Opinión

  • | 2016/12/19 00:01

    Godos a muerte

    Reconocer lo que somos nos ayudaría a entendernos mejor.

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Colombia no supera su arraigada creencia de ser el centro del universo, asiento de todos los males, madre de los peores hampones del planeta, paraíso de riquezas naturales ilimitadas y arrebatadas. Nación adolescente al fin de cuentas, aunque no se siente de las populares, que no puede dejar de mirarse al espejo con lentes oscuros empañando su realidad y exagerando groseramente sus peores deficiencias y frustraciones.

La pésima visión de sí misma contrasta con ese espíritu amable y cálido, formado por la hermosa mezcla de la humildad del indio y la alegría y desfachatez del negro, confundida eso sí con el recatado y altivo espíritu del coloniaje español que sigue siendo predominante en el carácter de nuestra clase dirigente.

Este espíritu emana en el derecho a emitir duros juicios sobre los demás, en ese clasismo feudal y monárquico innato que justifica privilegios y discriminar a indios y negros, en su visión de la sexualidad que no le impide portarse como la más libertina de todas, pero sí condenarlo en los otros.

La nuestra es una nación de clase dirigente conservadora y temerosa de los cambios en su estructura social, que con el crecimiento del país, el avance económico de su clase media y enriquecimiento fuera de sus apellidos tradicionales, se enfrenta ahora a  profundas transformaciones que desfiguran su imagen de sí misma: el enemigo en el Congreso, los homosexuales se casan y adoptan, educación sexual oficial con ideología de género. Poco a poco el caos destruye los valores de la patria.

O eso piensan al menos quienes entienden que solo la familia tradicional merece la adopción, que los guerrilleros deban desaparecer de la escena política porque no son más que asesinos descarados y narcotraficantes, que a los homosexuales hay que aceptarlos, pero de lejitos porque pueden influenciar a sus hijos, que los LGBT solo existen en ciertos mundos bajos sobre los cuales no debe hablarse a los hijos.

Muy de fondo, la violencia que ha azotado al país desde su independencia no termina por el afán de mantener una visión de sociedad creada por determinados ojos, pues desde que a alguien se le ocurrió que el país debía dejar de tener un poder central en reemplazo del monarca, han existido versiones variadas y elocuentes que parecen añorar la corte del Virrey, el favor y protección del Arzobispo.

Es natural, pues nuestra patria no nació con familias de colonos huyendo del yugo monárquico buscando establecer una nación libre, sino de aventureros y presidiarios buscando riqueza y sacerdotes en decadencia en su tierra, afanosos de evangelizar aún en contra del evangelio, que no querían compartir su poder con indios, negros, judíos o alpargatudos.

Ello impidió y sigue impidiendo una verdadera inmigración, manteniendo las maneras, usos y vicios de las relaciones coloniales entre el Español y el indio, el blanco, el negro y el mestizo, caracterizadas por la discriminación, la falta de reconocimiento y la convicción de privilegios de raza y clase.

Carecemos aún de una cultura universal que exige el respeto y la tolerancia como base para el trato, en medio de las naturales diferencias de la humanidad.

Mas que nunca Colombia requiere romper con el peso de las relaciones coloniales que se mantienen y crear bases para una sociedad abierta y tolerante, y la oportunidad que brinda el postconflicto y un referendo sobre la adopción por familias diversas es una gran ocasión para demostrar que el país no es el que sueñan quienes quieren aferrarnos a la colonia.

No deberíamos criticar a los que lo proponen sino aprovechar la oportunidad de cerrar brechas de una vez y declarar la clase de sociedad que merecen nuestros hijos.

Pero partamos por reconocer que el país es un país de godos, no de partido porque ese ya no existe sino en la burocracia, sino de miedos enclavados en el pasado a los que debemos enterrar de una buena vez.

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