Opinión

  • | 2018/02/08 00:01

    El elogio a la obediencia en las organizaciones

    Liderazgo es una de las palabras más usadas en las organizaciones. Pero olvidamos que un líder supone un seguidor, es decir, alguien que manda y alguien que obedece. Y aun así, nuestro esfuerzo en las organizaciones se orienta a formar líderes: personas con mando y determinación para cumplir metas y tomar decisiones. Vale preguntarse: ¿de qué manera estamos formando para la obediencia?

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Los colegios y universidades forman líderes, las organizaciones quieren serlo y, sin embargo, nadie se ha preguntado: ¿qué sucede en una organización en la que todas las personas mandan? El problema es que la palabra “obedecer” es fuerte y la desestimamos porque es jerárquica. Sin embargo, gracias al lenguaje empresarial hemos escogido otra que significa lo mismo y aunque es más suave, transmite el mismo efecto: “alineación estratégica”.

Pues bien, gracias a Nietzsche la relación entre el pastor y la oveja la tergiversamos (relación líder y seguidor). Según este autor, lo grande, hermoso, y deseable es ser pastor porque dirige, cuida y tiene el mando sobre las ovejas. Mientras que lo pobre, bajo e indigno es ser rebaño porque es servil, poca cosa y dependiente. Esta visión es errónea porque exalta el individuo, lo idealiza y, a la vez, desestima la colectividad, el grupo y el bienestar de sus integrantes. Una sociedad debe preciarse de tener buenos líderes, pero, sobre todo, son indispensables las personas dispuestas a acatar las normas, la cultura y el interés de la comunidad en su conjunto.

Esta afirmación la quiero respaldar en el siguiente ejemplo metafórico: suponga que usted va en un avión con Álvaro Uribe, Jack Welch y Margaret Thatcher.  ¿Le quedan dudas de que son personas con un gran liderazgo? ¿Cierto que no? Pues bien, durante el vuelo el piloto y el copiloto mueren. ¿Usted confiaría en alguno de estos tres reconocidos líderes para pilotar la nave? Seguro que no. Y en ese mismo vuelo aparece alguien que ha hecho un par de cursos de aviación. Sin duda, ya sabemos a quién confiaría usted ese avión. Pues bien, en el liderazgo hay que saber en qué momentos debemos mandar y en qué momentos debemos ser seguidores y acatar a otros.

En consecuencia, la gran tarea que tenemos en las organizaciones es fomentar la cultura de la obediencia a unos valores, principios y comportamientos organizacionales, de tal forma que estos nos permitan crear unos marcos para la toma de decisiones, el comportamiento y la colaboración social al interior de la empresa. La diferencia entre nuestros países tropicales y los de tradición anglosajona radica en el nivel de acatamiento a las normas sociales.  Esto lo sabemos cuando comparamos el transporte colectivo en Dinamarca con el de Cundinamarca.

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En resumen, el elogio a la obediencia significa desestimular la cultura del individualismo del líder y, en cambio, fomentar una cultura social compartida. Es decir, es necesaria una mentalidad social en la que hay una mayor subordinación de nuestros intereses personales hacia los intereses colectivos de la comunidad a la que pertenecemos para que surja la colaboración y la solidaridad. Lo complejo es que aprender a obedecer es difícil; la obediencia requiere humildad y docilidad.

El elogio de la obediencia no es una propuesta de obediencia ciega. Por el contrario, requiere respetar la libertad de las personas. Se trata principalmente de un acatamiento a otros a partir de la generación de confianza y de una relación de justicia, o sea, de búsqueda del bien del otro. Esto, en último término, significa una colaboración activa hacia el bien común de la organización.

¿Cómo obtener una cultura de la obediencia en las organizaciones?

1.      A través de una cultura compartida, un ADN de la organización que reafirme valores y creencias comunes que refuercen comportamientos deseables para la organización.

2.      Mediante el comportamiento ejemplar de las personas que representan la más alta autoridad en la organización. 

3.      Por medio de la formación en valores organizacionales en los que prime más lo social por encima de lo individual como, por ejemplo, el respeto, la colaboración, la confianza, la amistad y la amabilidad.

4.      Prestando atención a las faltas éticas. Sobre todo, las menores como las mentiras. 

5.      Siendo cuidadosos en las asignaciones de las metas. La presión y la obsesión por el resultado puede incentivar comportamientos que no deseamos y que podemos lamentar. 

Conclusión

Para que las organizaciones funcionen no solo hay que poner el énfasis en la ecuación del liderazgo en el mando sino también en la obediencia, es decir, en formar a las personas para que estén dispuestas a cumplir normas, valores y culturas.

A mayor disciplina social, mayor sentido de colaboración al interior de las organizaciones. Esto implica reconocer que las empresas son comunidades de personas que tienen en común un propósito y para lograrlo cuentan con una organización. No obstante, lo que sirve de vínculo entre el propósito de la empresa y la organización para que ambas funcionen armónicamente es una cultura compartida (que se alcanza con el fomento de la obediencia a unos valores organizacionales). 

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