Opinión

  • | 2017/09/28 00:01

    ¿Es posible que el trabajo sea una fuente de felicidad?

    Una de las figuras que más me atrae del mundo del management es Jim Collins, quien antes de ser un escritor de grandes best-sellers como “Empresas que perduran” o “Empresas que sobresalen” era un ejecutivo exitoso pero frustrado, primero en McKinsey y luego en Hewlett Packard.

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Cierto día, Collins se hizo tres preguntas: ¿mi trabajo es fuente de felicidad?, ¿mi trabajo me llena de energía todas las mañanas?, y ¿mi trabajo me inspira y me lleva a superarme cada día? La respuesta a todas sus preguntas fue un claro y rotundo no. Gracias a la fuerza de la respuesta, Collins tomó la decisión valiente de renunciar a su carrera corporativa en HP y se convirtió en un exitoso profesor, investigador y speaker.

Reflexionemos sobre la historia de Collins y preguntémonos si nuestro trabajo es fuente de felicidad y saca de cada uno de nosotros lo mejor que tenemos para dar al mundo.

¿Es el trabajo fuente de felicidad?

El trabajo está aumentando los niveles de estrés, nervios y agotamiento en las personas. En el campo directivo hay muchas historias de incapacidades por crisis nerviosas, enfermedades a causa de un ambiente de trabajo toxico o un jefe destructivo. En Estados Unidos, por ejemplo, los científicos del American Journal or Hypertension descubrieron que los ataques al corazón aumentan sorprendentemente los lunes por la mañana en todo el mundo (Mackey y Sisodia, 2016).

Ante esta problemática tenemos dos caminos. Por un lado, debemos alejarnos de las situaciones tóxicas o destructivas que nos limitan y quitan la paz interior. Por otro lado, tenemos la opción de escoger un trabajo alineado con nuestra vocación y gusto especial por algo; un trabajo que sea nuestra fuente de felicidad y satisfacción.

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¿Cuál es tu trabajo?

En estos días aprendí un concepto que me llamó mucho la atención. Este consiste en saber que el trabajo que realizamos tiene tres niveles: el empleo, la carrera y la vocación (Mackey y Sisodia, 2016).

Veamos las diferencias: el empleo es la simple transacción entre las horas trabajadas y el salario que recibimos; la carrera es el camino que conduce a una meta y, por lo general, nos brinda satisfacciones y sentido de superación; y la vocación es un llamado a realizar algo: por ello la palabra viene del latín vocare, que significa llamado. 

Pues bien, todo trabajo tiene un poco de cada cosa. Sin embargo, el trabajo como empleo puede convertir nuestra actividad en medio de subsistencia y, como consecuencia de esto, empezamos a vivir realmente a partir de los viernes a las cinco de la tarde.

Igualmente, el trabajo como una carrera profesional nos brinda grandes satisfacciones pero también nos puede conducir al egoísmo, la competitividad y la arrogancia, además de llevarnos, como en el tenis, a solo observar el marcador del partido sin llegar a disfrutar del juego.

Por último, está el trabajo como una vocación, la cual tiene un componente más espiritual que nos puede ayudar a liberar todo nuestro potencial humano. Hacemos las cosas porque nos gustan y, bajo esa circunstancia, no solo importan los factores económicos o la realización profesional sino una razón más trascedente para hacer las cosas. ¿A qué te dedicarías si te ganaras la lotería y fueras rico? Si la respuesta es que harías lo mismo que hoy haces, entonces, podríamos concluir que tu trabajo es tu vocación.

Volviendo a Collins, él optó por seguir su llamado y renunciar a su carrera corporativa en HP. Collins se hizo dos preguntas para saber a qué trabajo podía dedicarse el resto de su vida. Primero se preguntó: ¿Qué es lo que más me apasiona?  Segundo: ¿En qué soy bueno; para qué actividad tengo una capacidad especial para contribuir al mundo? Gracias a esas cuestiones, Collins descubrió que su vocación en la vida era compartir sus ideas en dirección y liderazgo con el mundo entero.

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En resumen, el secreto de la felicidad en el trabajo consiste en concebirlo como una vocación. La clave para descubrir nuestra vocación radica en la sutil intersección  entre lo que nos gusta (nuestra motivación) y lo que hacemos bien (nuestra capacidad). Todo esto unido al sentido que tenemos de las cosas, es decir, a la contribución que realizamos a nosotros mismos, a los demás, a la empresa y, en términos amplios, al mundo.

Conclusión

Si el trabajo es fuente de infelicidad, es el momento de pensar si la escalera profesional la tenemos puesta sobre la pared equivocada. Debemos pensar cuál es nuestra verdadera vocación y a qué estamos llamados. Tenemos que descubrir si lo que hacemos nos apasiona, nos llena de energía en las mañanas y nos reta cada día a ser mejores. Ante todo, es preciso escoger un buen trabajo, que se alinee con nuestra vocación, porque el factor determinante de la felicidad es un trabajo con sentido, en el que estemos rodeados de personas con las que nos sentimos muy bien. A esa conclusión llegó un estudio reciente de Gallup sobre la felicidad en más de 155 países (Mackey y Sisodia, 2016).

En último término, trabajar con eficacia y pasarlo bien no son actividades excluyentes. Para lograrlo, debemos seguir el ejemplo de Collins y descubrir cuál es nuestra verdadera vocación en la vida. Nunca es tarde para saberlo.

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