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Opinión

  • | 2020/03/15 00:01

    La inversión de impacto: La aleación entre retorno financiero y el bien común

    Aunque hay inconsistencias, sobre la definición de qué son las inversiones de impacto la idea principal es que los inversionistas pueden buscar retornos financieros y, simultáneamente, abordar intencionalmente retos sociales y ambientales.

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Nos encontramos en un mundo con abundantes y urgentes necesidades sociales, apremiantes condiciones ambientales, y limitados recursos financieros para afrontarlos y, sin lugar a dudas, la consecución de la agenda universal de desarrollo sostenible requiere que conjuguemos los retornos financieros con la búsqueda de un futuro más justo, equitativo y sostenible.

Cierto es, los humanos no somos criaturas puramente sociales, ni seres puramente económicos.  Grandes dilemas acompañan nuestra existencia. Por ejemplo, en estos momentos, debido a la escala y velocidad de contagio, nos enfrentamos a una pandemia global del brote de COVID-19 (coronavirus) potencialmente controlable siempre y cuando los países decidan tomar medidas severas de control. Sabiamente reflexionó mi colega Tomás Pérez Álvarez: “Yo veo esto como un dilema moral a gran escala. Paramos las economías dos semanas y aseguramos controlar la situación, o nos arriesgamos a que muchos mueran, el sistema colapse, y balanceamos el control y la economía”.

Antony Bugg-Levine, CEO del Nonprofit Financial Fund y exdirector Ejecutivo de la Fundación Rockefeller, y Jed Emerson, fundador de Blend Value Group y fellow senior de Impact Assess, publicaron en el año 2011 el libro “Impact investing: Transforming how we make money while making a difference”. En este texto explican cómo por más de un siglo se han venido instaurado las creencias de que las inversiones con fines de lucro deberían centrarse solamente en producir rendimientos financieros, y en que yuxtaposición están las personas adineradas que se preocupan de los problemas sociales y ambientales, donan dinero en un intento de resolver estos problemas, o la otra alternativa sería esperar a que intervenga el gobierno. 

El término inversión de impacto no es nuevo. Es una evolución del concepto de valor combinado (blended value), propuesto por Bugg-Levine y Emerson en el año 2000, y siete años después, fueron ellos quienes convocaron a un grupo de inversionistas interesados en evaluar el rendimiento potencial y real de su capital a través de algo más que un lente financiero pasivo, y quienes querían usar su capital para hacer algo positivo. Grupo que acuñó la frase "inversión de impacto”, ya que los términos de “inversión socialmente responsable”, o “inversión ética” eran percibidos con unas pesadas cargas morales, juicios personales, y centrado en decisiones sobre el tipo de empresas por evitar; el concepto de “finanzas sostenibles” tenía un enfoque particular en lo ambiental, y descartaba los aspectos de desarrollo y justicia social; y finalmente, el término “financiación para el desarrollo” no era lo suficientemente atractivo globalmente para inversionistas.  Por su parte, la inversión de impacto fue asociado a la orientación a la acción concreta y al optimismo de este grupo y, al mismo tiempo, estaba en consonancia con inversionistas que habían expresado su intención de integrar la inversión y la filantropía. 

Existen arcaicas evidencias, que datan de siglos atrás, sobre que los antecedentes de la inversión de impacto ha sido un movimiento internacional en donde, vía mecanismos de mercado, se ha tratado de expresar el compromiso social y ambiental. En la Inglaterra de siglo XVII, grupos conocidos como los Quakers buscaron alinear sus inversiones y decisiones de compra a sus valores. En la época de la Colonial en los Estados Unidos en el XIX, congregaciones vinculadas a los Quakers crearon negocios alineados a sus valores sociales y de esta manera conseguir financiar las comunidades religiosas.  Estos legados, explican Bugg-Levine y Emerson, influencian el movimiento ambientalistas de los setenta, las campañas de desinversión contra el apartheid en Sudáfrica en los ochenta, e incluso movimientos más recientes de consumo consciente, producción responsable, comercio justo, e inversiones socialmente responsables. 

Sin embargo, analizan Bugg-Levine y Emerson hace ya casi una década, lo novedoso en relación a estas evidencias históricas es que los inversionistas de impacto tienen un fuerte convencimiento sobre “el papel que pueden desempeñar las empresas en el avance del bien común y el apalancamiento que las empresas sociales pueden lograr mediante el uso de herramientas financieras”.  En otras palabras, los inversionistas de impacto ven el comercio y sus actividades conexas como “una fuerza poderosa que puede aprovecharse para el bien, en lugar de un mal necesario que debe reducirse”. 

Explican Bugg-Levine y Emerson que el movimiento de inversión de impacto tiende a centrarse en el capital privado y los préstamos directos debido al poder inigualable que estas inversiones tienen para generar impacto social.  Sin embargo, algunas evidencias muestran que aunque es posible que los inversores de impacto logren un impacto social junto con los rendimientos de las tasas de mercado, eso no es fácil de hacer y no ocurre con tanta frecuencia como muchos impulsores hacen creer.  Aun así, recientes investigaciones han encontrado que la inversión de impacto de campo es única en seis características, (1) capital invertido, (2) grado de compromiso con la participada, (3) proceso de selección, (4) resultados sociales y comerciales, (5) resultados de informes, y (6) papel del gobierno.

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