Opinión

  • | 2018/05/29 12:00

    Fajardo: la ética y la educación sí mueven a los electores

    Sergio Fajardo demostró con su altísima votación que la sociedad sí valora el hecho de ser profesor y que un programa serio y coherente de gobierno basado en cero corrupción y educación puede convencer a los electores.

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Fajardo insistió durante la campaña que él estaba orgulloso de haber sido profesor, punto temido desde la anterior elección cuando Santos trató con ironía al entonces candidato Antanas Mockus, a quien señaló como el “profesor Mockus”, para demostrar que no bastaba ser un buen profesor para tener credenciales de estadista y menos para gobernar el país. A pesar de este antecedente, Fajardo se presentó como profesor y, ante su insistencia y buenos resultados, logró que otros candidatos sostuvieran que ellos también habían sido profesores y hasta decanos. Valió la pena. Fajardo con sus acciones y propuestas ayudó a dignificar la profesión docente, en cualquiera de sus niveles.

Fajardo y su equipo también lograron construir la mejor propuesta para el desarrollo de la educación del país, por su integralidad, información y posibilidades reales de hacerlas viables. En los debates televisivos, él buscó con afán llamar la atención sobre la importancia de la educación para ayudar a resolver problemas de inequidad, ilegalidad y corrupción, pero fundamentalmente Fajardo destacó la falta de oportunidades para los 600 mil jóvenes que al año se quedan sin ninguna posibilidad de estudiar o trabajar.

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Fajardo demostró que, si de verdad se proyecta fortalecer el sistema educativo y con ello las oportunidades para la población con menores ingresos, se requiere más presupuesto para la educación. “Aumentar el 10% el presupuesto asignado a la educación como mínimo cada año”, es decir 4 billones de pesos al año, para un incremento, en los cuatro años, cercano al 50% del total de los recursos que hoy invierte la nación en educación. Pregunto: ¿existe una inversión que tenga mayor poder distributivo y facilite mejores opciones de bienestar para los niños y jóvenes más pobres que una educación de buena calidad?

Fajardo también se comprometió a gestionar su programa de gobierno a partir de una nueva ética ciudadana basada en la propuesta de Mockus: “no todo vale”. Lo mejor es que la lucha contra la corrupción debería beneficiar al sector educativo, en términos de la campaña: “si se logra ahorrar por lo menos un punto del PIB anual, estos recursos, producto de la lucha contra la corrupción, deben revertir en educación, ciencia, tecnología, cultura”.

Cerca de 4,6 millones de votos avalaron la propuesta de Fajardo en educación, que además aceptó que la educación no puede ser un asunto de un presidente o un ministro, los cuales normalmente no conocen de educación cuando los nombran; por ello, propuso para arrancar un gran pacto nacional por la educación, donde se requiere “la movilización de padres de familia, estudiantes, educadores, directivos docentes, fundaciones, ONGs, medios de comunicación, comunidades, empresarios, sociedad civil y el Gobierno Nacional”.

Hoy las dos campañas ganadoras se empiezan a disputar los votos de Fajardo, cuando lo primero que deben hacer es ajustar sus programas de gobierno; estos votos son de opinión, por lo tanto, nadie tiene la capacidad de endosarlos. En cambio, qué importante sería para el país que el debate, en estas tres semanas, se centrará más en los temas sociales y en educación.

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Temas en educación generales y en abstracto hay muchos, no basta con afirmar que la educación es importante y será central en sus gobiernos.  Entiendo que detrás de cada campaña hay temas ideológicos, religiosos y de afiliación política, entre otros, pero lo deseable sería que se votara por programas y no puede haber ninguno más importante que la educación, con un efecto directo en 13 millones de estudiantes, desde la educación inicial hasta la superior, y su relación con cerca de 10 millones de padres de familia o responsables. Es decir, de alguna manera más de 23 millones de colombianos involucrados.

Insisto, las dos campañas ganadoras tendrán que responder a través de sus propuestas preguntas puntuales como: ¿Cuánto se invertirá en educación, en los próximos cuatro años, con recursos nacionales y a qué sectores de la población y niveles escolares se va a beneficiar? Y lo más importante: ¿de dónde saldrán los recursos?, máxime teniendo en cuenta que uno de los dos candidatos propone reducir impuestos. ¿Cuáles son las reformas para que el Ministerio de Educación Nacional tenga la capacidad de gestión de acuerdo con los nuevos retos? ¿Cuáles son los proyectos de educación específicos para el sector rural? ¿Cuántas sedes para colegios y universidades se van a construir para ampliar la cobertura y facilitar programas como el de jornada única? ¿Cómo se va a avanzar en la mejora de las condiciones en las escuelas para facilitar el aprendizaje y la enseñanza (alimentación, trasporte, útiles escolares, dotaciones de los colegios, servicios públicos, formación de los docentes y su bienestar)?  

El país empieza a cambiar su relación con los partidos políticos y con los políticos, al desaparecer la guerra del escenario político, los que persistan serán delincuentes comunes y en eso al parecer todos estamos de acuerdo. En este sentido, esta primera vuelta de las elecciones presidenciales mostró que la guerra, la confrontación con la guerrilla y el miedo a las FARC pronto dejarán de ser prioridad, esperemos que otros miedos desaparezcan. El voto de opinión adquiere renovada importancia y la mermelada y el clientelismo se debilitan, por lo menos en la elección presidencial.

A este voto de opinión urbano (profesionales, clases medias, académicos, jóvenes, dirigentes de organizaciones sociales, entre otros), le pueden interesar antes que el odio, la confrontación y el cobro de cuentas, las propuestas antes enunciadas, relacionadas con la educación de calidad para los más pobres. Además, espero que los candidatos y los electores no se les olvide temas sobre cómo disminuir las enormes brechas de ingresos entre sectores de la población o entre áreas urbanas y rurales, o cómo romper las diferencias de cuna, es decir, pasar de lo banal a lo esencial: una sociedad más justa.

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