Opinión

  • | 2018/07/06 00:01

    La robot con sonrisa de Monalisa

    Bueno, vamos a ver qué sucede cuando conozca a Sophia, la robot humanoide basada en inteligencia artificial, con capacidad de procesar el lenguaje humano e interactuar.

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Sophia, la androide, llega a Colombia y detrás de la cálida voz programada surgen todos los interrogantes sobre qué camino tomar en los negocios, la política y la cotidianidad.

No confío en los muñecos de ventrílocuo y las marionetas me resultan incómodas; también dudo de las intenciones de los animatrónicos, tal vez sea por lo inquietante de sus torpes movimientos o porque he visto demasiadas películas donde estás figuras cobran vida, toman decisiones y terminan por atacar a los humanos… Bueno, vamos a ver qué sucede cuando conozca a Sophia, la robot humanoide basada en inteligencia artificial, con capacidad de procesar el lenguaje humano e interactuar.

Sophia es el resultado de un entramado de alta tecnología que luce con orgullo en su cerebro translúcido. Lleva encima un caparazón con forma de mujer y dicen los que saben que no tiene tan buen gusto al vestirse. Ella es ciudadana de Arabia Saudita, no están claros los alcances de sus deberes y derechos como saudí, pero a veces esa pregunta también es difícil de responder para los humanos en otras latitudes.

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El Congreso Internacional de TIC – Andicom, organizado por el Centro de Investigación y Desarrollo en Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (Cintel), tendrá cita nuevamente en Cartagena a finales de agosto y Sophia será la invitada de honor, que vendrá con el ánimo de abrir el debate sobre el impacto de la inteligencia artificial en los negocios y la vida cotidiana. Ella nos hablará con la calidez para la que fue programada y, más allá de lo que diga, será todo un sacudón saber que la ciencia ficción ya no está en las pantallas y que la discreta sonrisa que nos brindará es diciente sobre nuestro futuro compartido.

El desafío robot inicia la carrera y la preocupación de los humanos no debería hacerse esperar. Todas las firmas especializadas proyectan una aceleración en los procesos de automatización en la generación de productos y servicios. Las proyecciones del Foro Económico Mundial hablan de un acelerado proceso de ‘reemplazo’ laboral, con máquinas ocupando cargos hasta hoy asignados a humanos. Los desafíos no son pocos y no son precisamente para las máquinas.

Aunque en apariencia las cuestiones técnicas regirán el avance de la nueva sociedad, realmente las cuestiones de fondo tienen que ver con la ética y el enfoque bajo el cual se tomen las decisiones políticas y económicas:

El reto de la brecha: ¿conectados o competitivos?

Entre la conectividad y la competitividad, las revoluciones industriales, incluyendo la cuarta que estamos viviendo, han supuesto dos factores de cambio: tecnificación y especialización del trabajo. Sin lugar a dudas la autonomía de las máquinas pone sobre la mesa el reto por las nuevas brechas de acceso y de permanencia laboral.

Siempre he mencionado que la brecha digital de la que usualmente hablamos es la de conectividad. Esta se acrecentará sabiendo que hoy el 50% de la población mundial no tiene acceso a Internet, pensemos entonces en la disparada de las cifras de uso o no de inteligencias artificiales y androides. En paralelo se abre la nueva brecha, la de las competencias, directamente relacionada con esa especialización del trabajo.

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La nueva brecha digital no es de conectividad sino de competitividad y las cifras sobre cuántos están en capacidad de administrar, operar o, peor aún, hacer algo que las máquinas no puedan, parecen ser más desalentadoras.

El reto de la ciudadanía: ¿nacer o parecer?

Como lo mencioné, Sophia fue declarada ciudadana de Arabia Saudita el año pasado. Con el entusiasmo de los pioneros, el país del medio oriente le otorgó las credenciales a la androide pero ello tiene unas implicaciones políticas y, más grave aún, éticas que envuelven lo que sucederá con la robot.

No pensemos todavía en si tendrá derecho a ser electa presidente, solo imaginen la posibilidad de ‘desconectar’ a la señorita - ¿y si quiere casarse porque descubrió el amor?, ¿y si quiere fundar su propia religión? -.

(Se me ocurre ahora mismo preguntarle a Sophia si ella viaja en primera clase o embalada como carga en los vuelos con destino a su país adoptivo. Tal vez tenga la oportunidad de conversar con ella al respecto en Cartagena).

El reto de la regulación: ¿terminará rigiendo la ética robot?

Hablar de regulación en materia de tecnologías es como descubrir el agua tibia que ya no moja a nadie. No hemos terminado de regular los datos, la propiedad intelectual o las plataformas y ahora tenemos que preocuparnos por los robots.

El punto aquí es no deslumbrarnos por las capacidades de la tecnología hoy sino pensar en que los límites que fijemos ahora regirán sobre los desarrollos por venir.

Una coalición global con Elon Musk como vocero aboga por la definición de límites sobre lo correcto y lo incorrecto en inteligencias artificiales y robótica. Pero al final, la decisión es humana y como parece ser que para nuestra especie lo prohibido resulta tan atractivo, que no nos extrañe que el criterio por aplicar termine siendo el automatizado.

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