Opinión

  • | 2018/05/16 00:01

    Hacia el voto útil… ¡otra vez!

    En la novela “El Gatopardo” se decía que “hay que hacer que algo cambie, para que todo pueda seguir igual”. Efectivamente ciertas cosas han cambiado, pero las mañas de la clase política, profundizadas por la postverdad y la rabia de los electores en las redes sociales son las mismas.

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En estas elecciones, con una baraja tan disímil de candidatos, el voto útil parece dominar sobre el voto informado y nuevamente votaremos “para que no gane el que más nos disgusta”.

La excepción más clara que recuerdo fue cuando voté por Mockus (con quien no me salió la apuesta). Cuando tenía 18 años, en mi primera votación, Andrés Pastrana se lanzaba a la Alcaldía de Bogotá y voté por él porque promovía superconciertos, les gustaba a mis amigos y se veía joven, más que por sus ideas de gobierno, de las que poco sabía. Asimismo, a los 20 años, voté por César Gaviria y la Constituyente de 1991, donde con la famosa “séptima papeleta” nos invitaba a los universitarios a reformar la Constitución, porque así podríamos revocar al Congreso, corrupto y lleno de malas prácticas.

Pero el tiempo todo lo corrige. A los 30 años, con más experiencia, sentido práctico y menos ingenuidad, leí descorazonado un artículo en las Lecturas Dominicales de El Tiempo en el que se conmemoraba la primera década de esa nueva Constitución, titulado: “Universitarios: ¿Idiotas útiles?”. Esto porque, como dijo posteriormente Hernando Gómez Buendía, “en esas votaciones, que usted y yo creeríamos las más importantes de la historia, la abstención fue de un 70%”, en efecto la más alta de la historia. Casi todos los votos fueron "de opinión" o sea, en esencia, del país de adelante. Y los 70 delegatarios elegidos se repartieron exactamente así… Una Constitución escrita entonces por el pedazo moderno o postmoderno de Colombia, el que se mueve por ideas, o por ideologías, o por identidades, pero no por clientelismo”.

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Después, escuché a muchos decir que ese idilio político terminó con una Constitución "para ángeles" en un país de cafres. Dicho por el propio Gómez Buendía en el portal Razón Pública, a los 20 años de la misma Constitución: “Se parece más a un programa político, donde lo deseable pesa más que lo factible (…) Sin aumentar en serio la productividad y sin subir de veras la carga tributaria, era y es imposible satisfacer los derechos de todo el mundo (…) La de 1991 fue una apuesta inequívoca por la separación o dispersión de poderes (…) porque, por buenos que parezcan al principio, los reyes, dictadores o caudillos que concentran el poder acaban mal (…) Pero lo principal de la organización del poder es la manera de acceder al poder. Es en el régimen de elecciones y partidos donde una Constitución deja su verdadera marca, porque de esto depende la continuación o discontinuación del proyecto que encarne (…) Lo que el país de adelante necesitaba eran partidos modernos pero fuertes, no el reguero de vanidosos, aventureros o delincuentes hechos y derechos que desde entonces han poblado el escenario”.

En la famosa novela El Gatopardo se decía, con razón, que “hay que hacer que algo cambie, para que todo pueda seguir igual”. Efectivamente cambiaron algunas cosas, para bien y para mal, pero no se resolvieron, sino que se profundizaron, muchos desaciertos y mañas de la clase política. Lejos de todo control, los gamonales y mafias regionales usaron ese nuevo esfuerzo de descentralización para reemplazar a los caducos partidos tradicionales, apoderándose de los presupuestos locales y heredando a sus familias cada instituto, pueblo y gobernación, y haciéndonos creer que no deberían existir los delitos de sangre, siendo ellos la prueba viva de lo contrario.

En este mundo de redes sociales y medios electrónicos, aparecen nuevas oportunidades para estar más enterados y evitarlo. Pero están denominados por la posverdad, las noticias falsas y las rabias encendidas.

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En un intento por “guiar al votante”, Semana, El Espectador y La Silla Vacía divulgan unos curiosos jueguitos en los que, si uno responde 30 preguntas sobre ciertas preferencias en temas electorales, al final aparece el supuesto candidato afín a sus ideas. A mi “yo de 18 años” le hubiera parecido genial leer en menos de cinco minutos toda lo que se juega en la campaña, para que un portal me sugiera por quién podría votar “porque se parece a mí”. Es como “El rincón del vago” electoral.

Esta ligereza ingenua, por no decir irresponsable, es grave en un país poco acostumbrado a leer y profundizar, porque los votantes se la creen. Muchos presuponen que toda respuesta se pondera igual y tiene el mismo peso (¿realmente, para elegir presidente, tiene el mismo peso su postura personal sobre la dosis mínima de droga o la eutanasia, que el modelo económico, la seguridad ciudadana y el futuro del proceso de paz?). Así también sucede cuando preguntan si uno cree que deberían cobrar intereses en el Icetex o dar créditos a todos los jóvenes emprendedores… como en todo, “depende” de muchos factores y condiciones que esas preguntas no consideran, y que difícilmente se aclaran en las respuestas, de menos de cuatro líneas y sacadas de contexto, de los candidatos.

Los debates son otra fuente de información curiosa. Debería sorprendernos un candidato que sea capaz de decir “cómo arreglar el país en 60 segundos” y de paso tenga también ideas claras sobre cómo poner su plan en marcha, más allá de las frases fríamente calculadas y ensayadas con sus asesores. Estos debates permiten evidenciar habilidad retórica, agilidad mental, sentido del humor o capacidad de síntesis para generar buenos titulares, pero no dice nada sobre su forma de gobernar. Esta es la prueba última del carisma, esa habilidad para conectar emocionalmente con quien lo ve, aunque no diga nada de su capacidad para gestionar. Si quiere saber cómo será dirigiendo el país, revise cómo lo hizo antes, de qué perfil de personas se rodeó para que fueran los ejecutores de sus estrategias y cómo las dirigió, antes de poner todo el peso de su decisión en un discurso simplista y amañado para ganar votos.

De jóvenes, muchos ciertamente fuimos idiotas útiles del político de turno. Y cuando creemos haber madurado, nos toca nuevamente enfrentarnos al nuevo salto de fe de creer en las propuestas efectistas, populistas y trasnochadas de unos que buscan fanáticos a punta de propuestas insensatas; asumir como revelación mesiánica el buenismo superficial y ligero de unos más; o ignorar las malas compañías, volteretas y falacias de otros, esperando que pasadas las elecciones les cuelguen el teléfono a sus actuales socios de campaña.

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