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Opinión

  • | 2020/04/02 00:01

    Las empresas post covid-19

    Las empresas por estos días están tomando decisiones para sobrevivir y evitar masacres laborales y financieras, pero en cuestión de semanas estarán viviendo una nueva era: la de la reinvención organizacional basada en un criterio nunca explorado, el distanciamiento social.

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Ese es el legado social, pero también empresarial del bicho. El distanciamiento es el nuevo patrón cultural que marcará la pauta de las decisiones de las personas, pero también de las organizaciones. Es un patrón caracterizado por la desconfianza, la incertidumbre, la mesura, la racionalidad y la frialdad. ¡Qué duro para nosotros los colombianos! 

Al distanciamiento social debemos sumar el preocupante entorno económico en el que operarán las empresas: recesión y/o recuperación económica lenta (la Cepal prevé una contracción del -1.8% del PIB en Latinoamérica, y Fedesarrollo del -0.4% en su proyección pesimista para Colombia); desempleo (Fedesarrollo prevé una tasa de 19.5% en su escenario pesimista); fuerte depreciación del peso (Fedesarrollo lo ubica en los $3.800 después de la tormenta); caída de la producción de petróleo; significativo decrecimiento de las exportaciones (-5.5% en el escenario moderado de Fedesarrollo); y abismal impacto en las importaciones (casi -10% en el escenario medio). 

En este nuevo escenario cultural y económico operarán las empresas. No es difícil entonces anticipar que los modelos de negocio cambiarán de manera significativa. Sin embargo, hay que sumarle algo más al coctel: tendremos un nuevo contexto de políticas públicas, que determinará el futuro de las organizaciones. Emergerán nuevos valores que orientarán la gestión del regulador y del legislador como el proteccionismo, el nacionalismo, la flexibilización laboral y educativa, la priorización de comunidades vulnerables y la superlativización de la comunicación, entre otros. 

En materia programática nuestros legisladores y reguladores tendrán que enfocarse en el hueco fiscal (ahora más grande por el covid), la transformación del régimen laboral (ahora más justificada), el refinanciamiento del sistema de salud, la reforma pensional (ahora más crítica porque aprendimos que el adulto mayor debe estar más protegido); el ordenamiento y la protección del territorio (porque se fortalecerá la ilegalidad),  la mitigación del impacto social (para sacar a flote a los informales, independientes e inmigrantes) y por supuesto la reactivación económica. 

Pero la discusión de las políticas públicas se dará en medio de otro legado del virus: la reconfiguración del sistema de los actores. Me refiero a un Estado más receptivo y comprensivo con las empresas  -en especial de aquellas empresas que entendieron como nunca su valor social-; una sociedad civil que está entendiendo que las empresas son imprescindibles en la sostenibilidad del ecosistema (¡no una amenaza!); unos grupos profesionales (las sociedades científicas, por ejemplo) que dejaron de ser convidados de piedra, pasando a jugar un rol de verdadera incidencia política y regulatoria. En otras palabras, estarán todos en la mesa, con transparencia, sin agendas ocultas. ¡Ojalá! 

La relación empresa-Estado no será ni siquiera como se la imaginaron los capitalistas más optimistas: Gobiernos que reclaman la ayuda de las empresas, presidentes de la república que reconocen públicamente el valor social de las empresas (¿vieron a Trump elogiando a Laboratorios Roche y Laboratorios Abbott?);  sectores empoderados por su revelada relevancia durante la emergencia (salud, energía, agua potable, conectividad); gremios que son imprescindibles en la toma de decisiones de políticas públicas; y organizaciones civiles que lideran discusiones de la agenda política. 

Como si fuera poco, las empresas se encontrarán con un nuevo consumidor, que tendrá nuevas prioridades, diferentes capacidades (mejores capacidades digitales, por ejemplo), nuevos comportamientos, más conciencia sobre su bienestar, menos confianza en el mercado y menos recursos. Y un consumidor que valora más el suministro de servicios públicos (que antes daba por sentado) versus los bienes de confort o de lujo. 

Con todo este salpicón de nuevas realidades, ¿cuál será el nuevo modelo de negocio para las empresas? ¡Ni idea! 

Solo puedo afirmar que la empresa no será definitivamente la misma. La sostenibilidad económico- social, incluyendo la laboral, será más importante -al menos en el corto plazo- que la sostenibilidad ambiental. Habrá poco espacio para el activismo ambiental en contra de las organizaciones productivas. Se impondrán nuevas formas de trabajo y por ende de contratación. Habrá más desarrollo del comercio electrónico. La energía y las telecomunicaciones serán la base de la transformación de los modelos empresariales. Se legitimarán aún más las estructuras empresariales de naturaleza colaborativa y creativa. Será más importante la industria nacional debido a la interrupción de las cadenas globales de suministro. Y muchas, muchas más cosas que no me alcanzo a imaginar.

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