Opinión

  • | 2019/01/28 00:01

    La desigualdad no solo es ineficiente... es insostenible

    Desde 2010, la CEPAL posicionó la igualdad como un valor fundamental del desarrollo. Pero a nivel regional, América Latina no ha logrado interiorizar su importancia y parece perpetuar los niveles de desigualdad bajo la misma gobernanza ineficaz.

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Las políticas actuales, con enfoque de derechos, tienen como epicentro la igualdad. En realidad, es una condición propicia para avanzar hacia los más modernos modelos de desarrollo centrados en la clausura de brechas actuales, con el acompañamiento de las nuevas tecnologías para alcanzar mayores niveles de bienestar y de productividad. Con gran infortunio, es una condición aún no reconocida, no aplicada y subestimada en varias regiones a nivel mundial.

Aunque persiste la preocupación por encontrar una mayor aproximación hacia los modelos que propaguen la igualdad, la región latinoamericana aún no comprende el trasfondo y la importancia que tiene la igualdad para promover la sostenibilidad a nivel económico, social y hasta ambiental. No bastan los discursos cliché ni las políticas ampliamente documentadas, si no se tiene verdadera disposición para llegar más allá de los planes de acción. Toda América Latina necesita reconocer eso.

A inicios de este año, el ex presidente Juan Manuel Santos alcanzó a presentar un documento clave que contenía los lineamientos para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible -ODS - en línea con la Agenda 2030, aprobada desde 2015 por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Como se esperaba, fue una hoja de ruta que acopló Colombia bajo el CONPES 3918 como estrategia para la implementación de los ODS en Colombia. Dicho documento planteó 16 grandes objetivos (17 contando las alianzas necesarias para poder cumplirlos), cada uno de ellos con metas específicas que, juntándolas todas, suman un total de 169.

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Diversos estudios sobre la relación entre la distribución y el crecimiento han convergido en que la desigualdad, tras de que es un obstáculo para reducir los índices de pobreza, genera importantes pérdidas de productividad que, a fin de cuentas, también representa costos significativos para la sociedad. En esto, la CEPAL concentró sus resultados en un documento de investigación, publicado hace casi 6 meses, sobre la ineficiencia de la desigualdad.

Empezando por el costo derivado de las brechas en educación se ha encontrado que la desigualdad constituye en este tópico una barrera para la difusión de las capacidades. Se vio que las tasas de retorno de los años de educación, muestran saltos más elevados en términos de ingreso generado mientras más alta sea la educación. Particularmente, al concluir la educación secundaria empieza un crecimiento de los ingresos generados, y son mucho más altos si se logra concluir una educación terciaria y una educación de posgrado.

No obstante, los retornos de los años de educación se ven supeditados a otros indicadores de desigualdad social como el género, la informalidad laboral y hasta a los grupos étnicos. A nivel económico y social, no se ha entendido que la falta de acceso a la educación contribuye no solo a una falta de desarrollo de las capacidades de la persona, sino también a una menor inserción de recurso humano capacitado a los procesos productivos de una nación. Sin embargo, los resultados de las pruebas PISA a nivel regional nos muestran que la problemática no es sólo de acceso, sino también de calidad.

Ahora, los efectos positivos e indirectos que tiene la inversión en salud refiere, precisamente, a que personas sanas y bien alimentadas presentan mejores capacidades físicas y cognitivas a la hora de aprender y a la hora de insertarse con éxito al mercado laboral. Con esto, también se ha notado que se reducen las tasas de ausentismo.

A nivel de ingreso, la desigualdad repercute en una menor movilidad intergeneracional, ya que los países con altos índices de desigualdad no compensan el hecho con una mayor movilidad de ingresos. Y en nuestro contexto, a esto se le suman las brechas a nivel urbano y rural, lo que implica una necesidad en la regionalización de las metas y los planes de acción.

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Y aunque falta evaluar otro montón de tipos de desigualdades, con este contexto ya recordamos, nuevamente, el por qué la desigualdad es injusta. Pero, ¿por qué es ineficiente e insostenible? Porque genera y sustenta instituciones que no promueven la productividad ni la innovación, porque premia y castiga a partir del estrato, la etnia y el género. Porque genera la cultura del privilegio que profundiza las brechas e incorpora relaciones sociales de desigualdad como si fuera algo natural.

Hay una pandemia y se fundamenta desde nuestra estructura institucional tan heterogénea y excluyente. El papel de la inversión pública se ve trastornado y muchas veces pierde su valor y su rumbo. Recordemos que sólo el 1% de los más ricos, recibe el 20% de todo el ingreso a nivel nacional. Algo tan ineficiente, no podrá ser nunca sostenible.

Aparte, la desigualdad no varía independientemente de los niveles de ingreso, aspecto que muchas economías no han querido reconocer. De hecho, se puede apreciar un deterioro del mismo. Y el cinismo ha llegado a tal punto que los países que registran una desigualdad muy alta esperan acelerar su crecimiento sin redistribuir.

Las metas que especuló Santos para 2030 tienen un costo que ronda los $108,2 billones. Hay proyectos muy ambiciosos a nivel de agua potable, energía eléctrica e internet; y otros como la educación a los cuales no se les prioriza lo suficiente. Sólo resta esperar el desempeño del nuevo gobierno en la mejora y cumplimiento de la posible Agenda 2030.

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