Opinión

  • | 2018/05/16 09:49

    El turismo es como el colesterol

    Jóvenes (casi exclusivamente israelitas) han convertido a la hermosa Bahía de Taganga en un prostíbulo en dónde es más frecuente ver gente aspirando cocaína que bebiendo gaseosas.

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Pocos funcionarios tan serios y competentes como la Ministra de Comercio Exterior, María Lorena Gutiérrez. Inteligente y pragmática, María Lorena ha logrado sacar adelante muchas iniciativas que hubieran podido naufragar -como lo han hecho buena parte de los proyectos presentados por un gobierno que se ha dedicado, casi de manera exclusiva, a sacar adelante un cuestionable y pobremente implementado proceso de paz-.

La ministra, con su reconocida capacidad de trabajo, ahora está empeñada en promocionar y darle aliento a uno de los sectores más promisorios del presente y el futuro de la economía colombiana: el turismo. En reciente entrevista en el diario El Tiempo (mayo 10/18), la alta funcionaria explica con claridad los resultados obtenidos a la fecha y los que se plante hacer en un futuro. “El último año…” afirmó la ministra “…la industria se consolidó como el segundo generador de divisas en el país con 4.408 millones de dólares y generó 1,8 millones de empleos. Como si fuera poco, durante los últimos 7 años el número de visitantes al país aumentó 150 por ciento y solo en el 2017 llegaron más de 6,5 millones de turistas. Colombia tiene mucho para ofrecer. Ciudades cosmopolitas, ofertas gastronómicas de talla mundial y expresiones culturales que se proyectan a nivel internacional, se conjugan con un territorio exuberante y diverso.”

Pero el tema de fondo es que el turismo es como el colesterol: es decir, hay turismo bueno y hay turismo malo. Cuando a la ministra se le pregunta ¿Qué tipo de turistas busca atraer el Gobierno?, contesta: “Las tendencias globales nos demuestran que los viajeros internacionales buscan un turismo sostenible. La gente quiere disfrutar de la gastronomía, la cultura local, apreciar la biodiversidad, quiere planes amigables con los ecosistemas, sentir que con su dinero aporta a las comunidades que habitan ese territorio turístico… Tenemos que aprovechar nuestra ventaja competitiva que es, precisamente, la diversidad: cultural, gastronómica, topográfica, natural… de todo tipo…Por esto, promovemos segmentos como el de naturaleza, de reuniones, cultural, náutico y de salud y bienestar.”

Y tiene toda la razón la ministra. Lo que hay que desincentivar es el turismo aberrante y degenerado como es el turismo sexual. Jóvenes (casi exclusivamente israelitas) han convertido a la hermosa Bahía de Taganga en un prostíbulo donde es más frecuente ver gente aspirando cocaína que bebiendo gaseosas. Los europeos han hecho lo mismo con Cartagena. Procesar y podrir en la cárcel a media docena de estos turistas puede dar al traste con esta repugnante actividad. Otro turismo a evitar es el masivo, como aquel que invade las playas de Barú sin importarles a los operadores de esos ‘transmilenios acuaticos’ el daño que hacen a los ecositemas. Finalmente está el turismo prepago: es decir, ‘charters’ masivos por barco, avión y bus, que muy poco en materia de divisas le dejan al país.

Tambien hay un turismo sano y excelente que las autoridades, con infinita torpeza, se están encargando de extinguir como es el caso de los parapentistas. La Fuerza Aérea ha colocado tal nivel de absurdas restricciones que ya es imposible pensar en continuar con campeonatos de talla mundial en Roldanillo, en el norte del Valle del Cauca. Un deportista me explicaba que las reglas que ha impuesto la Fuerza Aérea no tienen ningun sustento ya que ni la aviación comercial ni la militar corren peligro alguno. Si por sandeces matamos el turismo sostenible como el de los parapentistas – aquel de la salud y bienestar de que habla la ministra - y no castigamos con severidad el turismo malo, el turismo va a ser una actividad económica que no va a progresar, por más esfuerzos que hagan las María Lorenas de este mundo.  

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