Opinión

  • | 2018/05/31 00:01

    Al César lo que es del César, no más de eso a la Ocde

    Se debe aplaudir la invitación a hacer parte de la Ocde, pero sin caer en exageraciones en la celebración. Alan Greenspan, solía decir: “el excesivo optimismo planta las semillas de su propio revés”.

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La última semana de mayo, además del resultado de las elecciones en la primera vuelta presidencial, nos dejó con la noticia que los 35 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) aprobaron invitar a Colombia a convertirse miembro de la organización. Una vez se completen los trámites finales, Colombia ingresaría a la Ocde al mismo tiempo que Lituania, con lo cual se completarían 37 Estados miembros.

Lo primero que se debe decir es que la invitación a hacer parte de la Ocde es una muy buena noticia.  El principal objetivo de la organización, fundada en 1961 y con sede en París, es promover políticas públicas que mejoren el bienestar económico y social del mundo, de ahí que sea conocido como el club de las buenas prácticas. Adoptar buenas prácticas y lecciones aprendidas de otros países siempre debe ser bienvenido.

Adicionalmente, en el seno de la Ocde se discuten un sin número de temas que usualmente no son tan comunes en los países menos desarrollados tales como la productividad, cambio ambiental, eficiencia de la administración pública y pronósticos de tendencias poblacionales. Por último, el Estado colombiano tiene una larga y desafortunada historia de incumplimiento de promesas y acuerdos, se debe aplaudir que esta vez se cumplió la promesa de ingresar a dicha organización. El actual gobierno gastó parte de su capital político, lobby internacional y de coordinación entre entidades para lograr esta meta.   

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Sin embargo, tampoco se debe exagerar en la ponderación del logro. Alan Greenspan, expresidente del banco central estadounidense, solía decir: “el excesivo optimismo planta las semillas de su propio revés”.

Es como mínimo iluso pensar que ya hacemos parte del club de países ricos, como muchas veces es mal llamada la Ocde. Colombia sigue teniendo los mismos niveles en ingreso per cápita, años de escolaridad, número de trámites irrelevantes, transparencia en la contratación, ineficiencia en la administración pública, competencia en el sector privado, diversificación en sus exportaciones y muchos otros indicadores de desarrollo económico y social. Los problemas del país no cambian con la firma de un papel, aunque lo firmen los países más desarrollados, cambiarán cuando Colombia haga las reformas estructurales necesarias.

Suele usarse argumentos de autoridad y comparación para justificar el excesivo optimismo sobre el ingreso de nuestro país a la Ocde. Por ejemplo que las potencias mundiales hacen parte del selecto grupo. Sin duda estar en un club con Estados Unidos, Suiza, Suecia, Francia o Alemania debe darnos orgullo y genera un impacto reputacional positivo. Sin embargo ahí no termina la lista de la Ocde, dentro de los 35 miembros actuales también está Grecia, Turquía o Italia. El primero, un país que entró en quiebra recientemente, recuerden que el segundo tuvo intentos de golpes de Estado hace un par de años y el último tiene actualmente en pánico a los inversionistas por el aterrizaje de un nuevo gobierno populista con un déficit fiscal bastante abultado.

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El gobierno colombiano a través de algunos funcionarios ha hecho la analogía del ingreso a la Ocde como ser aceptado en la mejor universidad del mundo, las cuales tienen muy buenos profesores y los compañeros usualmente son muy inteligentes. Se debe felicitar a los funcionarios encargados del trabajo para que Colombia tuviera la aprobación de cada uno de los 23 comités de la Ocde, pero también se debe señalar que en las mejores universidades del mundo hay estudiantes admitidos que luego no logran graduarse.

El ingreso a la Ocde es un paso en un largo camino para que tengamos un país desarrollado o al menos uno más competitivo, incluyente y ambientalmente sostenible. Se debe aplaudir la invitación a hacer parte de la Ocde, pero sin caer en exageraciones en la celebración.

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