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Opinión

  • | 2019/06/04 00:01

    El titular es lo que importa, no el artículo: ¿sufrimos de pereza mental?

    Combinar el peligro de la información con la pereza mental es una bomba colectiva. Quizá sea normal que nos guste más opinar por un mísero y corto estímulo, olvidando la profunda realidad de las cosas. Esto está pasando masivamente en Colombia, y vale la pena entender de dónde viene y lo peligroso que es para el país.

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Esta columna no es sobre periodismo; no les hablaré de las reglas de redacción para ‘impactar’ e ‘interesar’ al público. Les contaré lo que implica hacer un coctel de prejuicios, pereza mental y una inercia histórica de no cultivar el capital humano en Colombia a gran escala. El mejor ejemplo de esto está en las redes sociales y en las reacciones que producen a diario. Pero antes, entendamos científicamente de dónde puede venir la pereza mental.

La pereza mental y la neurociencia

Pensando este fenómeno a la luz de la economía conductual con aportes desde la neurociencia, consulté a un colega que admiro mucho: Carlos A. García, decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Vasco de Quiroga en México. Para él, la pereza mental se puede explicar desde los procesos cerebrales.

Por un lado, en la toma de decisiones, los trabajos de Kahneman y Tversky muestran que “cuando un sujeto requiere tomar una decisión, pueden participar al menos dos procesos cerebrales, uno lento, controlado y lineal (predominantemente consciente, sistema 2); otro rápido, automático y asociativo (básicamente inconsciente, sistema 1). Éste último proceso se basa en los denominados heurísticos o atajos cognitivos, que en contextos de incertidumbre y/o de riesgo, conllevan a que el sujeto omita un análisis detallado y normativo de la situación, y que “salte” a conclusiones inferidas con base en experiencias previas”. No olviden este término por favor: el atajo cognitivo.

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Por otro lado, el doctor Carlos se refiere a casos en donde la ansiedad puede jugar un rol, dado que puede estar ligada a “procesos neurocognitivos deficientes en el procesamiento de información, de manera que sistemáticamente pueden incurrir en errores de percepción y juicio, sobre todo si deben atender información distinta simultáneamente. Esto debido a que la llamada memoria de trabajo se satura y resulta incapaz de procesar información en paralelo (on-task u on-line) de manera eficiente. Se ha documentado que las personas con mayores niveles de ansiedad tienen deficiencia de al menos dos neurotransmisores importantes: serotonina y ácido gamma aminobutírico (GABA). Los niveles reducidos de estos dos neurotransmisores también conllevan a que la persona sea más impulsiva, lo que implica que hagan juicios y tomen decisiones precipitadas, reactivas y sin anticipar consecuencias de sus actos.”

¿Superficialidad y ansiedad colectiva?

Si juntamos estas explicaciones con nuestra realidad (digital), se traza un camino interesante para entender un riesgo colectivo de decisiones precipitadas y prejuicios, todo adornado bajo debates nacionales. ¿No es más fácil insultar sin pensar? En la agresividad estructural de Colombia, Twitter & Co. funcionan como válvulas de escape con flujos interminables de odio, no como redes para construir ideas, aunque irónicamente si haya suficiente información práctica y constructiva. El problema no es Twitter, sino la construcción de opiniones y de un sentir que nace en información superficial, rápida y básica, y que probablemente no termina siendo analizada a profundidad.

Aquí podríamos decir, sí, se puede ser superficial ¿y qué? Pero no les hablo de la superficialidad usual que nos caracteriza como seres humanos. Al fin y al cabo, como escribió el psicólogo canadiense Jean Rochette, ser superficial y darse ese derecho libremente ya implica ser profundo. Pero no es esta la superficialidad que me preocupa, sino la de las reacciones prejuiciosas que luego se convierten en criterios electorales gracias a la manipulación de adalides digitales que guían un país sin rumbo. Por eso no les extrañe que luego en distintas esquinas de la burocracia estatal se opere sin criterio técnico, buscando el momento político y el escándalo.

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No sé si esto implique una tentación (colectiva) al error, en palabras de John Locke. Pero es urgente que cultivemos un pensamiento crítico y complejo que no coma cuento de la masa de información que destilan las redes. Si se dice que alguien es cuestionado, automáticamente es un hampón; si un influencer (también conocidos como deidades de sabidurías superficiales y motores de emociones pro rentabilidad) dice algo, excelente, que reemplace mi opinión. Al fin y al cabo, algo sabrá.

En una sociedad con individuos suficientemente educados y capaces de ver las cosas desde distintas perspectivas, hay una barrera intelectual capaz de frenar insensateces, prejuicios, voracidades políticas y atajos cognitivos colectivos. Para decirlo de manera impopular: una sociedad que no le apuesta a la educación con pensamiento crítico y complejo termina produciendo autómatas que traen más bulla que inteligencia y pragmatismo. Eso luego se traduce así: mala infraestructura, malas decisiones, poca continuidad política, sectarismo, huecos en las vías, poca austeridad en el gasto, etc., así parezcan lejanos esos problemas.

Necesitamos más estudios en la ciberantropología del odio digital. Ya Juan Álvarez escribió un interesante libro sobre el insulto en nuestro ADN nacional, y el tema es realmente masivo. Veo candidatos lanzando ironías, otros salmodiando extrañas clases de economía hablando de crecimiento económico y productividad en un ánimo de mostrarse falsamente quién sabe más. Y les pregunto: ¿qué es lo que tanto saben? Yo, como profesor, acepto mi ignorancia y dudo que algún economista serio realmente se atreva a decir que comprende profundamente la economía en toda su complejidad. He visto con admiración a profesores míos, algunos con tres doctorados, diciendo humildemente que prefieren no opinar porque no sienten que saben de un tema. Shakespeare nos decía que el sabio se sabe ignorante, mientras que el ignorante se cree sabio.

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Entonces, cultivémonos más para poder frenar las absurdas consecuencias de las emociones digitales. Basta hacer experimentos juntando pocas palabras, diciendo que alguien es una persona mala, para que la sociedad lo juzgue como malo. Porque la idiosincrasia de este país no quiere, en su tradicional pereza mental, ir más allá. Preguntar qué hay detrás de una acusación, un titular, una idea. Entonces sí, así no les guste, la educación es el camino, un viejo cliché o una profunda verdad que se frena en su forma. La educación debe servirle a la inteligencia académica y emocional, y ojalá algún día, a la reducción de tanta ansiedad colectiva.

Hagan este ejercicio

Por eso, les propongo un ejercicio simple: busquen un titular, el que quieran. Hagan una cruz sobre el papel y pongan a la derecha arriba: versión A y a la izquierda, versión B. Con el titular, llenen el lado derecho abajo. Con su intuición e imaginación, llenen el otro lado. Imaginen qué podría pensar esa otra parte de la historia. Esta pequeña bobada de tres minutos es un reflejo de la pluralidad de visiones, algo que por ahí llaman el fundamento de una democracia. 

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