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Opinión

  • | 2019/01/25 00:01

    ¿Es coherente nuestro Centro para la Cuarta Revolución?

    ¿Será posible que pasemos de lo tecnológico a la verdadera política sobre tecnología?, ¿traerá el Centro del Foro Económico Mundial una verdadera revolución a nuestro modelo de toma de decisiones?

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La noticia tecnológica de la semana vino desde Davos, sede del Foro Económico Mundial (WEF), con el anuncio de que Medellín alojará el primer Centro para la Cuarta Revolución Industrial de Iberoamérica. Sin lugar a duda, este es un gran logro y habla muy bien de la dedicación antioqueña por hacer de la ciencia, la tecnología y la innovación un motor para el desarrollo, así como también de la positiva gestión de nuestros representantes en instituciones como el Banco Interamericano de Desarrollo y el mismo WEF. ¿Pero será que estás buenas gestiones se revertirán en nuestra política TIC?

Dos claridades iniciales: la Cuarta Revolución Industrial (4RI) se refiere al proceso social en el cual estamos inmersos, que, por efectos de la tecnología y las nuevas dinámicas económicas que se derivan de ella, supone nuevas formas de hacer y, principalmente, de ‘ser’ en el mundo, y de relacionarnos con otros -se entiende entonces que esto va mucho más allá de los aparatos o las tecnologías emergentes per sé-.

Por su parte, los Centros para la Cuarta Revolución, como los promueve el Foro Económico Mundial, son “una plataforma para discutir cuestiones éticas, valores y regulación de tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial”, generando lineamientos, marcos de referencia y pilotos sobre los mismos.

Así las cosas, el anuncio sobre el Centro es recibido por todos con beneplácito, pero no deja de generar dudas sobre su proyección e impacto. Por ahora, se sabe que el nuestro estará enfocado en seis de las nueve áreas del portafolio global; pero acá es donde surge mi mayor inquietud:

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Una cosa es desarrollar proyectos de Internet de las Cosas para la movilidad y otra muy distinta trabajar sobre política pública de movilidad basada en el uso de Internet de las Cosas. Una cosa es usar inteligencia artificial para identificar irregularidades en el sistema tributario y otros delitos, y otra muy distinta pensar en los aspectos éticos y regulatorios de la inteligencia artificial para la región.

Hemos aplazado la tarea de la política pública sobre tecnologías y ellas continúan avanzando, dejándonos con retazos normativos que parecen más centrados en los fierros del pasado que en los impactos del futuro.

Por supuesto que se debe apostar por la interoperabilidad del Estado para acabar con la corrupción, por supuesto que el blockchain puede transformar nuestro sistema de justicia, por supuesto que los los robots y los sistemas de inteligencia artificial pueden marcar una nueva era en servicio ciudadano, pero ello no quiere decir que la inversión de dos millones de dólares – uno de ellos pagado por ser miembros del club 4RI del WEF – deba limitarse a la ejecución y dejar de lado el ejercicio político multiactor, como lo propone el manifiesto de los Centros.

Se dirá que cada proyecto tiene detrás una reflexión ética y política sobre las implicaciones de las tecnologías usadas, eso es lo mínimo que se puede esperar en el planteamiento de estas iniciativas, pero no quiere decir que este sea el alcance del Centro.

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Pensar en soluciones de movilidad impulsadas por la tecnología y no poder resolver qué se hace con las plataformas que la promueven es una incoherencia. Proyectar una justicia apoyada por inteligencia artificial cuando nuestros juristas apenas usan computadoras para generar listados de procesos es una incoherencia.

Plantear una transformación digital para el país y su consecuente inmersión y liderazgo en la 4RI sin una verdadera política tecnológica es incoherente – anótese que hablo de política tecnológica y no de TI, de esa se encargarán los que siguen pensado en los cables –.

La Alta Consejería para la Transformación Digital, el Ministerio TIC, la Comisión de Regulación de Comunicaciones, y muchas otras organizaciones del ámbito público, privado y el tercer sector, se enfrentan a un desafío tal vez más complejo que cualquier otro vivido, porque deben legislar sobre un escenario de total incertidumbre, extrema velocidad de cambio y un aparente mayor conocimiento por parte de los ciudadanos que de los tomadores de decisiones en ámbitos digital.

¿Por qué construir un Centro cuando lo que necesitamos es ser el epicentro de la 4 revolución industrial para la región? Yo apuesto porque el espacio abrirá nuevos diálogos y nuevas reflexiones, pero solo el tiempo nos dirá qué tan coherente resultó el proyecto y qué tanto se pasó de los proyectos a las políticas.

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