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Opinión

  • | 2019/09/26 01:00

    Inteligencia emocional, la clave para proyectar la educación en tiempos del cambio climático

    “Julio Andrés, sigo tus columnas”, fueron las palabras que me llegaron por parte de Viviana Otálvaro por whatsaap. Me gustó ese mensaje porque más allá del hecho de que se lea lo que escribo en este medio, me dio pie para escribir esta columna con la que me lanzo hoy y que trata de algo que nos hace falta tematizar más a los que trabajamos por combatir el cambio climático y conservar nuestra riqueza natural: la inteligencia emocional.

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Sin conocer a Viviana en persona, siento que la conozco pues nos une un propósito que nos conecta  a ambos, transformar las conductas de las personas para que este país y planeta sean más sostenibles.

La inteligencia emocional es esa herramientas subvalorada o incomprendida por casi todos, pero resulta ser tan o incluso más poderosas que otras herramientas que se utilizan para luchar contra el cambio climático (ejemplo: políticas públicas, tecnología, emprendimientos, finanzas). Hoy escribo sobre este tema y prometo mimetizarlo en mis siguientes escritos para buscar que el mensaje cale.

Esta ha sido la semana de los jóvenes del mundo representados por Greta Thunberg. Y si bien dejo de un lado su discurso y mensaje, pues no es novedoso (se viene emitiendo este mensaje desde la Primavera Silenciosa de Rachel Carson y el Club de Roma en los 60s y 70s), lo que me impresiona es la manera como millones de jóvenes de espíritu se han conectado en función de un bien común. Sin conocerse, se conocen, así como Viviana y yo. Este es el verdadero poder de Greta.

¿Cómo lograr que nos conectemos ? ¿Cómo se enseña a conectarse? ¿Cómo podemos hacer de este hecho un recurso metodológico para innovar nuestro sistema educativo en casa, escuela, universidad, trabajo o en la calle? La inteligencia emocional tiene las respuestas.

Ser conscientes sobre lo que pasa y lo que pasará. Reconocer los efectos e impactos que generan nuestras acciones es algo que nos han dejado a la deriva desde que nacemos. Quisiera visitar algún colegio en donde la columna vertebral de enseñanza fuese el pensamiento sistémico, que todos pudiésemos ver la gran pintura y la complejidad que ella esconde. A los de mi generación se le exige que piense así en todas partes, pero metodológicamente no nos lo instruyeron y no sabemos cómo pensar como ajedrecista. La oportunidad para innovar en metodologías educativas está dada, no solamente para que las personas que vivimos el discurso de Greta podamos ver la dimensión del reto climático, sino también y más importante aún, para que las personas de las generaciones más recientes que las de Viviana o la mía, vivan en este mundo con un chip mental y accional más orientado al cuidado y a la precaución. 

Aprender a gestionarse a sí mismo es otro de los pasivos educativos que nos negó la educación tradicional. Es necesario desaprender nuestros esquemas mentales y nuestros imaginarios sociales para aprender los valores del mundo del cambio climático: la suficiencia, el autocontrol, la mesura, el reconocimiento de los límites y el entendimiento sobre el “no transgredir los derechos  de los demás” (incluyendo aquí también los derechos futuros de disfrutar de la riqueza que tenemos, al menos hoy como país). Todo ello que se considera tan obvio, es importante para poder comprender cuál es nuestro rol y aporte a la conservación, a partir de la gestión de nuestros propios hábitos de consumo.

Educar para ponerse en los zapatos del otro no es más que generar empatía socioambiental. Nos invita a pensarnos como humanos y no como clases sociales. Nos abre la mente hacia un modus operandis de interacciones sociales en los cuales anteponemos el bienestar común sobre el egoísmo individual. Y bien, el día que esto esté incrustrado en nuestros valores, el discurso de Greta ante Naciones Unidas y lo escrito por Carson otrora, sería un detalle y no lo que es hoy: lo urgente y lo importante.

Y finalmente, educar para colaborar y crear relaciones ganar-ganar. Sobran las explicaciones pero no sobran los motivos para seguir insistiendo en que si todos ganamos y derivamos rédito de los beneficios que el mercado nos da de manera incluyente, será más sencillo conservar nuestro entorno natural. 

Viviana, gracias por la inspiración y la charla por whatsaap, también por tus aportes a la educación emocional, por conectar con mi propósito y dejarme conectar con el tuyo. Visité tu proyecto Hugger Island y reconozco el trabajo emprendedor que hay detrás de tanto valor. La inteligencia emocional es la base, el canal y el medio que nos permitirá transformar nuestros simbolismos en este lugar llamado planeta. Gracias por emprender y propagar este mensaje. 

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