Opinión

  • | 2017/11/30 00:01

    ¿Los directivos necesitan ser políticos?

    Debemos desmitificar la política en las organizaciones. Más que algo deseable o indeseable es, ante todo, una realidad humana.

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La respuesta sin ambages es sí. Ambos, tanto el directivo como el político, tienen que lidiar con el poder, dado que sus cargos generan una relación de mando. Esto implica el acatamiento y obediencia de las personas hacia ellos por distintos motivos.

Lo más crucial en la política es la gobernabilidad, la cual consiste en la capacidad del gobernante de contar con la aceptación y legitimidad de su mando para que las decisiones se puedan tomar y las cosas se hagan. De igual modo, un directivo requiere de la confianza y la aceptación de su autoridad para llevar a cabo los objetivos de la organización.

¿Cómo convertirme en un mejor político-directivo?

Lo primero es entender que el mecanismo por excelencia para gobernar es el poder, que no es otra cosa que el logro del acatamiento. Cuando el directivo no lo consigue, se dice comúnmente que en esa organización la gente “hace lo que quiere”, dando a entender que es caótica.

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Pero, ¿cómo lograr el acatamiento de los empleados hacia los directivos?  Para responder hay dos caminos: el fácil y el difícil. En primer lugar, el camino fácil consiste en el ejercicio sin más del poder y la coacción que otorga la jerarquía en la empresa; lo que se conoce como el poder del jefe: se hace y punto.  En segundo lugar, el camino difícil tiene que ver con la consecución de la legitimidad de quien dirige y gracias a esta aceptación, quienes son dirigidos actúan por su propio convencimiento y convicción. En resumen, se trata de dos caminos: el poder y la autoridad.

El poder

A primera vista, dirigir desde el poder nos permite tener resultados en el corto plazo. Sin embargo, en el largo tiene como consecuencia que al obrar desde la coacción o el miedo, la persona pierde el interés, quedan heridas, se pierde la confianza y baja la moral del empleado con respecto a su propio trabajo.

La efectividad en el ejercicio del poder, es decir, el logro del acatamiento hacia el directivo es una tarea difícil porque involucra la libertad humana que, como se sabe, es impredecible y esta es el reflejo de la persona con sus pensamientos, sentimientos y aspiraciones. La dificultad radica en que el querer de la persona depende de ella misma. Como ejemplo bastaría decir lo que pensaba Cervantes ante sus enemigos: “Me obligarán a pasar la noche en la cárcel; pero a dormir en ella nadie puede obligarme”.

La autoridad

La autoridad está precedida por la legitimidad del directivo, es decir, la aceptación que todos tienen de él y el merecimiento de estar en la posición que ocupa. Para alcanzar la legitimidad, cuya tarea es ardua, el directivo debe ser un reflejo interno para los demás. Es decir, su integridad, normas internas de excelencia y liderazgo personal determinarán el acatamiento pleno de su autoridad.  ¿Y cuando reconocemos que un directivo ha logrado la autoridad? En el momento en el que se evidencia el elemento más “difícil y decisivo del poder: el llegar a ser innecesario para la consecución de resultados que, en un principio, tan solo pudieron ser alcanzados con la ayuda del poder” (Pérez López). Cuando un directivo tiene que recordar quién es el que manda, sin duda, está en problemas.

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La dirección desde la autoridad expande las potencialidades de la persona, aumenta el querer de ella hacia la misión de la empresa y, sobre todo, se compromete en su totalidad: cuerpo y alma.

¿Qué hacer para mejorar nuestra capacidad política?

Lo primero es reconocer que a gobernar (a dirigir) se aprende mediante la experiencia. Esto quiere decir que el acto de dirigir implica una observación muy detallada de cómo dirigimos, las decisiones que tomamos y, sobre todo, la manera como llevamos la relaciones verticales y horizontales. La clave está en convertir la rutina directiva en experiencia, lo cual se logra mediante el aprendizaje y la reflexión. En este sentido, el directivo debe hacerse el autoexamen diario en el que se pregunte: ¿Qué hice bien?, ¿qué hice mal?, ¿qué puedo mejorar?

En segundo lugar, toda acción y decisión del directivo es un mensaje para toda la organización. Recordemos que el directivo se comunica siempre y, en ocasiones, verbaliza.  Por tal motivo, su mayor reto es lograr la coherencia entre sus palabras y sus acciones. En este sentido, el imán del directivo es la integridad y la capacidad de demostrar con sus acciones y madurez la razón por la cual fue nombrado como número uno de la organización. En consecuencia, el liderazgo es algo que surge de dentro hacia fuera, lo cual significa que para gobernar a otros se requiere una fuerte preocupación por el enriquecimiento de la vida interior y de sus mensajes de integridad personal.

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En tercer lugar, un buen político debe aprender a leer muy bien a los demás: reconocer las motivaciones de las personas, sus intereses e incluso el lenguaje no verbal de las personas. En igual sentido, aprender a vivir las contradicciones de la vida en las organizaciones que necesariamente implica descubrir agendas ocultas, intrigas, luchas y celos. Por lo tanto, es necesario reconocer estas dinámicas como normales y convertirlas en objeto de gestión.

En conclusión, debemos desmitificar la política en las organizaciones. Más que algo deseable o indeseable es, ante todo, una realidad humana. Donde hay dos personas, hay política… porque hay mando y poder. El secreto es que los directivos deben aprender a reconocer la política y aprender a ser políticos sin sonrojarse y sin sentimientos de culpa porque, en última instancia, la finalidad de la política es el bien común.

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