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Opinión

  • | 2019/08/22 06:01

    La guerra comercial y un presupuesto dudoso

    Bien haría el Gobierno en reconocer lo desfasado del presupuesto y buscar correcciones en vez de intentar vender un falso e imposible optimismo.

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En general todas las presentaciones o informaciones que provienen de las autoridades se exponen a un buen margen de duda ante la opinión pública. Sin embargo, la inquietud que aparece con el nuevo presupuesto defendido por el Ministro de Hacienda no nace tanto de la posibilidad de que exista manipulación en la forma en que se divulga, sino por las bases sobre las cuales fue elaborado.

Se ha debatido sobre la manera como se afectan los diferentes sectores de acuerdo a las partidas que se les asignan, sobre el aumento del recaudo, sobre los recortes a la inversión, sobre cuál podría ser la fuente de financiación de los faltantes, etc…

Pero, sin estudiar las casi 500 páginas –donde por supuesto hay mucha tela de donde cortar–, lo que debe motivar más preguntas es cuál podrá ser el ingreso previsible ante los desfases y las bases poco reales que aparecen en su conformación (eso aparte del faltante presentado de $8 billones que ni se sabe de dónde saldrá ni si se limita a esa cantidad).

Con un crecimiento del 2,8% en el primer semestre (y con dudas respecto a si con la estacionalidad oculta fue menos del 2,5%) ya pocos creen que se alcance el 3% anual, mientras el presupuesto y el Minhacienda prevén 3,6% (o sea más de 4,4 % en lo que falta del año).

Por el lado del control de la inflación se llega prácticamente al tope superior previsto de 4% con una marcada tendencia a aumentar, sin la alternativa de usar el interés básico para contrarrestar esa tendencia por estar en una economía en recesión, y con la dependencia de la importación a costos cada vez más crecientes.

El precio del petróleo, principal fuente de nuestros ingresos, estimado con optimismo hasta en posibles US$60, hoy bordea US$53 y cayendo, a pesar de los recortes de la oferta de los países productores; con eso la balanza comercial será cada vez más deficitaria.

Y todo lo anterior con la situación de la guerra comercial entre Estados Unidos y China que afectará las previsiones. El efecto que puede llegar a tener lo dio la última medida del gigante asiático al devaluar su moneda. Las jugadas de Trump con los aranceles habían sido compensadas inicialmente con retaliaciones aduaneras y después golpeando selectivamente los sectores vulnerables de la población americana al suspender las compras de los cereales de los cuales depende la economía agrícola de varios de los Estados.

Lo que apareció un poco como imprevisto, o por lo menos no contemplado por los analistas, es que la simple devaluación de la moneda China podría compensar la elevación de los impuestos de importación decretados por el presidente norteamericano (a pesar de que iría contra la intención de mantener el yuan como moneda dura para convertirla en alternativa de divisa en el comercio internacional).

Probablemente eso explica el sobresalto que disparó la depreciación de todas las monedas, a comenzar por el dólar. Y, por eso, pasada la sorpresa, el efecto de retroceso también exageradamente marcado en las mismas. El peso colombiano tuvo la segunda devaluación más grande del mundo y una recuperación equivalente, pero no fue una excepción.

El dólar proyectado a entre $3.130 y $3.160 parece muy lejano de la actual realidad. La devaluación China hace inevitable la del peso; aumenta el déficit comercial con esa nación; reduce la competitividad de nuestros productos; consolida una reducción en el comercio y la actividad económica mundial y la disminución de la demanda de hidrocarburos; PIB por debajo de lo previsto… bien haría el Gobierno en reconocer lo desfasado del presupuesto y buscar correcciones en vez de intentar vender un falso e imposible optimismo.

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