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Opinión

  • | 2019/05/30 00:03

    Equipo de rivales

    Cuentan que uno de los grandes errores de la carrera del presidente Lincoln fue el manejo, que en las primeras etapas de la Guerra Civil, le dio a su general George McClellan.

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McClellan, nacido en la clase alta, era insubordinado y condescendiente hacia su comandante en jefe. En más de una ocasión llegó a llamarlo un «perfecto idiota». Ya sabemos las consecuencias del liderazgo de McClellan que, debido a su perfeccionismo y a su usual parálisis por análisis, no tomó acciones tempranas contundentes y ágiles frente a las fuerzas Confederadas que terminaron en derrota en la batalla de Antietam.

Muchos opinan que Lincoln debió haber tomado cartas en el asunto y removido a McClellan mucho antes de Antietam. Según su biógrafa, Doris Goodwin, la tendencia de Lincoln a darle a todo el mundo una segunda oportunidad, pudo en algunos momentos ser su gran debilidad. Su habilidad para manejar gente y generar empatía, también jugó en su contra en algunos momentos de su carrera. No le era fácil tomar decisiones impopulares cuando de gente se trataba.

Lo que, si rescatan la mayor parte de los historiadores, y lo señala Goodwin en su obra Equipo de Rivales (dicen que es la obra preferida de Obama), fue la enorme inteligencia de Lincoln para rodearse de rivales políticos. Como alguna vez diría Lyndon Johnson «los prefiero en mi tienda meando hacia afuera, que afuera de la tienda meando hacia adentro».

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Lincoln tuvo la audacia, el valor, pero sobre todo la convicción, de que su gobierno, pero sobre todo el país, ganaría enormemente si su equipo lo conformaban talentos capaces de cuestionar sus ideas. Su gran habilidad fue la de generar un clima en donde su equipo se sintiera libre de opinar, libre de estar en desacuerdo sin temer a las consecuencias.

Tal vez una de las más importantes características de su estilo de liderazgo era su capacidad para aprender sobre la marcha reconociendo sus errores. Lincoln afirmó: «mi mayor preocupación no es si he fracasado, sino si estoy conforme con mi fracaso». Su humildad ante el error lo llevó a asumirlo muchas veces y a actuar rápidamente frente a sus consecuencias. Su mayor grandeza fue, no solo la de compartir con su equipo los créditos de sus éxitos; sino sobre todo su capacidad para asumir el crédito por los errores de sus subordinados.

Sin duda uno de los grandes personajes de la historia. Su vida entera es una cátedra sobre las condiciones del buen líder. Sin embargo, su capacidad para armar equipo trayendo el mejor talento, sin importar su credo, color político ni capacidad para debatir sus ideas, hacen su obra más grande.

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Esa habilidad tan poco común en liderazgo, me refiero a la de construir equipos dentro de una cultura de abierta confrontación a las ideas y decisiones, sin que esta se tome como un reto a la autoridad ni mucho menos como un ataque personal, por aquí, como dicen en la Costa, no pegó.

Nuestro ADN, tal vez producto de una historia tan llena de sometimiento, caudillismo, temor reverencial y catolicismo, no es un ADN en donde se valore la sana confrontación y el carácter, a la hora de defender ideas en pro de una mejor sociedad o empresa.

Por el contrario, somos una sociedad que castiga la confrontación, con racionales de deslealtad, nuestro famoso: “patear la lonchera”, cuando son precisamente esas personas que se atreven a disentir, las que generalmente ponen a pensar a las organizaciones y a las sociedades por fuera de la caja.

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En Colombia, a todo nivel, castigamos al atrevido, al díscolo, al creativo. Nos encanta rodearnos de clones que no reten el sistema, y nos llenamos de aduladores que saben perfectamente navegar las aguas de la política interna y de la burocracia, apareciendo con sonrisas y palmadas en el momento justo en que hay que salir en la foto sobándole la espalda al jefe.

Nada más terrible que una sociedad o una cultura interna que castiga el disenso. Nada más estéril que una organización que recluta clones, asciende a los lambones y saca por la puerta de atrás a los atrevidos que son generalmente aquellos que promueven el cambio.

Le hemos dado demasiado valor a nuestra tan trillada malicia indígena, que tiene dentro de sus características el de la suspicacia y la hipocresía. Nos falta darles importancia a aquellos que sin temer las consecuencias, son capaces de poner por encima de todo, valores superiores.

Nos faltan líderes atrevidos que, dentro de un marco de respeto, alimenten como lo hizo Lincoln el espíritu de rebeldía que necesitan con urgencia las sociedades con temor al cambio. Cuando entendamos la potencia de esa rivalidad intelectual seremos capaces de entrar en estadios de debate que alimentan el desarrollo.

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