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Opinión

  • | 2018/08/31 00:01

    Legalland: historias de un país legalista. Capítulo I*

    Legalland era un país de cuantiosa flora, ricos paisajes y naturaleza diversa. Sus páramos, selvas, desiertos y bosques se combinaban en oníricos poemas que algunos sabios de antaño supieron escribir.

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Pero otros decidieron invertir su creatividad en la sagrada escritura de numerosas leyes, algunas al parecer innecesarias, que día a día iban creando vorágines extrañas para regular sociedades perfectas y dejar de lado el sentido común.

Juan se despertó y luego de una difícil guerra con la seducción de seguir durmiendo, salió a aventurar por las calles de la capital de Legalland, pensando en depositar todas sus esperanzas en nuevos proyectos. ¿Seré funcionario público, emprendedor, o busco un trabajo nuevo para viajar y conocer? Juan recordó un viejo pedazo de tierra que había recibido de su familia, entre pocos otros recursos que tenía ahora en su solitaria vida. Tenía la tierra, su perro, un gato y una pequeña casa por la que pagaba arriendo. Como primera idea, se le ocurrió visitar la Oficina de Trámites de Legalland para hacer una consulta.

Al llegar, una amable funcionaria lo saludó.

  • “Señor, aquí tiene un formulario para que lo atendamos”
  • “Lo lleno y ¿luego qué hago?
  • “En un plazo de 10 días hábiles le respondemos su inquietud, según el Art. 5, numeral 2.3.4”
  • “Pero no tienes la información en el sistema? Es algo urgente. Sólo necesito un dato puntual”
  • “Si es urgente, aquí están estos otros dos formularios siguiendo lo dispuesto en el Art. 7, parágrafo 234. Los sella, los autentica y luego de recoger estas dos firmas y traer su cédula al 150%, los radica de 11:00 a 11:15 am.

Algo aturdido, Juan salió de la oficina y decidió que no era prioritario hacer todo su trámite. Al fin y al cabo, estaba haciendo una mañana soleada. Huyendo un poco de los buses que contaminaban sin cumplir las numerosas normas existentes, decidió entrar al Centro de Tierras para preguntar por su pedazo de tierra.

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Pensaba que una buena idea sería poner un pequeño cultivo de moras para empezar a diversificar. Luego de una larga búsqueda, encontró la oficina que buscaba. Aprovechó para preguntar qué debía hacer para legalizar su propiedad sobre la tierra. Una amable funcionaria le respondió.

  • “Claro, sí señor. Por favor verifica esta lista de documentos para traer y radicar. 4 Escrituras de 1910, 5 escrituras de 1925, estas 8 sentencias judiciales, y estos otros 8 documentos”.
  • “Señorita y dónde se supone que voy a encontrar todo eso. ¡Eso tiene más de un siglo! tengo que trabajar también, ¿no?
  • “Por favor verifique la lista y vuelve. Según nuestros documentos, la tierra no existe”.
  • Algo desesperado, sacó su celular y le mostró una foto de la tierra con un mapa respectivo. “¿No existe?”
  • “No Señor, pero usted puede radicar un derecho de petición para que le confirmemos, según la Ley 175555, Art. 3340, parágrafo 20, que no existe, así exista”.
  • Con cara de asombro, preguntó. “quizá si ustedes van al sitio a revisar sea mejor, ¿no se supone que esa es su labor?”
  • “Señor, debo salir a almorzar. Vuelva mañana”.

Con algo de optimismo, pensó, bueno, quizá me ayuden en el pueblo en la Notaría. Viajó durante varias horas en un bus que desafiaba las leyes de la física en las curvas. Quizá el conductor tenía afán y estaba adelantando en curvas como excepción. Al llegar, lo atendió un amable personaje.

  • “Señor, si quiere esas escrituras, me puede pagar y yo le colaboro”
  • “Pero, revisando el artículo 4, numeral 2.3.4.5.2., este servicio es gratis”, pensó orgulloso luego de haberse preparado en asuntos legales la noche anterior.
  • “Entonces vuelva mañana que estoy ocupado”
  • “Pero señor, viajé desde la capital durante horas para esto”
  • “Radique si prefiere una carta y adjunte este formulario. Mañana atenderemos de 10 a 12”
  • “Pero vine hoy, mañana no puedo y debo tomar el bus de vuelta a la ciudad.”

Frustrado y lleno de rabia, decidió ir a sentarse en el parque. Allá reconoció a un funcionario que estaba recibiendo misteriosamente un sobre abultado. Con furia, se levantó a abordarlo para cuestionarlo y se tropezó, rompiendo un ladrillo ya algo picoteado. Antes de poder levantarse, fue abordado por un veedor, que le dijo que tenía que pagar por el ladrillo, considerado como un detrimento patrimonial al pueblo.

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  • “Pero Señor, el ladrillo estaba suelto, no fue mi intención”
  • “El Código, en su Art. 34 parágrafo 234, que regula los daños a los ladrillos, en específico a los ladrillos cocidos, sugiere que usted es el responsable de haber dañado el ladrillo”
  • Juan, desesperado le gritó “Y no ve allá en el parque a esos corruptos, ¿eso no es un detrimento de verdad?
  • “No señor, no hay pruebas, mientras que usted claramente rompió el ladrillo. Aquí está el pedazo”
  • “Entendido, perfecto, ¡entonces voy a pagar por el ladrillo que dañé!”, ladró Juan.
  • “Debe pagarlo en este banco; tenga en cuenta que se cobran intereses del 20%”
  • “¿Intereses?, ¿No puedo pagar por internet?”
  • “Claro, pero para eso se genera una comisión del 10% y un impuesto por cada 1000 pesos que deba pagar, otro impuesto complementario y un impuesto suplementario. Feliz día”

Algo confundido con el suceso, pensó con serenidad que a pesar de no entender todos esos artículos que le citaban, y creyendo que las leyes deberían hacerse solamente para lo necesario, había esperanza en la brisa que traía el frío del páramo. Su próximo paso sería volverse funcionario público para cambiar, de una vez por todas, todo lo que estaba mal en Legalland.

Continuará…

*Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.

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