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Opinión

  • | 2019/01/23 00:01

    Entre tibios y polarizadores: el veneno del resentimiento

    Entre insensibles e irresponsables, las redes siguen creando el caldo de cultivo sobre el que políticos de toda índole recogen votos, en contravía de la convivencia civilizada que este país necesita para avanzar.

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En estos tiempos, parece que muchos consideran un valioso uso del tiempo su forma de interactuar por redes sociales. Y sus posts en estas son una extensión de lo que leen (de paso dando señas de lo que dejan de leer), especialmente cuando se trata de comentar los eventos cotidianos de la realidad nacional.

En una columna anterior hablaba sobre este fenómeno, como consecuencia del debate político del momento. Allí reseñaba cómo la polarización de los ciudadanos tiene menos que ver con los políticos, siendo mejor explicada por las posturas exageradas y altamente emotivas que surgen de la preselección que hacemos de nuestras fuentes de información, debido a demasiados portales de internet dedicados a filtrar información para incendiar las posturas políticas de muchos incautos.

En este país sobran polarizadores, sean políticos o sus seguidores en redes sociales, como evidenció el periodista de Blu Radio, Felipe Zuleta, quien dedicó una de sus columnas de El Espectador a hablar del tema por su experiencia personal: “Todas las mañanas escribo buenos días y aparecen los resentidos a insultar con toda clase de agravios que no vale ni la pena repetir (…) Los que más insultan [son los que] tienen menos seguidores y que solo destilan sus propias heces y resentimientos en 140 caracteres. Pobrecitos, porque al final del día son ellos los que sufren, ya que se revuelcan en su propio estiércol materializado en unas pocas letras”. Zuleta añadía que es injustificable que millones de personas destilen veneno en redes por la vida que llevan (o quizá porque no tienen nada mejor que hacer).

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Es aún peor que haya gente -supuestamente culta, educada y con una vida aparentemente normal, si no es que privilegiada- que cree que llevar su propio resentimiento personal y sus odios viscerales a redes sociales es una forma de contribuir a los problemas del país. Ellos, tan “humildes”, esperan que todos los demás, colectivamente ciegos, adhiramos a sus ideas porque tiran insultos en Twitter y Facebook, mientras filtran las noticias desde la carroña producida por comunidades de fake news. ¿Por qué creen que “servir al país” –en lugar de hacer su trabajo más productivo o usar su aparente creatividad y tiempo libre para algo positivo- es preferible llenarlo de calumnias e insultos, difundiendo mentiras, inventando conspiraciones y creyendo que por eso son dignos de admiración por su aparente perspicacia? ¿Qué bien le aporta a su vida –y la de quienes los rodean- odiar hasta la muerte a alguien que no conocen y que jamás conocerán -sea político, periodista o cantante- y gastar su tiempo gritándolo diariamente en redes sociales? Ese problema claramente no es del supuesto agraviado, que obviamente jamás se va a enterar.

Un ejemplo triste de esto se dio la semana pasada, cuando -después de la bomba del ELN a la Escuela de Cadetes General Santander- la actriz Diana Ángel -en lugar de mostrar compasión, apoyo y solidaridad- insinuó en su cuenta de Twitter que no era más que una “cortina de humo” para cubrir los escándalos del Fiscal. En respuesta, la reconocida guionista, Juana Uribe, le replicó pidiéndole actuar con responsabilidad y seriedad, ya que muchas personas miran lo que hacen las figuras públicas para emularlos, siendo una ligereza “acusar a un gobierno de fabricar un atentado”, en el que fueron cobardemente asesinados más de 20 jóvenes llenos de ilusiones y dejando heridos a más de 50, en un acto terrorista que el mismo ELN luego se adjudicó. La guionista la invitó a buscar popularidad trabajando, “no sembrando zozobra”.

En el mismo sentido, muchos vimos en nuestras propias redes sociales a una mayoría de gente que se expresaba desde la compasión y la sensibilidad con las víctimas, como se vio luego en las marchas del domingo, mientras otros encendían la hoguera de la expresión insensible, fanática y cizañera. Recuerdo a alguien que en Facebook invitaba a respetar el dolor de los afectados y sus familias, con algo que muchos suscribimos: “Usted puede odiar a la policía, al ejército o al gobierno, a Petro o a Uribe, pero que eso no le haga perder su lado humano y terminar celebrando o utilizando un atentado terrorista para justificar su pensamiento u orientación política”.

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Sobre este tipo de actuaciones escribía el columnista Juan Esteban Constaín, quien -hablando sobre el significado del bien y el mal- decía: “Al final se trata de una discriminación arbitraria y caprichosa que, llevada al plano colectivo, al de la militancia, hace que mucha gente se arrogue con ceguera y fanatismo, con soberbia, el derecho de imponer sus valores y sus creencias, y solo ellos, como la encarnación excluyente de ese ideal moral del Bien absoluto, mientras que los demás, en consecuencia, son lo contrario, o sea el Mal”.

Este debate ahora se ha revivido en la forma del debate entre los que defienden el “derecho a polarizar” y los que se declaran “orgullosamente tibios”.

En su columna de El Tiempo, Moisés Wasserman, exrector de la Universidad Nacional, lo resumía bien: la polarización es “el fenómeno por el cual la opinión de una persona se va haciendo más extrema, en la medida en que sus oponentes sustentan puntos de vista contrarios. Esto se ve reforzado por el sesgo de confirmación, que es la tendencia a interpretar selectivamente las evidencias, de manera que fortalezcan las creencias propias”.

Esto, recuerda Wasserman, está ampliamente demostrado por la ciencia: “Una situación en la cual se oponen dos grupos bien definidos puede conducir a que las personas no se escuchen y se hagan crecientemente extremistas e intolerantes. En Twitter, todo esto se agrava porque es difícil elaborar una buena argumentación en 280 caracteres, mientras que para un buen insulto sobran la mayoría. Con seguridad, quienes abogamos en contra de la polarización parecemos ingenuos porque pensamos que puede haber algo de razón incluso en el más equivocado de nuestros opositores, así como algún error en nuestras más fuertes convicciones”.

Y remata: “En la medida en que se niegue la posibilidad de encontrar lo común en medio de las diferencias, caeremos cada vez más en un esquema de lealtades tribales, con desprecio de la verdad y la justicia. Así magnificamos los escándalos de los otros y minimizamos los de los propios, renunciando a un referente moral diferente a la solidaridad de grupo”.

Proclamar la paz a punta de insultos se volvió la norma, así como que sembrar cizaña e inventar conspiraciones es la mejor forma de iluminar al pueblo y gritarle al contradictor es la mejor forma de argumentar. Ciertamente, continuarán los insensibles e irresponsables de las redes creando el caldo de cultivo sobre el que políticos de toda índole recogen votos, en contravía de un ambiente de convivencia civilizada que este país mínimamente necesita para avanzar. Pero de cada uno depende que esas voces se limiten a intoxicarse a sí mismos. Con razón dicen que “el resentimiento es un veneno que se toma cada mañana, esperando que a otro le haga daño”.

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