Opinión

  • | 2018/04/16 00:01

    ¿Lo benigno de la corrupción?

    Entre 2012 y 2016 la Fiscalía recibió más de 64.000 denuncias por corrupción y solo se resolvieron menos del 2% de los casos. Y aunque esto ilustra una pequeña parte de la impunidad histórica en nuestro país, el consenso mundial que se tiene sobre las consecuencias perjudiciales de la corrupción ha sido puesto en tela de juicio y sometido a nuevas perspectivas de análisis que lo contradicen. ¿Será cierto?

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Sin lugar a dudas, la corrupción es una de nuestras peores maldiciones. Se ha calculado que Colombia pierde más de $50 billones al año por actos de corrupción, en donde los casos más notorios han sido vinculados al sector público. Lo preocupante es que en la medida en que descubrimos más y más casos, la corrupción se pone cada vez más creativa.

Desde los enfermos imaginarios que se han inventado las IPS para cobrar servicios de salud que en realidad no prestan, hasta el cobro de desayunos escolares por valores exacerbados en donde un huevo y productos cárnicos llegan a costar más de tres veces su valor real, la corrupción se viene apoderando y esparciendo a tal punto de alterar nuestros indicadores socioeconómicos de forma preocupante. En esto, organismos como la ONU han mostrado su preocupación por estos casos, pero nuestra jurisdicción parece no prestar la suficiente atención y jugar al “si no lo veo, no es ilegal”.

Y aunque cada vez más pareciera que este tipo de actos se nos sale de las manos, desde el siglo pasado ha surgido un nuevo paradigma que contradice los efectos nocivos de la corrupción para relacionarla con estímulos, directos e indirectos, sobre el progreso económico de algunas naciones.

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Hace poco más de 50 años, Nathaniel Leff, un economista estadounidense y ampliamente estudioso de la economía del Brasil, publicó un paper titulado El desarrollo económico a través de la corrupción burocrática, documento que, ante un análisis actual del contexto brasileño, sería ampliamente criticado por las relaciones poco coherentes que establece el autor, pero que resultó ser la base de los estudios recientes que despertaron la duda en cuanto a la existencia de una corrupción benigna.

Allí, Leff establece a la corrupción como una institución extra legal usada por ciertos individuos para ganar un poder de influencia, yendo más allá de la simple compra de favores, en donde los típicos ejemplos se relacionaban con importaciones, exportaciones, inversión o hasta la obtención de licencias. Criterios que, como es de esperar, relacionó con el desarrollo de las economías.

Asimismo, enunció a la corrupción empresarial como una salida a las políticas burocráticas ineficientes. Por ejemplo, en la adquisición limitada de licencias que deja excluido a una parte significativa del mercado que, por los medios que sean necesarios, buscará participar. Por ende, la corrupción surge ante una limitación de la oferta, la búsqueda de la supervivencia gracias a una exageración de presiones (que podría pensarse en términos de impuestos bajo un concepto actual), entre otros factores que uno podría decir que son excusas aplicables a variedad de prácticas ilegales.

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De esta forma, han venido surgiendo estudios durante los últimos años que se empeñan en buscar una relación entre la corrupción y el desarrollo económico, particularmente en la región asiática. En 2016, por ejemplo, un estudio de la Universidad de Jinan sobre China concluía que la lucha contra la corrupción influye negativamente en la inversión y, por ende, el crecimiento económico disminuye en series de tiempo trimestrales de esta economía.

La Universidad de Feng Chia de Taiwán también concibe un estudio que analiza si la corrupción es mala para el crecimiento económico a través de la comparación de índices de percepción de la corrupción con indicadores económicos como el PIB per cápita. En países como Corea, el desarrollo económico estaba directamente relacionado con prácticas inmorales, adoptadas tanto por el gobierno como por empresarios, para financiar los chaebol, grandes conglomerados que tuvieron un rol trascendental en la política económica del país para direccionarla hacia el progreso.

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Este último, también pruebas estadísticas similares en empresas de Brasil, Argentina, Perú y Chile, concluyendo que la corrupción tiene un impacto positivo en el desempeño… de las empresas. ¿Pero en dónde queda la medición del impacto del poderío adquirido con la corrupción? Para nadie es un secreto el magnífico desempeño y crecimiento de una empresa como Odebrecht, pero sus acciones desencadenaron una influencia, no muy positiva a juicio mayoritario y global, en ámbitos políticos y económicos, no solo de Brasil, sino de muchas naciones en la región.

Así, ante la falta de un análisis integral del impacto de la corrupción, estudios que concluyan que la corrupción trae más beneficios que consecuencias altamente perjudiciales, tienen un análisis bastante miope. Tener una concepción de cómo crecen las empresas en la medida en que obtienen más beneficios a través de favores otorgados por sobornos, no es sinónimo de desarrollo empresarial. Simplemente es la muestra de lo que se obtiene con un mayor poder de mercado.

En la medida en que nos neguemos a aceptar la enfermedad, más difícil será encontrar la cura. Si bien puede haber casos en donde limitados casos de corrupción, especialmente en contratos, hayan desencadenado en un aumento de la formalidad laboral o en un mayor recaudo, son situaciones que no son admisibles. Saltarse el debido proceso y convertir favores en secretos de Estado trae cuenta de cobro; y así debe ser. Por ejemplo, en nuestra realidad colombiana, la corrupción no es dinamizar la economía; es desviar recursos, reprimir sectores económicos, disminuir la inversión social, perjudicar la distribución de la riqueza y de la tierra, aumentar la pobreza… y un sinfín de males más.

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