Opinión

  • | 2018/11/25 00:01

    ¿Entiendes el valor de tu palabra?

    Hay que liderar usando la buena fé como principio básico de acción. Intentando humanizar a los demás y entendiendo también lo humano que soy.

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No sé si esos acuerdos de caballeros donde no importaba realmente el género en los siglos pasados valoraban realmente la palabra como poderosa y esencial. Lo que se decía se cumplía y por supuesto no había tantas notarías, ni certificados ni apostillas. Simplemente, la palabra era una verdad valiosa.

Hoy veo que ese gran poder que para mí aún sigue vigente, ya no está en la mente de todos. Pareciera que perdidos en el mundo de hacer creer que el egoísmo puede más que la conciencia colectiva, la palabra ahora perdió el valor.

¿En dónde podemos encontrar ejemplos corporativos que muestren que el valor de la palabra se pierde? En las promesas incumplidas de aumentos de salario, en las falsedades de cumplimientos de fechas que no llegan, en los acuerdos irrespetados, en las mentiras que se dicen para manipular con objetivos que propenden por el bienestar individual.

Hace poco tuve que romper un negocio justamente por falta de palabra. Lo más inconsistente es que la persona que supuestamente estaba haciendo el negocio conmigo me dijo de manera reiterativa que creía más en la palabra que en los papeles firmados. Sin embargo, jamás cumplió y tras meses de esperar que al menos diera un peso y tras un millón de disculpas decidí acabar el negocio. La única que cumplió su palabra en esta historia fui yo.

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Pero al seguir aprendiendo de los procesos humanos, sigo reflexionando en que nuestra cultura tristemente quiere darle en la cabeza a los demás. El poder y éxito de una negociación parece medirse por la capacidad de ganarle al otro y manipular.

He hecho en repetidas ocasiones un taller donde hay un ejercicio de empatía a través de juego de roles. Me ha sorprendido encontrar cómo la mayoría de las veces los participantes pierden el centro del ejercicio porque lo único que buscan es “ganar”.

Son capaces de inventar mentiras, poner en riesgo (dentro del ejercicio) la estabilidad de su organización e incluso usar recursos de manipulación y extorsión para terminar controlando la situación.

Cuando los reto un poco al respecto, he tenido una respuesta reiterativa en donde afirman que no pueden hacer nada diferente porque la empresa donde trabajan es así y que por tanto ya están acostumbrados a ese manejo.

El tema es que la simulación que hacen se sale totalmente del paradigma que conocen ya y les habla de una empresa diferente, en un espacio diferente, con condiciones absolutamente distintas a su diario vivir. Pero las creencias son tan grandes que no los dejan pensar más allá en una situación fuera de la caja.

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Nuevamente si yo le doy la palabra a una organización (mas allá de un contrato) comprometiéndome a esforzarme y dar lo mejor de mí para lograrlo, debería hacerlo, así sea incómodo retar el status quo.

Si los seres humanos entendiéramos que la palabra es valiosa fluiríamos mejor, podríamos comprender que si cada uno cumple con lo que promete la suma sería gigante. La suma sería exponencial.

Creo igual que los buenos somos más. Sigo creyendo que no hay que quedarse callado ante la mala conducta, la irregularidad, la mediocridad o la injusticia. No hay nada más valioso que la propia conciencia y si solo actúo por mi beneficio, en algún momento se hará evidente que no respeto los acuerdo colectivos y la ley de la correspondencia me lanzará un búmeran en la cara.

Hay que liderar usando la buena fé como principio básico de acción. Intentando humanizar a los demás y entendiendo también lo humano que soy. Los sistemas necesitan una aproximación colaborativa e integradora para ser sostenibles y crecer en el tiempo. Solo a través de una mirada respetuosa donde resaltemos el poder de una promesa que se cumpla podremos seguir soñando en compartir un universo que está hecho justamente para ser compartido.  

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