás nos libera para atender a las personas que sí nos quieren.

No existe la perfección. Los seres humanos somos falibles por naturaleza. Cuando la perfección es la meta, siempre nos quedaremos con un molesto sentimiento de fracaso. Terminamos usando el tiempo para lamentarnos por haber fallado, en lugar de seguir adelante emocionados por lo que ya hemos conseguido.

Finalmente, el miedo es la memoria del dolor. El miedo mata los sueños y nos roba la vida. Arriesguémonos. Todo lo que buscamos está al otro lado del miedo.

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