Opinión

  • | 2019/07/21 00:01

    Las cuatro virtudes esenciales para ser un buen gobernante

    La prudencia es el gobierno de sí mismo.

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La virtud de la prudencia no significa exclusivamente cautela o previsión, sino también dirigir nuestra vida a partir de las buenas decisiones que tomamos. Es la capacidad de conocer la realidad y tomar la mejor decisión según las circunstancias.  

El ciclo de la prudencia para tomar las decisiones más importantes de nuestra vida se resume en seguir cuatro pasos:

  1. Analizar los hechos y las evidencias y el diagnóstico del problema que nos aparta de nuestros objetivos.
  2. La deliberación; el pedir consejo. 
  3. La decisión. 
  4. El poner por obra lo decidido. 

Si somos más prudentes, seremos más ecuánimes, menos emocionales y, especialmente, ganaremos en madurez porque no seremos impulsivos o precipitados para actuar. 

La fortaleza como la virtud de las tareas arduas

La fortaleza es la capacidad de una persona para acometer una tarea ardua que requiere esfuerzo y perseverancia para insistir y resistir. Es la fuerza y el vigor que necesitamos cuando queremos desfallecer. La fortaleza nos ayuda a no escoger únicamente los caminos fáciles y menos transitados y, sobre todo, nos guía en los momentos en los que la voluntad quiere hacer lo que las emociones indican, desatendiendo lo que manda la inteligencia.

Esta es una virtud para entender que la vida es lucha, sacrificio y que, si queremos alcanzar un objetivo, normalmente, el precio es el esfuerzo. Esta es la verdadera virtud para nuestros tiempos en que todo lo queremos fácil y rápido. Cuando no desarrollamos la fortaleza vienen las contrariedades y dolores de la vida; nos venimos abajo.

La templanza o la moderación como señorío de sí mismo

La virtud de la templanza o de la moderación tiene un significado que proviene de medida; medida del placer. Aristóteles señalaba que el fin de la vida no era el placer, la riqueza o el prestigio. Si bien se requieren para una vida mejor, no son la garantía de más plenitud y felicidad. Por tal motivo, el placer, que es un bien, debe vivirse con moderación porque las pasiones o las emociones pueden terminar por gobernar a la persona y esta perdería el dominio de su vida y sus decisiones. En última instancia, la persona pierde la capacidad de tomar sus decisiones y podría actuar bajo la influencia de una droga, una adicción o un vicio. 

La justicia o buscar el bien del otro

La justicia es el deber que tenemos frente a los demás. Es una virtud que nos lleva a la renuncia del propio interés en todas nuestras actuaciones. Gracias a la justicia somos capaces de reconocer el deber que tenemos con los demás y, concretamente, con la sociedad. Es la virtud del otro; la más difícil de practicar debido a la presión individualista. Por el contrario, nos invita a salir del egoísmo y buscar maneras de trabajar por el bien de los demás. 

Como se observa, el modelo de dirección por virtudes nos puede cuestionar cómo estamos conduciendo nuestra propia vida. Sin duda, nunca llegaremos al ideal humano de la perfección. Sin embargo, lo que vale es la lucha y la determinación por ser mejores cada día. 

Mantengamos las cuatro virtudes presentes en nuestra vida y hagamos diariamente el propósito de mejorar en cada una y, luego, al finalizar la jornada evaluémonos, tomemos el pulso en cada virtud (como quien lleva la contabilidad de un negocio).

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